Mi padre fue militar. Mi hermano mayor también. He vivido toda mi vida en casas militares. Recuerdo, perfectamente, cuando salía camino del colegio y me encontraba en el portal con dos policías militares haciendo guardia. Recuerdo, perfectamente, salir a la calle con un primo de Sevilla muy temprano por la mañana y que me preguntara sorprendido por la cantidad de gente que dormía en la acera de mi calle. En realidad, eran padres de familia mirando debajo de sus coches para evitar que una bomba les quitase la vida. También recuerdo, perfectamente, a mis amiguitos llorando porque habían matado a su papá de un tiro en la nuca. Y recuerdo, perfectamente, esos días que llegaba mi padre y nos decía que había tener mucho cuidado con las cosas que encontráramos en la calle por si eran trampas, que habían recibido el aviso de que algo iba a suceder. Horas después alguien lloraba la muerte de un familiar. Desde niño eso lo vivía cada mañana, cada tarde.
Mi padre era un hombre sensato y procuraba no meter miedo a sus hijos. Jamás vi una de sus armas en la casa aunque siempre estaban allí. Apenas se hablaba de política, todo lo que le rodeaba estaba disfrazado de tranquilidad. Pero, cada mañana, escuchaba a mi madre cuando le pedía que tuviera mucho cuidado por el amor de Dios. Pero tuve que ver a mi padre pensando en algo que nunca dijo después de cada atentado (muchos de ellos se llevaron la vida por delante de compañeros y amigos).
Hoy, con el recuerdo agarrando las sienes, escucho el comunicado de tres etarras encapuchados. Dicen que dejan las armas. Y se refieren a sus compañeros caídos. Y a los presos. Qué buenos chicos. Qué favor nos están haciendo. Y me dan ganas de gritar muy fuerte. Sí, me parece una tomadura de pelo. Una vergüenza. Sobre todo una injusticia muy grande porque casi todos se quedan con la sensación de alegría ya que nadie más va a morir. Pero no. Son muchos los que se mueren de pena pensando en su padre, en su marido o su hermano. En esos que murieron porque unos salvajes decidieron un día luchar por algo completamente demencial.
El fin de tantos años salpicados de atentados no es mala noticia. Que se nos olvide lo que ha pasado un segundo después de la última mofa por parte de unos sinvergüenzas es lo peor que nos podría pasar.
Desde luego, yo recuerdo, perfectamente, cada minuto de mi vida. Y no pienso olvidarme de nada. De nada. No hay perdón para ustedes. Se pudrirán en el infierno en el que han convertido sus vidas y las muertes de otros.
No se me ocurre nada peor que encontrarte con una persona en la vida que presume de vivir y dejar vivir. El que lo hace no suele decirlo.
Esa máscara suele esconder a personas que, realmente, intentan arrimar el ascua a su sardina llevándose por delante lo que les incomoda. ¿Qué les puede causar problemas? Todo aquello que, por una u otra razón, les hace sombra, que les impide ser protagonistas en cualquier ámbito; todo aquello a lo que no tienen acceso y a lo que aspiran.
El cotilleo, los falsos rumores, el poner en contra a todos, la conspiración. Eso es sobre lo que se apoya una vida triste y llena de lagunas afectivas. En realidad, no vive y deja vivir. En realidad, la cosa es conmigo o contra mí. Si alguien es más inteligente se busca aliados para que parezca un gilipollas, si alguien es más bello ya se le buscarán defectos (claro, todo el mundo tenemos y se pueden explotar), si alguien te da la espalda cuando descubre la gentuza que eres se pelea hasta que parezca lo contrario. Es completamente repugnante. Aunque, a decir verdad, no sé si eso se queda en nada cuando alguien echa un vistazo y descubre que los cuatro idiotas en los que se apoyan este tipo de personajes le siguen hasta el fin del mundo a cambio de formar parte del grupo que les promete parecer especiales cuando son unos mierdas.
Las buena noticia es que son tan tontos que no pueden valorar lo que dejan atrás. Se acompañan de sus acólitos y creen que están ganando la batalla, pero pasa un tiempo y la rabia les devora porque nada cambia salvo su pobreza existencial (va a más, no tiene límites). Siguen siendo igual de tontos aunque despotriquen, aunque logren que alguien sea odiado, aunque les acaricien el lomo cuatro pobrecitos que llenan de fracasos sus días.
Alguien debería inventar un Día del Gilipollas. Sin duda lograría un gran éxito aunque nadie se apuntara. Porque el gran problema de esta banda de anormales es que, cuando están solitos y piensan un poco, entienden que la guerra la perdieron antes de comenzar; entienden que la fiesta de ese gilipollas es propia, pero miran a otra parte. Dejemos que se doren la píldora entre ellos. Se ahogarán en su propia mierda.
Creer en Dios es algo parecido a llenar de quitamiedos una carretera. Te indican el camino y tú vas. Sin preguntas, sin respuestas.
Creer en las personas es algo parecido a quitar los quitamiedos de la carretera y llenarla de baches. Curvas y más curvas hacen difícil el trayecto.
Creer en uno mismo es algo parecido a construir una carretera. Con sus quitamiedos. Recta y sólida. Los baches ya los van haciendo otros por ti.
En caso de accidente, sea cual sea el camino, no intentes pedir ayuda. Ni lo sueñes. Como todo el mundo sabe Dios no es muy hablador, los otros te dirán cosas sobre ellos mismos llenas de cosmética para que parezcan consejos de camarada y tú tendrás bastante con lamerte las heridas.
- ¡Es delicioso! Me recuerda al guiso que hacía mi madre los domingos. Un poco de carne, patatas, pimiento, cebolla y una pizca de sal. Y el punto secreto. Una cucharada de tomate. Si estaba frito mejor. De verdad que está buenísimo.
- Pero ¿se puede saber qué dices? Estás comiendo lentejas. Me tienes harta con tanto recuerdo y con tanta madre para aquí y para allá. Harta del todo.
- Pues yo creo que deberías ponerte contenta. Mi madre era una cocinera excelente.
- ¿Quieres más, amor?
- ¿Qué haces? Joder, a qué viene eso, me has puesto perdido. Madre mía.
- No pasa nada, los recuerdos no dejan mancha. Gilipollas.
Si alguien se acerca susurrando algo, si toca un hombro con delicadeza o mira con tranquilidad esperando (sin esa violencia con la que queremos hacer cualquier cosa, incluso soñar), si alguien es capaz de hacer eso, el mundo se detiene en el sentido. En el propio, en el que recibe un gesto único, un sonido que protege de cualquier otro, el olor tenue de una vida entera, infinita. El universo encerrado en la pupila, en la punta de la lengua, sobre la piel que se agrietará sin olvidar nunca más.
Si alguien se acerca envolviendo ahora, devolviendo cuando toca, rescatando, protegiendo, cubriendo el mundo con su gesto enorme y poderoso; es el momento en el que se descubre que las palabras están llenas de significado. Un alma en la que no crees toma la forma del incrédulo que puede amar, llorar, odiar o reír sabiendo que la mentira era la soledad.
Sea lo que sea, tenemos alma. Efímera o eterna. Eso es igual. Dormida, esperando a descubrirse. Con un susurro. O una caricia.
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