ene 1 2010

No morir en el camino

Repetir un movimiento agradable cada día, poder hacerlo sin problemas, aproximadamente en el mismo momento (cada día, también), respetando cada detalle casi con devoción, es una de esas cosas que convierten la existencia propia en algo inmenso. Infinito.
Limpiar las lentes de las gafas antes de leer o escribir, preparar la taza de té poniéndola sobre el plato y adornarlo con un par de pastas, dejar las plumas sobre el escritorio en un orden que nunca cambia (los que me conocen saben que soy maniático para todo y obsesivo con las cosas de escribir). Puede ser cualquier cosa. Pequeña, insignificante para otros. Pero algo que te hace sentir, comprobar, que sigues siendo tú mismo. A pesar de todo lo demás.
El día que un detalle desaparece, algo se viene abajo. El adiós causa angustia.
Puede morir tu padre, un buen amigo y la vida sigue. Son reglas del juego que entendemos aunque nos destrocen por estar asumidas antes de vivirlas. Pero morirnos por el camino no. Eso sí que no.
He leído las notas que había ido tomando sobre esto y aquello. En mi papel amarillo, con mi estilográfica cargada de tinta verde. Rotas las páginas inservibles las dejo a mi derecha. Sobre la mesa. Buen jazz. La luz del flexo discreta.
Comienza otro año que queremos convertir en otra vida. Deseamos que esas cosas grandes, vitales, sean de un modo diferente, que nos hagan rozar lo que entendemos cada uno de nosotros por felicidad. Queremos que nuestro existir arañe el sentido de lugares comunes. Y, sin embargo, no queremos ver que no es ahí donde está lo que nos prepara para sobrevivir. Es en ese gesto que nos diferencia, en ese entornar los ojos cuando quieres ver lo bello con precisión y que todos toman a la ligera o ni se fijan cuando se produce, en la forma de agarrar un libro convertido en un rito. En reducir el cosmos a uno mismo.
Para solucionar un gran drama siempre tendremos cerca a los amigos, a los que nos quieren. Dejar de hacer lo que eres no tiene solución.
Mi lista de intenciones para convertir este año en algo especial es pequeña. Sólo he anotado una cosa. No olvidar quién soy. Por eso lo primero que hago hoy al levantarme es sentarme frente a un papel amarillo, con mis plumas en el lugar de siempre, escuchar la música que más me gusta, escribir y esperar a que el mundo se ensanche cuando aparezca lo demás. Pero siendo lo que soy. Para que me reconozcan.
Feliz año nuevo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


sep 25 2009

Tirando muros

Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.



mar 11 2007

La chistera mundial

Escucho la versión de Waltz for Debby que Niño Josele le ha dedicado a su autor, a Bill Evans. Y como por arte de magia, si mis lectores han llevado el cursor hasta el título de la canción (eso si es que alguien me lee en este espacio), podrán escuchar lo mismo que yo cuando escribo estas líneas. Cortesía de unos tipos que se dedican a ordenar montones de unos y ceros para conseguir que el mundo quepa dentro de una chistera que ahora llamamos ordenador. Magia potagia.
Que una célula termine siendo un ser humano, que podamos hablar con alguien que está en Australia a través de un cacharro pequeño y sin cables, que un avión vuele y no se estrelle un par de segundos después (salvo contadas excepciones) o que la mente humana sea capaz de crear algo como la novena sinfonía de Beethoven me sigue pareciendo magia. De niño siempre me asombró que los habitantes del polo sur pudieran mantener los pies en el suelo. Les imaginaba atados a una cuerda para no caer al espacio exterior. Descubrí la fuerza de la gravedad en el colegio y me tranquilizó saber que la cosa no era tan grave como pensaba. Pero algunas cosas, por más que me cuenten grandes teorías, me siguen causando estupor por parecerme imposibles. Trucos de magia.
La perfección de la naturaleza me causa una perplejidad difícil de explicar. Pienso en ello y me siento tan niño como mis hijos. Sé que existe una explicación para cada una de esas cosas aunque me temo que prefiero no profundizar para terminar de entender. Me gusta saber que me puedo sentir un chiquillo pensando que el mundo es tan grande que no se puede comprender, que por más que intente meter el mar en una concha jamás podré conseguirlo. No creo que sea malo conservar esa postura pueril que puede aparecer cuando la vida se te echa encima para que respires con dificultad, para ahogarte.
Vivimos dentro de una gran chistera. Rodeados de magos que llamamos informáticos, músicos, pintores o (porque no decirlo) escritores. Todos aportar la luz necesaria para que entendamos un mundo que se hace más incomprensible cuanto más sabemos. Así es el ser humano. Comprende más cuando se le presenta un misterio por resolver. Es cuando piensa, cuando es más humano.
También la chistera está rodeada por magos tramposos que presentan sus trucos con habilidad y nos hacen comulgar con ruedas de molino. Pero esos duran menos. Políticos que destrozan los milagros convirtiéndolos en cubos de basura, economistas que se dedican a predecir el pasado o sacerdotes que dibujan a sus dioses igual que jaulas de las que uno no puede salir sin su ayuda.
Todos magos. Todos asombrados ante el truco del otro.
Hoy me apetece creer que los habitantes del polo sur se agarran a sus cuerdas para no salir despedidos hacia el espacio exterior. Prefiero pensar que vivo un mundo mágico en el que alguien puede escuchar lo mismo que yo cuando escribo. Sin saber porqué. Sin importarme lo más mínimo. Debe ser que si miro alrededor creo que me sentiré mayor, muy mayor. Tan viejo como se siente una humanidad empobrecida por tanto mal truco.


feb 17 2007

Dos batallones y media docena

Me hace sentir intranquilo pensar que hay alguien esperándome en una esquina cualquiera para cebarse conmigo, me gusta poco saber que estoy metido hasta las cejas en un espacio en el que tendré que pelear por mis intereses de forma violenta. Preferiría que nadie tocase mis cosas para evitar ese tipo de conflictos. Lo prefiero porque sé que también yo desprecio la bondad cuando me arrastran hasta el borde. Y alguien que está al borde de cualquier cosa se convierte en un ser peligroso. Para otros y para sí mismo. Todos los días nos llevan cerca de ese límite. Si no es en la oficina, es tomando una copa con un payaso que decide ser el centro de atención haciendo chistes sobre tu condición sexual o religiosa, o es otro payaso el que te muestra la opción política propia como única frente a la tuya que es propia de anormales, y si no tienes un payaso a mano (cosa casi imposible) tienes a un imbécil que te quiere matar a escupitajos sin dar la cara, y si te falla siempre te queda un familiar que te pide lo poco que tienes para gastarlo en putas cuando crees que lo gasta en pagar su hipoteca.Tengo cuarenta y dos años (casi, casi, cuarenta y tres) y me he encontrado con un par de batallones de hijos de puta. Pero de los grandes. Y, exagerando, con media docena de personas buenas (sin limitaciones, buenas de verdad). Los primeros me han enseñado a sobrevivir, los otros a vivir. Y tengo aprendido que para salir adelante hay que repartir sin pensarlo dos veces. Una mano de hostias o dos o las que hagan falta. Y tengo aprendido que para vivir las tengo que recibir de vez en cuando.Sin embargo, hoy prefiero esperar. Algo tan difícil como eficaz. Y esperar evitará que me critiquen haber hecho no sé qué cosa los que acaban de hacer lo mismo cinco minutos antes o los que no han tenido valor para intentarlo alguna vez.
Guillermo juega con uno de sus primos en el salón. Les acabo de ver con espadas láser, pistolas que lanzan rayos cósmicos y una granada de mano amenazando a los lunnis de Guzmán. El resto de la familia está fuera. Creo que en el Retiro. Escucho cómo se ríen los chicos. Y yo espero. Espero tranquilo para ver como pasa el cadáver de alguien que aún cree estar vivo; espero a que llegue una manada de lobos hambrientos que buscan un rebaño escuálido por el que tendrán que matarse unos a otros si quieren comer; aguardo tranquilo mientras escucho el piano de Bill Evans. Solo, esta vez solo, porque siempre que tenemos enfrente a un miserable tendemos a convertirnos en lo mismo. Todos podemos ser un poco más cabrones porque el mundo es una gran cabronada. Eso creemos aunque es una ilusión que lava culpas. Ni más ni menos. Solo, tranquilo, sin perder los papeles que otros ya no podrán encontrar nunca.


feb 6 2007

Por favor, un poquito de poder

Existe una separación gruesa entre querer hacer daño y poderlo provocar. El mundo está lleno hasta los topes de gentuza que intenta dañar a otros. La mayoría de las ocasiones se trata de estúpidos que crean un problema menor que se resuelve con una bronca o, en el peor de los casos, con un par de guantazos. Un daño enano se soluciona con otra pequeñez. Son muy pocos los que pueden herir, sólo lo logran los que tienen poder. Verdadero poder. Y de esos hay muy poquitos sueltos por ahí.Los idiotas que creen dominar la situación en su entorno, un espacio que tienen como colosal unicamente ellos, parecen no saber que son la misma cosa pequeña e insignificante que el que sufre su ejercicio de poder inútil. Un poder que no se representa castigando de cara a la pared a un niño. Ni siquiera matando al otro. El poder se ejerce eliminando las palabras con las que podemos definir un problema que nos afecta como colectivo, el poder se ejerce desde la manipulación de las pocas ideas que nos dejan tener, desde la anulación de millones de inteligencias que se pegan a conceptos estúpidos que tienen que ver con una idea equivocada de lo que es el trabajo, la religión o la política (sirvan como ejemplo). No hace mucho preguntaba a un grupo de personas adultas sobre las diferencias ideológicas que existen entre los dos grandes partidos políticos españoles. Ni una. Ni una sola. Las ideologías, las religiones y el trabajo, como elemento creador de personas y no como trituradora del sujeto, han desaparecido. Ahora todo es lo mismo. Es como si alguien hubiera metido en una coctelera lo que mueve al hombre desde lo más íntimo y hubiera logrado un enorme combinado, lo hubiera metido en un televisor y lo estuviera sirviendo sin pausa en “prime time”. Las cosas no se pueden llamar por su nombre, las cosas existen o no porque lo dicen los demás, hay que trabajar en una empresa con derecho a tarjeta de visita aunque te jodan la vida. Lo que importa es llegar a casa y sentirse satisfecho por ser uno más, por sobrevivir. Eso y conseguir un poco de poder aunque sea a cambio de arrastrarnos frente a un individuo que repite lo que escucha de ese gran combinado sin saber siquiera lo que significa, un tipo anclado a su pequeña parcela en la que cree ser Dios cuando, en realidad, no llega a ser lo que le hubiera tocado ser como persona.Lo peor de todo esto, la sospecha que me hace sentir inquieto es que, en realidad, todo esto sucede porque nos resistimos a pensar que el poder es cosa de otros. Queremos tenerlo, ejercerlo. Aunque sea algo inventado y ridículo.Son pocos los que renuncian a esa parcela minúscula que nos parece inmensa, a pasar el día haciendo lo que otros consideran injusto o una gilipollez propia de un ser mediocre que nadie sabe cómo pudo llegar a ese lugar de privilegio. El que no piensa cree que nadie lo hace.Siempre estuvimos en manos de la clase sacerdotal. Que sí, que sí. Todos y siempre. Hemos sido manejados por políticos y militares. También, todos y siempre. Unos a través de engaños, otros usando fusiles. Las empresas organizan el mundo y nos venden la cosa como un favor a la humanidad. Nunca fuimos más títeres que ahora. Nos dan unas migajas de poder a cambio de dejarnos sin ideales, sin Dios o el diablo, sin un lenguaje con el que llamar a las cosas por su nombre, sin ideas propias. Sólo un poquito de poder para dañar, la cantidad justa que nos deja atontados ante los resultados empresariales que, según los que mandan de verdad, nos llevaran a ser más grandes, más fuertes. Olvidan añadir que mucho más tontos. Eso sí, tontos que creen ser mandones.


nov 18 2006

Dioses del viento

Lola me ha devuelto mi ejemplar de “Altazor”. Si no me falla la memoria ese libro lo compré hace quince años. Y lo he leído tantas veces como años lleva en mi biblioteca. Mínimo. Lo dejé en mi mesilla de noche para echarle un vistazo antes de dormir. Otro más. Lola había llegado en el momento en que Silvia tocaba zafarrancho así que no había tiempo de lecturas.Sin embargo, mientras enjabonaba a Guzmán (él dale que te pego al gritar descontrolado y yo dale que te pego al champú y al gel) intenté recordar algunos versos. Una forma, como otra cualquiera, de evitar un ataque de locura entre tanto niño (aquí el que no corre con un balón en los pies, lanza un cojín a otro o grita sin ton ni son como hace Guzmán). Primer verso de Huidobro que viene a la cabeza: “Digo siempre adiós y me quedo”. Muy apropiado para padres y madres que acaban reventados cada día.Pasadas las nueve y media de la noche la cosa comienza a ser más llevadera. Guillermo se desmaya después de elegir un canal que no le gusta a ninguno de sus hermanos. Ya no se quejan porque saben que dos o tres minutos después está dormido como un tronco. Le acompaño a la cama y le pido a Guzmán que me siga para que no se quede solo su hermano. El pobre Guzmán no rechista. Tapo a uno, a otro y entrego su librito al pequeño que me dice adiós sonriendo.Con Gonzalo y Silvia en el salón la cosa ya se puede calificar de manejable. Aunque parezca mentira, cada día llega ese momento.Abrí el libro. Lola ha doblado las esquinas de algunas páginas. Imperdonable. El próximo préstamo irá acompañado de un marcapáginas. Conecté el reproductor que Gonzalo me presta y me puse a leer. Bill Evans y Huidobro. Segundo verso que recordé y luego leí: “Vaciar una música como un saco”. Si algo me gusta es eso. Leer y escuchar música al mismo tiempo. Spartacus y Altazor. Jazz y poesía. “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Hace quince años que lo pienso con frecuencia. Después del salto puedes intentar ir hacia un lado u otro, pero una corriente de viento te lleva donde no quieres. Intentas ir más a la derecha y terminas en un punto distante de la cruz amarilla que tenías por último destino, que es la vida en la que creías. Pasa durante la niñez en la que los demás soplan por ti sin preguntar, durante la adolescencia cuando quieres tomar el mando y equivocas los movimientos por falta de experiencia; durante la madurez porque tienes que soplar por otros o porque intentas que las equivocaciones sean mínimas (las de otros) y eso hace que descuides tu propia caída perdiendo de vista el punto de llegada, teniendo que hacer un esfuerzo titánico para corregir el rumbo; y en la vejez porque ya no entiendes de viajes, porque te da exactamente igual. Quizás sea al final de la vida cuando descubramos, con amargura y temor, que esto es un viaje en paracaídas sin grandes esperanzas por cumplir, que iremos a parar a un lugar llenos de marcas de color. Millones de cruces amarillas con las que no contabas y que, ni siquiera, alcanzaste a ver. Sólo a última hora sabemos cual nos correspondía. Es posible que sea así. Yo, de momento, sigo en la tercera fase, en esa en la que los adolescentes comienzan a rodearme, en la que me paso el día fingiendo ser una corriente de aire para los más pequeños (Gimena ya empieza a contar aunque no ha llegado), la fase que te hace mirar a los ancianos con prudencia porque tú eres el siguiente y conviene aprender. Sigo en el aire escuchando a Evans y leyendo a Huidobro. De viaje hacia donde sólo el dios del viento sabe.


sep 20 2006

Aquí y allí

Benedicto XVI ha metido la pata. Eso no puede discutirse. Tal y como están las cosas debería cuidar mucho más lo que dice cuando se trata de hacer referencia a otra religión que no sea la suya. Es decir, hay que ser prudente y valorar lo que puede llegar a un receptor u otro.
Creo que no se ha comprendido bien lo que dijo, porqué lo dijo y nadie valora el lugar dónde lo dijo. La cosa vista desde fuera puede parecer algo bien distinto a lo que es. Y ese, precisamente ese, es el problema. El Papa tiene que sopesar el efecto que sus palabras pueden provocar, sabiendo que nadie se hará preguntas. Si algo puede crear conflicto aunque quiera decirse lo contrario ha de ser eliminado del discurso. Esto mismo, desde luego, sirve para cualquier presidente de gobierno. No es exclusivo de los sacerdotes.
En cualquier caso, Benedicto XVI puede hacer referencia a un texto antiguo para defender que la imposición de una fe no es lícita y que el uso de la fuerza en asuntos que tienen que ver con la espiritualidad personal no se puede consentir. Entre otras cosas, eso es lo que trataba de defender. Del mismo modo, los líderes religiosos de otras confesiones pueden criticar unas palabras que, insisto, por prudencia no debieron decirse nunca. Después, uno presenta sus excusas y los otros las reciben. Se acabó el problema.
Y hasta aquí sería bueno que alcanzase la cosa. Ni un milímetro más allá.
Sin embargo, se queman imágenes del Papa, matan a una monja de cuatro balazos y la gente se arremolina queriendo ajustar las cuentas a otros. A veces pienso que alguien está esperando cualquier frase, cualquier gesto, para justificar situaciones políticas desastrosas a base de ir llenando la cabeza de la gente con ideas que poco tienen que ver con la religión. Con cualquiera de las que existen.
Llevo años, muchos años, soportando caras de asombro cuando confieso que soy cristiano, risas, frases ofensivas (no hace mucho en este blog alguien hacía un comentario absurdo y estúpido refiriéndose a mi condición de cristiano) y chistes de pésimo gusto. Es raro que me manifieste en público sobre todo esto y casi imposible que discuta con alguien sobre temas religiosos. Nadie parece comprender que un escritor sea cristiano y que, encima, lo diga. Y no ha pasado nunca nada. Ni he montado en cólera, ni me he liado a guantazos con el gracioso de turno.
Creo conocer bien el Corán. La violencia que podría justificarse con lo que dice ese libro sagrado no es mayor que la del Antiguo Testamento. Y no me extraña que los practicantes musulmanes se enfaden cuando escuchan la cantidad de tonterías que se dicen sobre su religión. No me extraña. Aunque deberían saber que sobre la religión católica se dicen el mismo número de estupideces. Creo que fue ayer cuando leí un artículo de opinión en un diario que venía a decir que el Papa es infalible en cuestiones de fe y doctrina para los cristianos y que menudo papelón había hecho el bueno de Benedicto XVI al decir lo que dijo, que se había equivocado a la primera. Esto demuestra que el articulista no sabe ni lo que dice, ni lo que representa la infalibilidad del Papa (no tiene que ver con la divinidad sino con el hombre imperfecto). Por supuesto, el sujeto no ha leído el discurso dichoso. Eso es impresentable y lo único que se consigue es un grado de confusión alarmante. Trasladen esto a un entorno con niveles de alfabetización mínimos, sin recursos que puedan mejorar la situación económica de una población golpeada con guerras y más guerras, con un futuro más que incierto, trasladen, digo, esos comentarios tan desafortunados allí y podrán imaginar el efecto que se consigue.
La gente se lleva las manos a la cabeza pensando que el mundo musulmán es capaz de levantarse en armas llevando a su Dios al frente. La guerra santa impone mucho en occidente (debe ser porque ya hicimos la nuestra y sabemos lo cruel que puede llegar a ser) y se confunde con el terrorismo que se maquilla jugando a ser cosa de Dios. Tanto como me impuso a mí que el presidente de los Estados Unidos de América (este si que se las trae) hiciera lo mismo con el mío. Lo agarró y le pidió públicamente que le echara un cable para sacudir a los iraquíes. Más terrorismo de carnaval. El día que nos demos cuenta de que el fanatismo tiene hueco en ambos lados otro gallo cantará.
Ser cristiano, ateo o monje budista no es un problema en sí. Desconocer qué es cada cosa si puede convertirse en cuestión gruesa. Creer en un Dios o en otro tampoco tendría que causar la mínima molestia a nadie. Criticar o ridiculizar a alguien por hacerlo es de patanes. Utilizar la religión para agitar a las masas es una bajeza imperdonable. Tanto o más que impedir el acceso a ella. Y todo esto es lo que está pasando. Aquí y allí, que nadie se engañe.
El bueno de Benedicto XVI, sin quererlo, va metiendo la pata. Qué torpe. Los demás también aunque a veces creamos ser tan listos. Pero, por fortuna, no podemos ser noticia. Sería el cuento de nunca acabar.


sep 19 2006

Futuro

¿Qué es lo que escuchas? Guillermo siempre pregunta lo mismo. Comienza sus clases de solfeo y piano el próximo miércoles y se encuentra nervioso. “Conversations With Myself” de Bill Evans. Traduce, apunta en un papel con esmero, en su lista de canciones que hay que oír de vez en cuando. Hablando solo con bil ebans. Le doy un suave pescozón y le corrijo para que lo escriba correctamente. ¿Seguro que lo has traducido bien? Mira asombrado el equipo de música. ¿Voy a tocar así? No lo sé. Evans es uno de los grandes. Mi preferido. Pero como tú también eres mi pianista enano preferido, seguro que lo logras. Sigue sentado a mi lado mientras leo unos poemas de Derek Walcott. “En ocasiones hay más dolor en una canción pop que en toda Camboya”. Eso es lo que tiene la música. Una canción cualquiera se llena de lo que uno quiere. Él tiñe esta de esperanzas, de nervios, de lejanía.
Llega Guzmán con su madre. La cara llena de tiznones, un puñado de arena en cada zapato, las manitas negras. Ha debido llorar. Nada nuevo. Ahora toca ese rato cuartelero de duchas, rancho y película de Disney. La hemos visto diez veces en los últimos diez días. Todos estaremos deseando que sean las nueve y media para que el pequeño se acueste. Gonzalo hará las primeras tareas, Silvia avanzará con la novela de Joyce. Retrato del artista adolescente. Magnífica obra. Y Guillermo me volverá a preguntar si su lista es la mejor de la historia, si le queda alguno de los buenos por escuchar, si su cuaderno pentagramado es el adecuado o si le he comprado el que se utilizaba en la edad media.
Evans sigue sonando. Se mezcla con el chapoteo, los gritos de alegría de Guzmán y las risas de su madre. Con el silencio de Gonzalo. Con el mío. Y con los pasos nerviosos de Guille que se acerca una vez más para preguntar. Entonces ¿voy a ser pianista? Eso lo tendrás que decidir tú, querido. Pues vale. Pianista. Pero como Evans. Amén, Guillermo, amén.
Silvia aparece con Guzmán en brazos, enrollado en su toalla. A este paso me llenas la casa de artistas adolescentes. No quiero pensar lo que me viene encima. Tranquila, quizás se le pase a los diez minutos de empezar. Silvia me mira con cara de incredulidad. Claro, claro, como a ti, se le va a pasar como a ti lo de la escritura. Anda, ayúdame con este. Y cambia el disco por uno de Miliki. A ver si podemos salvar algo de este desastre. No me importaría tener un médico en la familia. Guiña un ojo mientras se da la vuelta y ríe.
Papá, estoy pensando que Bécquer dice más de la cuenta. Gonzalo asoma por la puerta con un libro en la mano. Yo no hubiera contado lo que vio el cazador. Es como si explicase lo anterior. Ya estaba dicho.
Lo que faltaba, susurra Silvia. Esto va a ser una locura. Una locura.


jul 7 2006

Echarse un vistazo

Día de piscina. De cansancio absoluto. Los niños han estado en remojo durante horas. No sé cómo pueden soportar algo así. Ni cómo demonios aguanté eso mismo teniendo su edad.
El sol ha estado apretando de lo lindo. Sin ceder un instante. Terco.
Ahora en casa. Solo. Escucho “Il barbiere di Seviglia” de Rossini. No es mi ópera preferida aunque puede servir. La copia ya estaba colocada en el reproductor y no me apetecía buscar otra cosa.
He dejado de ver un partido de fútbol para escribir. Escribir y ver fútbol. Las dos cosas me gustan mucho. Pierdo poco tiempo frente al televisor salvo que retransmitan un buen partido de fútbol. O uno malo. Escribiendo y viendo dar patadas a un balón me convierto en un marmolillo.
Llevo algunos días pensando sobre lo que me gusta. Y sobre lo que detesto. No me parece mal momento para hacer recuento. Inventario. Estas cosas significan mucho al que las hace y sobre el que las arma. Pero me parece divertida la cosa. Divertida y peligrosa.
Manos a la obra.
Me gusta el fútbol, mi estilográfica y su tinta verde; escuchar a Bill Evans, a Oscar Peterson, a Miles Davis; descubrir el significado de lo que escucho o leo, mirar por la ventana para descubrir que llueve sin una sola nube en el cielo, el zumo de naranja; emocionarme con un poema sabiendo que es lo peor que se ha escrito en la historia y quedarme frío con la poesía que ha pasado o pasará a esa misma historia como una obra de arte; fingir que no entiendo una palabra si me hablan en inglés, estrenar gafas pensando que esta vez sí me las pondré cuando toque (hoy estreno. A ver cuanto dura la intención), el ganado bravo en el campo y en la plaza de toros, escuchar “Cavallería rusticana” de Mascagni (me puede, esta ópera me puede), gastar los bolígrafos, la paella. Buscar estrellas cada noche y no ver ni una (ni una) pero saber que siguen donde toca. La tranquilidad de Gonzalo. Cómo interpreta cada minuto de su vida Guillermo. La sonrisa del joven Guzmán. La bondad de Silvia. Saber que viene de camino un bebé que se llamará como su madre. Otra Silvia. Y hacer listas como esta si me da la gana.
Lo que detesto es poca cosa. Lo mismo que todo el mundo. Supongo. Me detesto a mí mismo. Sí. Nadie debe extrañarse por ello. Le pasa a cualquiera que se piense. A unos les da por hacer pesas en un gimnasio y quitarse los kilos de más. Otros se operan la nariz, compran ropa cara para disimular un poquito lo suyo o dedican la vida entera a ser algo más listos. Lo que sea. Es igual. El caso es que nos gustamos más bien poco. Nos encanta lo otro, lo de otros, pero nosotros mismos no. Muchos siglos de cristianismo a cuestas como para permitirnos un lujo semejante. El dichoso pecado. El interminable remordimiento.
No creo que nadie pueda sentirse satisfecho echándose un vistazo a la facha. Menos aún si el vistazo se dirige a la conciencia desde la propia conciencia.
Ver un noticiaro en la televisión y quedarse tan tranquilo sentadito en el sofá, no prestar atención a un mendigo o volver la cara cuando se comete una injusticia con un compañero de trabajo es lo que hacemos a diario. Y eso, a secas, no nos hace felices. Sólo parece funcionar lo de ser cristianos, ser pecadores y arrepentirnos mucho, mucho, mucho, de lo fatales que podemos llegar a ser. Pero un rato. Sólo un momento. Luego vale todo porque para eso tenemos el confesionario con su cura esperando en el interior. Somos mezquinos, crueles y, además, lo sabemos. Por eso nos caemos fatal a nosotros mismos y nos hacemos cristianos o miembros de cualquier otra religión.
El que crea que puede hacerlo que tire la primera piedra. Yo no tengo piedras a mano. Ni quiero.
Pues eso. Que no me gusto. Es que soy cristiano y a veces pienso.
Una cosa más. Olvidé anotar en la primera lista “El diccionario del diablo” de Bierce. Es de gran ayuda cuando me detesto algo más de lo recomendable.

Cristiano, s.: Que cree que el Nuevo Testamento es un libro de inspiración divina admirablemente ajustado a las necesidades espirituales de su vecino. Que sigue las enseñanzas de Cristo en tanto en cuanto no son incompatibles con una vida de pecado.
Culpable, adj.: el otro.
Uno (mismo), s.: La persona más importante del universo.

De “El Diccionario del Diablo” de Ambrose Bierce.


abr 11 2006

Cosa de pocos

Ayer estuve en la Fnac con mis tres hijos. El botín consistió en un libro sobre pollitos que incluye un botón para poder escuchar los pío pío (Guzmán. La cosa pudo ser mucho peor porque llegó a tener en la mano seis o siete ejemplares de un mismo libro y quería llevárselos todos), una guía para ser un buen agente de la TIA (Mortadelo y Filemón para Guillermo), un juego para consola que simula fútbol callejero(Gonzalo y Guillermo a medias) y un par de discos para papá. “Il trovatore” de Verdi y “The best of Bill Evans” de Evans, naturalmente. Al salir nos encontramos con un sexteto de cuerda que interpretaba algunas partes de piezas muy populares (Mozart, Vivaldi…) Lo sé porque Guzmán quiso quedarse a escuchar mientras bailaba y me pedía monedas para echarlas en la funda de violín que había en el suelo. Me miraba, sonreía, bailaba moviendo todo el cuerpecito y luego reclamaba la moneda para premiar a los artistas. En realidad, fue muy agradable y pasamos quince o veinte minutos haciendo lo que nos apetecía. Baile, lectura, fumar escuchando música. Cada uno lo suyo.
Ahora escucho el disco de Evans. Y me pregunto sobre la razón por la que el jazz no es popular. Creo que la respuesta es fácil. No es una música que se baile fácilmente. El swing sí lo era. Escuchar un tema de Count Basie invitaba a bailar y dejarse llevar. Sin esfuerzo. Pero cuando aparecen las nuevas tendencias dentro del jazz la cosa se complica. Ya no se trata sólo de bailar. Toca sentarse a escuchar y a intentar descubrir lo que quieren decirnos. Los ritmos extraños que mezclan cosas nos dejan clavados a la silla. Siempre ha sido así. Y el jazz se convierte, en ese momento, en música para pocos. Una pena. No para el jazz sino para los que se quedan fuera, claro.
Con la literatura pudo pasar algo similar. Antes las historias eran contadas y cantadas. Unos a otros se pasaban la información para que se repitiera. Casi nadie sabía leer, pero escuchaban y miraban al hombre que contaba o cantaba la historia que era un primor. De hecho, ahora seguimos escuchando y viendo de maravilla la televisión. Cuando nos colocan esas narraciones en un papel aparece el problema. Unos cuantos se quedan en paro porque la gente comienza a leer, pocos son los que terminan haciendo el esfuerzo de leer y comprender. Y actualmente casi todos prefieren que les cuenten historias con imágenes en el cine, en el teatro o en la televisión. Lo mismo pasa con otras manifestaciones artísticas. Contemplar un cuadro de El Greco no es lo mismo que estar delante de un Miró. Uno parece que se comprende bien (eso parece, pero no es tan fácil) y el otro hay que interpretarlo, requiere un esfuerzo, acercarse a él.
Trabajar nunca fue popular. El esfuerzo nos sobra casi siempre. Por eso hace siglos casi nadie sabía leer. Igual que ahora. Y por eso antes un tipo contaba historias en los pueblos y actualmente un montón de ellos nos las cuentan en la tele. Leer, lo que se dice leer, poco. El jazz no es muy popular ni lo será. Salvo que a los papanatas que andan en esa televisión tan popular les de por decir que ellos escuchan a Bill Evans o leen a Faulkner. Voy a rezar todo lo que sé para que no sea así. No quiero ni imaginar los comentarios que haría mi vecino del cuarto intentando sacar una conclusión después de escuchar a Evans o tras leer a Faulkner. No lo quiero ni pensar.