jul 7 2005

Lo justo

Se llama Hermina. Nos la presentó el muchacho que nos trae la compra desde el supermercado del barrio. Es rumano, como ella. Desde el pasado lunes nos ayuda haciendo las tareas domésticas. Apenas habla castellano. Palabras sueltas, cuatro o cinco expresiones, poco más. Ayer, antes de irse, dijo «hola, buenas noches». Eran las siete de la tarde.
Siempre sonríe. Va de un lado a otro de la casa como si tuviera prisa por agradar. Plumero en mano o fregona en ristre recorre el pasillo, una y otra vez, sudando la gota gorda. Le ofrecemos, cada poco, algo para beber porque creemos que se está deshidratando. Incluso los niños lo hacen al ver como trabaja. Cuando se cruza con ellos (es decir, cada dos o tres pasos) se para y les acaricia. Siempre lo hace. Ella tiene una hija de once años que ha dejado en Rumanía a cargo de su madre. Parece estar ansiosa por tener un crío cerca. Con gestos amables, nos explica que intentará ir a por ella lo antes posible. Antes, quiere ahorrar algo de dinero para tener su propia casa.
Germina cobra su trabajo por horas. Cuando le preguntamos lo que quería ganar, mi mujer se negó. “Si hemos estado pagando a una española, sin rechistar, lo que nos parecía justo, no vamos a rebajar a la mitad lo de esta mujer. Ser rumano no es lo mismo que ser esclavo”. Germina encantada, claro. Y nosotros. Trabaja mucho, trata muy bien a mis hijos y, además, gana lo que merece.


jul 6 2005

Todos vamos a morir

No me gusta volar. Los aviones me parecen ataúdes multitudinarios en los que te puedes tomar un zumo de naranja antes de morir y poco más. Eso es lo que creo que son. Es verdad que te llevan lejos en poco tiempo, que, según las estadísticas, es el medio de transporte más seguro, pero viajas bordeando una muerte segura.
Lo peor de todo es que suelo volar a menudo. No me gusta perder la compostura en público y, sin embargo, al menos un par de veces por semana lo hago sin ningún decoro. Una oración antes de despegar (con cara de “todos vamos a morir”), movimientos estúpidos durante el viaje acompañados de frases al compañero de asiento que no significan nada más allá de “todos vamos a morir”, y un fuerte suspiro al aterrizar. Algunos se lo toman bien (lo de tener un compañero tan pesado), otros lo llevan fatal. Son los que piensan como yo aunque finjan estar tranquilos. Y son muchos.
Hoy, durante el vuelo de regreso desde Barcelona, se ha producido un milagro. Antes del despegue, he comenzado a leer “Toda pasión apagada” de Vita Sackville-West. Se me olvidó la oración de rigor, no dije una sola memez durante el vuelo y al sobrevolar Coslada no me ha parecido que volásemos demasiado bajo. Han sido 100 páginas (más o menos la mitad del libro) divertidas, además de sorprendentes. El personaje principal muy bien construido, los secundarios haciéndole crecer más y más, la trama original, el tempo ajustado perfectamente al tiempo narrativo…En fin, que me lo he pasado bomba.
Los que tengan miedo a volar (incluidos los que fingen) que vayan corriendo a comprar un ejemplar de esta novela. Las turbulencias son menores y el riesgo de muerte más llevadero.