jun 12 2010

Las cosas de la bipolaridad

Un mal día. Los que sufrimos de bipolaridad solemos tenerlos aunque no lo sean. Debe ser que llega la lluvia y el cuerpo no está preparado. Un mal día.
He revisado los asuntos que tengo pendientes, mis inseguridades, mi notable falta de modestia para reafirmarla (estoy convencido de que la modestia es esa actitud que tomamos cuando necesitamos lisonja y que estamos dispuestos a recibir con cara de santito, sonriendo y dispuestos a caer la mar de bien a los demás, tal y como dejé dicho hace unos días en la red, por lo que no quiero participar en la opereta), me he preocupado de anotar los aspectos más lamentables de mi carácter por si algún día me decido a tratar de eliminarlos y, durante buena parte del tiempo, me he dedicado a pensar sobre qué coño pinto yo en todo este follón de blogs, redes sociales y cuentas de correo que acumulan cientos de mensajes inservibles. Es como si necesitara entrar en el taller de chapa y pintura para ser maqueado como toca. O dicho más formalmente, necesito reubicarme en ese lugar preciso que tenemos reservado desde siempre. La bipolaridad tiene estas cosas.
No sé muy bien la razón por la que me viene a la cabeza (cada minuto y medio, más o menos) una idea extraña. Una estrella fugaz puede ser observada por miles de personas boquiabiertas. Los mismos que buscan otra, de forma inmediata, en un punto distinto del firmamento, dispuestos a dejar la mandíbula flácida otra vez. Y sin recordar la que acaban de ver. Esta idea viene y se va. Ahora cada tres minutos cincuenta segundos. Debe ser bipolar como yo.
Ya sé que dos o tres de mis cuatro o cinco lectores se estarán preguntando por esa lista de miserias que he confeccionado con todo mi cariño. Seré buena persona. La dejé sobre la mesa del despacho aunque puedo reproducirla con ciertas garantías.
1. Soy bipolar
2. Soy bipolar
3. Soy bipolar
4. Soy bipolar
5. Soy bipolar
Como comprobarán no son nada preocupantes. Me inquieta más el asunto de la estrella fugaz. Confío en que sea una obsesión pasajera, que no se convierta en una novela o algo así.
Como ven un muy mal día. Y aún queda eliminar los mensajes que ofrecen pastillas de colores y alargadores del pene; leer los blogs recién recomendados y en los que hay que dejar un mensajito que diga “Oh, que bellas palabras, me emocionan y hacen que me sienta en una nube maravillosa formada por palabras”; leer las dos o tres últimas páginas que escribí de mi novela y que me parecerán un horror. Pero, sobre todo, descubrir en cual de los polos termino el día. Eso es lo peor de todo.


sep 19 2009

Encuentro

No sabe lo que significa que otra persona le procure placer. Cada noche piensa en ello, en lo joven que es aún. Las películas muestran el territorio prohibido, inaccesible. Escucha canciones que hablan de eso y piensa en cómo será el día que llegue su hombre. Sólo puede haber uno en el mundo. De eso está segura.
Se levanta apoyando el pie derecho con suavidad en la madera. Estira los músculos y comienza a caminar. Al encender la luz del baño ya está frente al espejo. Le gustaré, piensa. Será perfecto el encuentro. Pasa las manos por el contorno de la chica que ve. Ella observa. Y sin saber bien la razón busca su sexo con la mano derecha. Nadie lo ha hecho nunca. La chica que ve sonríe. Ella agradece entornando los ojos y pasando la lengua por los labios.


jul 15 2005

Letra y espíritu

El cura de mi parroquia se empeñaba en contar a los chavales historias terribles durante las sesiones de catequesis. En esa época (allá por 1972), las Sagradas Escrituras eran explicadas desde una teología absurda, desde la ignorancia de unos hombres que apenas entendían nada de lo que tenían a metro y medio, pero que se afanaban por explicar las cosas de Dios con cierta naturalidad. Recuerdo muy bien el día que le pregunté sobre la descendencia humana después de Adán y Eva. Tienen dos hijos: Caín y Abel. Caín mata a Abel. Es decir tres seres humanos sobre la tierra. Dos hombres y una mujer. Conclusión: Caín debió tener hijos con Eva o, al menos, debió tenerlos con alguna hermana nacida de Adán y Eva. Qué lío me rondaba la cabeza. Sin embargo, aquel cura lo tenía muy claro. La palabra de Dios no se podía discutir y yo era, además de medio tonto, un pequeño hereje. Con el paso de los años, de acumular muchas horas de estudio y de lectura, descubrí que me habían estafado. En el capítulo cuatro del Génesis, concretamente en los versículos catorce y quince (Gn 4, 14-15) se resuelve este asunto de la forma más clara posible. Caín siente miedo al ser castigado porque “cualquiera que me encuentre me matará” dice dirigiéndose a Dios. Dios le marca para que nada de eso ocurra. Es decir, queda claro que hay más habitantes en el mundo. Muchos más. No lo digo yo, lo dice el mismísimo Dios a través de su hagiógrafo. Y es que la letra mata y el espíritu vivifica, o lo que es igual, no podemos limitarnos a leer de forma literal todo aquello que cae en nuestras manos, estamos obligados a interpretar lo que nos dicen.

Todos los cristianos (digo cristianos porque no es lo mismo que decir católicos) deberían saber que el capítulo cuarto de la Biblia no narra la historia de un asesinato. Lo que en esos versículos se explica es la forma de ver la vida del pueblo judío. Si leemos con atención el comienzo del génesis vemos como Adán y Eva son expulsados del paraíso terrenal por comer un fruto prohibido. Trabajar y ganar el sustento con el sudor de sus frentes es parte del castigo, aunque lo peor (el verdadero castigo por cometer el pecado original) es estar alejados de Dios. Desde ese momento hay que buscarle sin parar. El camino es buscar, buscar, buscar. Caín es el sedentario, el que se queda en su tienda cultivando, cazando cerca de casa. Abel es el nómada, el que tiene que buscar los mejores pastos para sus rebaños, el que busca, busca y busca. Esa es la propuesta de vida del pueblo judío. Caín el sedentario mata a Abel el nómada. Sedentarismo frente a nomadismo. Solo buscando se puede crecer como persona y sólo logrando llegar a construirte como ser humano se puede volver junto a Dios. Aunque de una forma muy reducida y, quizás, algo tosca, esta es la idea fundamental.
Por lo que se ve, el cura de mi parroquia no se enteraba de nada y aquel niño que preguntaba esas cosas no era ningún hereje.
Algo parecido ocurre hoy con la literatura. Leer de forma literal lleva al lector por caminos equivocados, peligrosos. Me encuentro a menudo con personas que critican una novela por causas de lo más absurdas cuando, en realidad, no han sabido leer el texto y no se han enterado de nada. Por eso, igual que hacían un buen número de curas en tiempos pasados (y no lejanos), muchos aportan su opinión y su interpretación cargados de razón, y a estos se les unen muchos más que se encuentran en una situación similar. Todos creen poder opinar “porque los gustos son los gustos”, criticando a los que sí saben lo que tienen entre manos, a los que se les tacha de “intelectuales de pacotilla” cuando defienden lo que ellos no son capaces ni siquiera de intuir. Este es el gran éxito del best seller. Todo el que lo lee lo entiende. La pena es que en esos libros no hay nada que entender, que están llenos de historietas. Sólo de historietas. Son esos otros libros, los que se acumulan en los almacenes, los que están escritos por y para los criticados “intelectuales de pacotilla” los que pueden mostrar diferentes versiones de una realidad que, poco a poco, se está convirtiendo es un gran fracaso de la inteligencia. La Biblia sería un excelente best seller (de hecho lo ha sido durante siglos) si no fuera por los teólogos que insisten en leer la palabra de Dios desde la razón humana hasta donde se puede llegar. Pero no creo yo que el Dios judeo-cristiano tenga pinta de ser un intelectual venido a menos. Aunque igual le están confundiendo con uno de ellos. Quizás por eso se está quedando con pocos clientes.


jul 11 2005

Foto de familia

Puedo encoger al verme sin color, igual que en los recuerdos más tempranos.
El espejo, cada mañana, no disimula el segundero en marcha, el movimiento de un reflejo que pretende imitar al anterior aunque no deja una sola ilusión vacía de duda. Sin embargo, el retrato deja la sensación (irreal, inventada en cada repaso) como el líquido en calma. La vida pasada, la que está por llegar, sumando en cada matiz. Nada quita. Los que ya no están vuelven a ser tal y como me dejaron, muchas veces mejores al adornarles un respeto moroso, ahora eterno, que no podrá ser saldado de ninguna forma. El debe lleno de reproches íntimos.
Los recuerdos se aprietan bajo la imagen que sin variar parece recorrer un camino conocido con el detalle del artesano. Incluso el que es imaginado, también el que hace real lo anterior, porque el sentido llega de lo pensado y nunca de un paso por decidido que sea. El papel integra en los huecos las sobras de lo cotidiano, la falta de fuerzas con las que soportar los deseos cumplidos. Pero sigo mirando, queriendo ver lo que no fue, un futuro contaminado por los recuerdos hostiles, desconocidos.
Miro con la mecánica del reloj reposando, obligada por mi quietud. Sé que el espejo pondrá las cosas en su sitio. De momento encojo sin colores alrededor. En blanco. En negro. Con ellos.