mar 25 2013

Lleno de pliegues

La diferencia entre ponerse unas botas de agua a los dos o a los cuarenta años es grande. Si eres un niño significa que vas a meter los pies en los charcos sin recibir a cambio un grito de papá porque ese día toca pisotear el agua. Si ya eres adulto calzarse las botas de goma significará que, o tienes que arreglar medio jardín, o eres obrero de la construcción y vas a caminar por encima del cemento aún blando, o que se te ha inundado el garaje. Nada bueno. Además, sea cual sea la opción, te reñirán. Por no hacer las cosas bien, por hacerlas tarde o a destiempo, por no trabajar tanto como el jefe quiere o, simplemente, porque a otro se le antoja. Un niño de dos años se ve de lo más gracioso cuando sale de su casa con sus botas de goma, con su capa de agua. Un adulto vestido así suele parecer un ser de otro planeta. Eso o eres guardia civil de carretera que está de servicio un día de lluvia. Una irrisión, una personita graciosa o un agente de la benemérita.
Lo mismo pasa con un lazo. Una mujer de, pongamos, cincuenta años, con un lazo en la cabeza, de raso rosa y enorme, nos parece una cursi, una ridícula y una hortera. Eso o una gilipollas. Sí, que nadie se lleve las manos a la cabeza. Frecuentemente los demás nos lo parecen. Y si llevan lazos en la cabeza con más razón. Sin embargo, si es una cría la que luce el raso de color chillón, nos puede hacer gracia y todo. Como mucho pensamos que es cursi y que la idiota es la madre. Nunca la criatura. A esa misma niña la podríamos ver disfrazada de enfermera. Con su cofia, con su pichi blanquito y sus sandalias. Qué rica está, mira lo guapa que nos ha salido, dirán sus padres. Si es su madre la que se disfraza de esa manera la miraremos pensando que es una mujer muy ligerita de cascos. Una fresca como dicen las señoras mayores. Y si no es una fresca es que es gilipollas por llevar esas pintas. Ni siquiera una fiesta de disfraces suavizaría la cosa, creo.
Casi nada hace que un adulto parezca lo que no es. Un tipo maleducado, soez y estúpido puede conducir el coche más caro del mercado. Eso le convierte en un tipo maleducado, soez y estúpido subido en el coche más caro del mercado. No cambia nada. Como mucho se transforma en el blanco de esos insultos que se dicen con ganas, rozando el odio auténtico que sentimos sin saber porqué. Es muy posible que viendo a este sujeto pensáramos que es un auténtico macarra con dinero, un paleto con pasta, un nuevo rico que no hace otra cosa que mostrar medallas de oro espantosas, robar, traficar con drogas o maltratar a su novia. Ya saben: un gilipollas.
Miramos a los niños intentando imitar lo que hacen cuando son ellos los que nos observan. Sin buscar pliegues en lo que vemos. Pero un adulto inevitablemente hace justo lo contrario cuando lo que tiene delante es un igual. Prescinde de lo externo e intenta llegar más allá de lo que le muestran. Incluso inventando lo que le parece más adecuado. Una primera impresión puede variar por un ademán del otro interpretado como incorrecto. Qué chico tan majo o menudo idiota. En un rato. Queremos descubrir como un niño, pero como un niño lleno de mala leche. Como un niño gilipollas. Quisiéramos ser siempre niños, saber lo que un adulto siendo inocentes, mantener intacta la disposición que tuvimos a los siete u ocho años ante el mundo, ver a una mujer disfrazada de enfermera sin pensar en cómo es de fresca. Y no; simplemente es imposible. La experiencia es una carga que llevamos escondida entre los pliegues, es lo que nos convierte casi siempre en algo peor. Sí, en algo peor. Por eso nos interesa descubrir lo que esconden otros en los suyos. Y por eso nos disfrazamos tan a menudo, esa es la razón: tapar lo que nos convierte en lo que somos, eso que no nos gusta ni un poquito. Ni sabemos mirar con inocencia, ni dejamos que nadie sepa lo que escondemos. Como lo haría un niño con mala leche. Un niño gilipollas.


sep 17 2009

Resumen de prensa 1

Intentaré, cada mañana, resumir alguna de las noticias con las que me encuentro en prensa. Intentando dar un toque literario al asunto.
Hoy la bonita y sugerente noticia: «Besugo, zoquete, imbécil, hijo de puta… vamos sobrados de insultos».

– ¿Qué es lo que más te gusta que te digan?
– Me emociona escuchar insultos.
– Eso es imposible. A nadie le puede gustar algo así.
– Es la única forma de saber si te están diciendo la verdad, si lo que escuchas no tiene mensajes ocultos. Me llaman gilipollas y no hace falta nada más.


oct 16 2006

Llega el otoño

El otoño asoma entre las dudas de una brisa traicionera que nos hace pensar en lo prosaico cada mañana. Qué me pongo, manga larga o una chaqueta fina, falda o pantalón, la americana de entretiempo o sigo con la de verano. Y, mientras decidimos entre una cosa u otra, las primeras esperas en el ambulatorio o en la sala de urgencias de cualquier hospital se hacen interminables. Resfriados, gripes estomacales, mocos, muchos mocos, estornudos, crisis de ansiedad porque los niños se ponen malos y no hay quien lo soporte, crisis de ansiedad porque los abuelos recaen y no hay un Dios que lo soporte, crisis de ansiedad porque los abuelos y los niños se han puesto de acuerdo y están todos enfermos y me dan la baja (doctor, por su padre) o palmo en veinticuatro horas. Llega el otoño y el reencuentro se produce. Vecinos, gentes que conocimos durante las esperas de antes del verano, vecinos que no soportamos y que nos hacen la cosa más llevadera cuando les vemos mucho peor que nosotros mismos, los setecientos cincuenta mil ancianos que siempre están allí y que han visto a tus hijos crecer entre vacuna y vacuna, la pesada de siempre que te cuenta la enfermedad del crío, la pesada de siempre que trata de sacar información sobre la enfermedad del resto, el memo que espera a distancia para que su niño no se contagie, el que llega tarde y suplica su turno perdido, el que llega pronto por si cuela (en un mundo de fieras casi nunca sucede semejante cosa), la abuela con prisas por ser atendida aunque todo lo que tiene que hacer esa tarde es coger un taco de recetas, el chalado que pide una caña de cerveza en el mostrador y cuando le dicen que allí no tienen les pide un vinito muy frío, el organizador de colas, el matrimonio que nos saca de quicio porque se colocan frente a la puerta de la consulta (a unos centímetros) aunque no les corresponde entrar hasta media hora después si les sonríe la fortuna, un rumano que no se entera de nada, un colombiano al que, a pesar de enterarse, le importa todo un bledo y hace lo que le parece, el español que se queja de la cantidad de rumanos y de colombianos que hay por todos los hospitales, el niño que se rasca la cabeza y hace que se lleve las manos al pelo (con mucho disimulo) la consulta entera, a excepción de los ancianos que están de vuelta de todo y el rumano que sigue sin enterarse de nada. La masa formando un conjunto armónico gracias a la pregunta que todos realizan sin descanso al que tienen pegado: ¿A qué horas estabas citado tú? Una forma como otra cualquiera de rebajar la angustia que genera la espera y saber que corres peligro de enfermar gravemente.
El principio del otoño. Las primeras enfermedades respiratorias. Volver a esa consulta que es como nuestra propia casa. El mundo vuelve a ser lo que era antes de creer que la vida es bella, mientras estábamos en la playa, antes de ser buscados en cuatro galaxias. Nosotros y nuestras tarjetas de crédito.
Todo en la vida es reflejo de otro pedazo de mundo y el otoño también. A las consultas médicas llegamos con gripe, con un catarrito de nada o con cistitis. Corremos el peligro de salir con un principio de tuberculosis a cuestas, la cabeza llena de piojos o con nuestra cistitis multiplicada por mil después de entrar en el lavabo. Eso es lo mismo que ocurre cuando cruzamos la puerta de unos grandes almacenes. La idea era comprar un paquete de chicles y salimos con suavizante, galletas rellenas de chocolate, cuarto y mitad de gambas para sorprender en casa, una lata de paté, una caja de cereales para los desayunos que nunca terminamos porque nos parecen repugnantes, algunos congelados que siempre sacan de apuros y un paquete de pilas alcalinas. Siempre hay un reflejo.
No puedo evitar pensar ahora, en este momento, que el otoño tiene muy mal apaño en poesía. Muy malo. Cuando se piensa en las palabras con las que contamos para rimar la dichosa estación, suelen venirnos a la cabeza palabras que suelen ser feas o que tienen que ver con las cistitis. Y nos encontramos, de nuevo, en la consulta del ambulatorio. Fealdad, cistitis, mal apaño. Todo lleva al mismo sitio. Qué gran espiral es la vida. Hay que ver.
Desde la ventana de casa veo que las aceras comienzan a cubrirse de hojas amarillentas. Y si espero un rato veo como llega el ejército de ancianos con sus recetas en la mano, un grupo de emigrantes, cientos de madres que vienen de buscar al niño y que van corriendo al médico, hojas, gente, papeles. Igual, igual que en la consulta o en la sala de urgencias del hospital.
El otoño asoma entre las dudas de una brisa traicionera que nos hace pensar en lo prosaico cada mañana. Y cada tarde. En todo momento. Qué tristeza saber que todo, al final, termina en eso, en unos piojos, unas recetas o una cistitis. Y es que en esta época del año ser feliz es casi imposible. Ojalá llegue pronto el verano para que nos podamos inventar un mundo mucho más estúpido y divertido. Puestos a ser prosaicos que sea con rotundidad y eso.