jul 22 2010

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Lo que busco esta más allá de.
Anclada por el esto no, proteges creyendo en tesoros que no te pertenecen.
Miras sin entornar los ojos. Deseas lo que no alcanzas. Ni siquiera sabes si existe.
Un pequeño gesto serviría.
Parpadear para ver ayer. Ni un segundo por la vida entera.


ene 17 2010

Diez ideas para un día de lluvia

1.- Llueve y puedo mojarme. Si quiero puedo. Sin querer también. Eso es el destino.
2.- Que algo ocurra gracias al azar es lo mismo que si sucede algo de forma necesaria. El azar es incontrolable. Lo necesario enorme. No podemos ni dar nombre a lo que sucede. Se diferencian en el lenguaje. Como el padre y el hijo.
3.- No soporto lo inútil. Le doy la espalda mientras escribo.
4.- Deseamos ser superhombres para tener razón aunque fallemos. Los que deciden no serlo acaban suicidándose. Y los que lo consiguen en el sanatorio psiquiátrico.
5.- El amor a otra persona se demuestra desde el silencio.
6.- Dios se durmió en su eternidad. No hay nada que hacer.
7.- Quisiéramos ser niños para poder compartir. Solos.
8.- No queremos oír hablar de la muerte porque nos da miedo saber que alguna vez la deseamos. Eso es lo más cercano a la nada que se puede encontrar el hombre.
9.- Miramos el mar en silencio para convertirnos en una gota más. Inmensa.
10.- El agua resbala por el vidrio de la ventana. El mundo se ha parado para que podamos pensar. Eso es yo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 3 2010

¿Quién?

– No sé quién ha podido ser. No puedo creer que tenga alguien a mi lado capaz de hacer algo así.
– Intenta no pensar en ello. Ahora, lo que hay que hacer es buscar una solución, dice el hombre mientras mueve el café con la cucharilla. La taza no está del todo llena, pero derrama algo de líquido sobre la mesa.
– Me ha destrozado la vida. Sólo fue un error. Ahora lo sabe medio mundo y nadie me mirará del mismo modo que antes, dice ella escondiendo la cara entre las manos. Maldito sea, maldito un millón de veces. Tendré que ver como se pudre allí donde esté. Sea quien sea, maldito sea.
El hombre trata de encender un cigarro. El mechero no prende. Lo deja sobre la mesa. Y es en ese momento cuando ella levanta la vista, alarga el brazo, agarra el mechero y enciende el cigarro que aún tiene en la boca el hombre. Ha dejado de llorar. Guardan silencio un par de minutos. Y ella sólo alcanza a preguntarle por qué. El café derramado ya es una mancha.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano