nov 26 2009

La hora en punto

Acabo de colgar el teléfono. Prefiero estar muerto. Esto no hay quien lo resista, me ha dicho. He intentado animarle soltando tópicos. Ten paciencia, ya verás como todo vuelve a ser como antes, tómate un respiro. Cosas así. Es lo que se dice cuando te inquieta no poder hacer nada por el otro, cuando no tienes una sola palabra adecuada. No entiendes nada, amigo. Sencillamente no me encuentro ni me gusto. He dejado de ser yo. El resto me importa un bledo. Si me quiere o no me quiere, si esto o aquello. Todo da igual. Ya no existo. He cambiado tanto que no soy capaz de reconocerme. Y, lo peor de todo, no siento el más mínimo aprecio por lo que soy. Es tanta la mierda que han volcado sobre mí que soy incapaz de quererme. Estoy acabado. No digas eso, joder, le he contestado. No es cierto, eres un tipo cojonudo y lo sabes. Ha colgado sin contestar.
Intento asimilar lo que he escuchado. Fumo. Pienso tan rápido como puedo. Pero lo único que se me ocurre es levantarme, correr hasta el baño para mirarme en el espejo y saber si me reconozco. Acabo de colgar el teléfono para terminar una conversación que, un millón de veces, he tenido sin nadie enfrente, que he dado por acabada cerrando los ojos para intentar dormir. Son las doce en punto. Para todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano