feb 19 2012

Oscuridad

Ya es costumbre en Gimena Ramírez levantarse de madrugada, cargar con sus muñecas preferidas, correr por el pasillo y meterse en la cama con papá y mamá. Entre medias, acomodándose casi al instante. Hace bien mientras pueda seguir abusando de su condición de hermana pequeña entre tanto muchacho (sólo se lo permitimos a ella).
Los niños arreglan sus problemas con naturalidad. Bien llorando hasta que el responsable de lo que sea le soluciona el asunto, bien haciendo lo que les da la gana (saben que si lo hacen con una pizca de gracia nadie les pondrá pegas) o bien pidiendo clemencia a través de la zalamería (los niños lo hacen hasta que cumplen cinco o seis años, las niñas hasta que se hacen ancianitas). Arreglan lo que sea preciso. Con ayuda o sin ella. Sea fácil la cosa o sea imposible. Lo arreglan.
Los adultos no arreglamos casi nada. Lo intentamos, pero no hay forma. Siempre dejamos un último pensamiento que arrastre lo peor de lo que ha pasado para no olvidarlo. Después de firmar la paz o de conseguir algo del otro, justo cuando besamos al enemigo, pensamos en cómo nos encontraremos por un camino imposible de transitar. Los niños no llevan rencor en sus mochilas. A los adultos nos rebosan las nuestras.
Ya no tenemos la cama de papá y mamá preparada para que, en el momento de apuro que siempre genera la oscuridad, podamos acomodarnos entre ellos sabiendo que allí estamos seguros. El paso del tiempo hace que esa oscuridad se instale en los costados obligando a que caminemos por una senda trazada por otros, llena de hojas secas que nadie se paró jamás a recoger y que están allí desde que el mundo es mundo. Un paso en falso y estás perdido, sabiendo que el que perdone u ofrezca se llevará consigo una factura por pagar. La oscuridad del niño es esa donde no se ve. La nuestra, la de los adultos, es la que no se ve. Pero está.


ago 7 2011

¿Con qué estamos indignados?

Vivimos el peor momento de la historia de la humanidad. El más oscuro, el que peor solución tendrá; el tiempo en que la condición humana se ha ido asentando (con gran velocidad) sobre un materialismo absurdo, sobre una hipocresía descomunal. Pero sobre todo, vivimos el peor momento de la humanidad porque cada ser humano parece vivir de espaldas a sí mismo.
¿Estamos indignados? ¿Lo estamos? ¿Con qué? Miro con asombro algunas cosas que están pasando. ¿Cómo podemos salir a la calle gritando que esto es una mierda y, al mismo tiempo, consentir lo que sucede en Somalia? ¿No estaremos indignados en nuestra pequeña parcela? Hacemos un poco más grande nuestro mundo (eso creemos) al juntarnos con otros para que se nos escuche mejor. Pero defendemos lo nuestro, lo personal. Las injusticias, el hambre, la pobreza que arrasa a media población mundial no parece que vaya con nosotros. Que no venga el Papa, que envíe el dinero que va a gastar a Somalia. Muy bien. Pero, cuando llegue el dinero allí alguien se lo quedará. El problema es otro. ¿Por qué no enviamos lo nuestro si tanto nos preocupa la muerte de niños por hambre en África? Cargamos contra sectores (seguramente con toda la razón del mundo) para quedar al margen. Eso sí, gritando lo solidarios y estupendos que podemos llegar a ser. Yo no puedo enviar nada porque nada tengo, podrán decir muchos. Vayamos, entonces, a crear estructuras, a educar a esos niños, a preparar a las mujeres para que sean autónomas. Vayamos ya que no tenemos nada que mandar. Pero, me temo, que eso tampoco es una opción. Porque pensamos en lo nuestro, en lo más particular. Vivimos el peor momento de la historia de la humanidad porque nos hemos convertido en parte de un todo delirante, lejano a lo que tenga que ver con el pensamiento y lo espiritual, si no tocamos algo no creemos en ello, hemos matado a los dioses para ocupar su puesto y un ser humano endiosado en lo peor que le puede pasar a la humanidad. Jugamos a estar muy indignados cuando lo que buscamos es vivir como los ricos (lamento mucho decir esto, pero lo pienso desde hace unos días). Y digo esto porque nadie quiere vivir como los más pobres. No hay más que mirar el número de personas que dejan todo para viajar a las zonas más deprimidas y dejarse allí la vida trabajando para los demás.
Ya no valen los gestos ni la palabrería. Ya no sirve eso de gritar palabras gruesas mirando hacia un lugar cercano. El mundo se está viniendo abajo y no podemos jugar a ser guays. O lo somos o esto se va a convertir en un lugar peor de lo que es. Aunque ya podamos pagar nuestras hipotecas con cierta facilidad. Porque eso parece ser lo que importa.


jul 8 2011

Fisonomía de un blog

Este es un blog que lee muy poca gente. Este es un blog que no comenta casi nadie. Pero es mi blog, tiene el aspecto que me parece adecuado, escribo en él lo que creo que tengo que escribir y disfruto haciéndolo.
No visito blogs ajenos dejando mensajes absurdos que obliguen al autor a que realice una visita al mío y deje un mensaje más absurdo todavía. Leo y sólo si tengo algo que decir lo digo. Me parece que cambiar visitas de ese modo es estúpido. Finalmente, te lees tú mismo y los de siempre a cambio de ser leídos. No es este un juego que me resulte atractivo.
Por eso este blog lo lee muy poca gente. Aquí no hay trueque.
Después de muchos años dedicado a la literatura he aprendido un par de cosas (sí, sólo dos y quizás estoy exagerando). Te lee el que lo desea, escribas en La Vida del Revés o en El País. Si eres un coñazo, el medio que elijas es lo de menos. Cambiar de medio o de estrategia es un paso muy delicado. Te pueden prometer el oro y el moro, pero sigues siendo un coñazo al que no lee ni Dios o escribir la mar de bien y que te lean muchos en un medio de difusión modesta. Esa es una. La otra tiene que ver con las raíces. Dar la espalda a lo que te ha dado una oportunidad o a quién te abrió la puerta para comenzar a escribir es mezquino. Y, con el tiempo, ese tipo de gestos terminan pasando factura. La vida es larga. Nunca sabes con quien ni con qué terminarás encontrándote en el camino.
Por eso este (Ese Invento del Demonio y Escrito Para…, también) es mi blog. Tal cual. Lo leen los que quieren, nunca cambia nada y procuraré que siga siendo así durante mucho tiempo. Nada de trueques, nada de mendigar lecturas, ni publicidad. Y me encanta que sea así.