oct 12 2012

Historia universal (1)

Arg se llamaba así porque nadie sabía decir otra cosa. De hecho, todos los hombres de la caverna se llamaban igual. Del mismo modo, todas las mujeres se llamaban Irg.
No crean ustedes que había muchos problemas de entendimiento. Los motes aparecieron casi al mismo tiempo que los primeros nombres. Aunque no se decían. Por ejemplo, Irg la guarra consistía en decir Irg y eructar o lanzar ventosidades a la atmósfera. Irg la guapa era llamada con un movimiento de cadera que iba de atrás hacia delante y se repetía con cierto ritmo. Arg el odioso era llamado con un Arg en el que la pronunciación de la a era casi eterno. Aaaaaarg. Algo así. Se apañaban bien en esa caverna.
Arg el listo era, como su propio nombre indica, un hombre algo menos tonto que el resto. Antes de morir fue capaz de entender que había día y noche. A nosotros esto nos puede parecer muy fácil, pero para él y para el resto de la tribu eso que llamamos anochecer significaba el fin del mundo. Y que se acabe el mundo cada veinticuatro horas es agotador. La pena es que Arg el listo lo descubrió poco después de que Arg el chamán inventara la religión. Y por no desilusionar al flamante sacerdote, mago, curandero y nuevo diseñador de cosas para el astro que se escondía con insistencia, lo dejó estar. Al poco tiempo, se arrepintió de ello porque la religión se puso de moda y consistía en llorar y patalear al atardecer hasta que se elegía al primero que pasaba por allí para sacrificarle y ofrecérselo al sol. Arg el listo se arrepintió porque estuvo un par de veces entre los elegidos para morir entre grandes padecimientos y alaridos. Se libró fingiendo estar muerto.
Arg el listo; que como su propio nombre indica, tenía un coeficiente intelectual casi sobrenatural (entre doce y quince); veía las cosas muy claras. Tanto que decidió inventar las pinturas rupestres. Preparó muchas cosas para mezclarlas y que apareciesen diferentes colores. Cuando tuvo todo preparado congregó al resto de hombres y mujeres. Metió la mano en una pasta pegajosa elaborada a base de tierra, frutos pochos, orín y alguna cosa que dejó caer sin saber qué era (nunca nadie lo supo) y con la mano llena de mierda (vamos a dejarnos de eufemismos) se apoyó en la roca. Los demás miraron, hicieron un gesto de desprecio y se fueron. A pesar de su inteligencia prodigiosa, Arg el listo no entendía nada. Esa misma noche descubrió que el chamán había conseguido lo mismo unos días antes. Por casualidad, pero lo había hecho. Fue al defecar. Se levantó rozando el trasero contra la piedra (para limpiarse y rascarse al mismo tiempo). Al ver la mancha, agarró un palito para despegar aquella guarrería (era zona sagrada) y apareció la figura de un animal. Bueno, algo parecido a un bicho. Lo convirtió en un icono inmediatamente. El que quería verlo debía dejar, como pago, un buen trozo de carne sobre otro pedrusco que hacía las veces de altar. El azar se había adelantado a Arg el listo. Una tragedia.
(Continuará…)


ene 19 2010

¿Por qué leemos? (I)

La vida, la de cada uno de nosotros, no suele corresponder con la que deseamos. No quiero decir con esto que nuestra existencia se convierta en una especie de tortura continua o que una vida sea la lacra que nos tocó en un reparto estúpido para que cargáramos con ella nos gustase o no. No. Lo que digo es que el hombre tiende a buscar mejoras en su existir, lo que él cree que puede ser una tendencia a la perfección lejana e inaccesible. Si cualquiera de nosotros tuviéramos la posibilidad de accionar un mando que modificase el mundo a nuestro gusto lo haríamos sin pensar dos veces. Queremos un mundo que se parezca al nuestro soñado, queremos una existencia en la que seamos importantes, necesitamos ejercer cierto control sobre la realidad que conocemos. Y necesitamos creer en algo. Sea lo que sea. Si la religión falla, el movimiento normal del hombre es buscar alternativas que sirvan de explicación propia. Agarrarse a una religión, a una ideología o a la literatura, tienen, finalmente, un efecto parecido.
La única forma de dominar un mundo como el nuestro es convertirlo en un objeto manejable, en una representación a la que puedan tener acceso las personas sin llevar por delante el poder político o religioso, la única forma de dominar el cosmos es ordenarlo, elegir un pequeño trozo del caos y convertirlo en existencia ordenada.
En cada libro encontramos un mundo a la medida del autor y a la de sus lectores. El tiempo tiene un principio y un final, los personajes tienen una vida que deseamos para nosotros mismos o que detestamos y que ¿la quisiéramos para otros?, espacios que nunca conoceríamos de otra forma. Pero mundos, tiempos, espacios y personajes mentirosos porque nos enseñan lo que no ha sido ni será, lo que deseamos y nunca tendremos en nuestra realidad. Tan sólo lo incorporamos en nuestra experiencia sabiendo que es una gran mentira anhelada.
Necesitamos creer en algo. Y con la literatura nos vemos capaces de hacerlo en nosotros mismos, en los fantasmas propios y en los que compartimos, en los recuerdos de nuestro pasado y los que nos ofrece la ficción. La mentira que es la ficción nos abre sus puertas para que podamos creer que una vida deseada es posible.
La lectura de una novela no puede pasar por el entretenimiento como sustento único de la acción de leer. Si alguien intenta defender esa postura se está engañando y negando su propia insatisfacción con la vida. Abrir un libro significa abrir un mundo que nos puede entusiasmar o hacer estragos en la conciencia, pero un mundo que buscamos como posibilidad de vida, como alternativa a lo que somos.
La literatura siempre fue ese mando que accionado dibuja una realidad parecida a la buscada, o la que odiamos y nos recuerda que el movimiento es hacia el lado opuesto de lo representado, o una parecida a la nuestra en la que ventilamos un ejército de fantasmas y miserias. Al fin y al cabo un mando que accionado nos traslada lejos de lo que somos e inunda de mentiras un día cualquiera convertido en palabras que no significan lo mismo que en la oficina o en casa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 15 2005

Suspenso en religión

Los padres nos ocupamos de la educación de nuestros hijos. Todos. De las leyes que tienen que ver con esa educación, no tanto. Todos también.
Me pregunto cuántos de los que estuvieron en la manifestación del pasado sábado en Madrid han leído el proyecto de ley dichoso. Me temo que casi nadie.
Tengo la sensación, la terrible sensación, de que buena parte de la sociedad (y, por tanto, de los padres y madres) se dejan llevar por lo que escuchan en la radio, leen en la prensa o escuchan y ven en la televisión. Y me refiero a cualquier medio de comunicación, esté más o menos próximo al gobierno o a la oposición que toque.
A mí, como a cualquier padre preocupado por el futuro de sus hijos, me interesa la educación de los niños (sobre todo de los míos, que todo hay que decirlo aunque suene feo). Esto significa que pongo en manos de los que creo mejores profesionales, durante buena parte del día, la formación académica de Gonzalo, Guillermo y Guzmán, y que cuando llego a casa procuro seguir la evolución de los tres. Lo mismo hace mi esposa. Quiero decir que me parece igual de importante la educación recibida en un sitio o en el otro. En realidad, me parece mucho más importante la que se recibe en casa. Y más duradera, más honda. Y, da la casualidad, de que para esta educación no hay leyes que valgan. Al niño que le cae en suerte un padre imbécil, fanático o maltratador, está tan desprotegido como condenado a arrastrar eso toda su vida.
He visto en la televisión una campaña publicitaria que viene a decir que si el niño en casa ve leer a sus padres terminará haciendo lo mismo. Estoy de acuerdo. Si, en casa, papá y mamá miran el fútbol o los culebrones con cara de extraterrestre, todos terminarán del mismo modo. Pues eso.
Vamos a dejarnos de historias. El colegio no se elige sólo por su condición religiosa o laica (muchas veces ese factor es inexistente). Pesa más pensar que el niño está a salvo de drogas, malas compañías y peligros que aterrorizan a padres y madres; que esté cerca de casa (o de la de los abuelos que son los que cuidan a los niños de hoy, y esos si que les hablan de Dios y esas cosas), o que garantice cierto éxito del chaval. El colegio de mis hijos (católico) está lleno de chicos y chicas que no pisan una iglesia ni a la de tres, más que nada porque sus padres tampoco lo hacen, claro. Las comuniones son festivales sociales que poco tienen que ver con la religión. La de mi hijo mayor (salvo para mí y para los más viejos de la familia) también lo fue. La diferencia real con respecto a los niños que van a estudiar a colegios laicos se reduce a que unos saben oraciones de memoria y otros no. Pero eso se olvida. Así que ya está bien de tanta memez.
La manifestación del pasado sábado fue más antigubernamental que otra cosa (lo que no me parece ni mejor ni peor, pero conviene llamar a las cosas por su nombre). Con la excusa de la asignatura de religión, unos se opusieron al gobierno, otros defendieron una financiación que no puede faltar y otros aún no saben qué es lo que hacían allí (todo esto tampoco me parece mejor ni peor). Al unísono restregaron por el hocico las miserias a un gobierno que, como todos, las tiene. Y de paso (esto si que me parece la monda) se hicieron valedores de la libertad y de una democracia que dicen está en peligro (la monda, la monda).
La pena es que casi nadie se paró a pensar sobre si le interesa que puntúen o no una asignatura que, en casa, la tienen suspensa el noventa por ciento de los bautizados.
Yo sí que me he parado a pensar sobre eso. Por esa razón no se me pasó por la cabeza ir a manifestarme.


may 29 2005

Menuda mierda de libro

No hace mucho, mi hijo Gonzalo leyó «El principito». Traducido al español aunque el volumen incluye el texto en francés (algo que es igual a decir «que si quieres arroz catalina» dado que en casa no habla nadie ese idioma, ni parece que haya intención). Se sentó a mi lado, en el sofá del salón, sin muchas ganas de leer ni ese ni ningún otro libro, pero se sentó. Cuando se terminó de acomodar, cuando dejó de quejarse por el aburrimiento que supone tener que aguantar a tanto hermano, pude continuar con la lectura de «La casa verde» de Mario Vargas Llosa. Estuvimos un par de horas sentados sin decir una sola palabra. Fue él quien rompió el silencio al decir «menuda mierda de libro». Al acabar la frase, ya estaba de pie, de espaldas a mí. Aún no sabe que le había estado mirando, que le había visto llorar cuando estaba terminando la lectura. El caso es que fingió un ataque repentino de sueño y se fue a la cama. Algo sospechoso cuando aún eran las ocho de la tarde. Volvió para cenar, su madre le había hecho confesar (todas las madres consiguen esas cosas) que «nadie debería escribir para que los demás lloremos». Desde ese día las lecturas que demanda Gonzalo son diferentes. Por ejemplo, ha sustituido los libros que relatan pesadillas o historias de fantasmas, por las leyendas de Bécquer. Es posible que, sin ser consciente, esté fomando su criterio como lector. Es muy posible. De momento, no me preocupa lo más mínimo. Llorar, reír o poder imaginar que el personaje principal es uno mismo, creo que es suficiente para que un chaval de once años descubra en la literatura lo que la televisión o la consola de videojuegos le niegan por otra parte.
Después de cenar, continué con las últimas páginas de mi novela. Al acabar, miré a mi mujer y le dije «menuda mierda de libro». Ella (pocos lo sabían hasta ahora) sabe que siento cierta debilidad por Vargas Llosa, así que comprendió la broma. No lloré. Eso ya lo hice cuando lo leí por primera vez, en ese tiempo en el que andaba buscándome como escritor sin descanso. Después de «La casa verde» y «Conversación en la catedral» nada fue igual. Por eso, esta noche dejaré mi viejo ejemplar de «El extranjero» sobre la mesilla de noche de Gonzalo. Si quiere leerlo que lo haga. Ya lo hicieron conmigo y fue definitivo.