mar 23 2010

Gente

Siempre he pensado que ando mal de la cabeza. Bipolaridad, fragilidad emocional, inseguridad. En fin, la lista es larga y aburrida. Ahora bien, si observo mi entorno, creo ser uno de los tipos más estables del mundo entero, de la historia universal. Empiezo a preocuparme seriamente. Si soy capaz de considerarme medio normal es que el mundo se está viniendo abajo.
Gente miedosa hasta límites absurdos (todo el mundo teme quedarse sin trabajo, sin posibilidad de ser feliz, sin pareja, sin entradas para ver el partido del siglo, sin conexión a Internet).
Gente necesitada de compañía, de amor, de cariño (las pantallas de ordenador se han convertido en pequeñas agencias matrimoniales; las amistades y amores virtuales están sustituyendo a eso que siempre creímos era la verdadera amistad o el amor auténtico; la soledad se intenta maquillar con otra distinta (la propia sumada a la ajena), una fotografía es suficiente para imaginar un abrazo o un beso).
Gente dispuesta a decir lo primero que le pasa por la cabeza sin miedo a sentirse ridículo, sin miedo a nada porque todo vale. La libertad por la que tantos han sufrido tratando de conseguirla se convierte en el paraíso de los estúpidos que confunden eso, la libertad, con la posibilidad de airear y presumir de su idiotez.
Gente brillante e inteligente condenada a encontrarse y no poder abrir la boca para no ser maltratada por los mediocres que gobiernan países, empresas o grupos de presión. Gente brillante e inteligente que limita su aportación a entornos minúsculos, denostada por la masa. Hoy sirve ser muy idiota. O muy sinvergüenza. Sólo.
Gente que prefiere tener en casa a un perro antes que un niño sin pensar que caben todos, que deben estar todos. Ningún animal puede ponerse por encima de un ser humano. Supongo que es una secuela de esa soledad alimentada por otra de otro. Supongo que esto es la reacción a encontrarse en un islote desamparado y justificarlo como se puede.
Gente desquiciada que enfrenta los problemas desde la histeria, a base de aspavientos, gritos y violencia. Todos somos Rambo. Tan tontos como Rambo.
Los que saben de estas cosas dicen que estamos viviendo el declive de nuestra civilización. Todo apunta a que, realmente, es así. Mirando alrededor con calma la sensación de desorden es absoluta. Mi opinión personal es que el hombre que renuncia a parte de sí mismo (hoy pocos son los que se interesan por lo que no sea material) está condenado a desaparecer. Somos lo que somos. Lo material y lo espiritual. Nos pongamos como nos pongamos. Cuando lo importante para millones de personas es poder gastar una talla de ropa y no otra, cuando nuestro bienestar se asienta en utilizar objetos pagados a precios delirantes, o cuando nuestras vidas se van cerrando sobre sí mismas dependiendo de la técnica, cuando eso es lo importante, la cosa está más que difícil.
Empiezo a preocuparme seriamente. No debería considerarme medio normal. Y me estoy viendo casi obligado. Miedo me da.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 10 2006

Los ojos como platos

Es tarde. A estas alturas del día suelo estar dormido. Levantarse a las seis de la mañana no permite casi nada si el reloj marca más allá de las once. Sin embargo, hoy ha sido un poco especial y soy capaz de mantener los ojos abiertos. Mañana los pintores harán su trabajo en la media casa que dejaron sin arrasar hace quince días. Hay libros amontonados allí donde miro, juguetes encima de sillas que no deberían estar, cuadros decorando el suelo… Y yo despierto, un bulto más, creo.
El día ha dado de sí. Hubo tiempo para hacer cosas. Trabajar hasta las seis de la tarde, descolocar con saña la casa, dormir al más pequeño de los niños, leer un par de páginas de una edición infantil de «El Quijote» al mediano, discutir con el mayor, cenar algo caliente, charlar con mi mujer y, por último, ordenar algunas notas que tenía en la cartera sobre mi próxima novela. He logrado escribir la que podría ser una buena primera página. Además, hablé con un viejo amigo sobre las siete de la tarde (parece que ha pasado un año). Se quejaba por no poder escribir. El trabajo es mucho y el tiempo no da para más, decía. No le he contestado. Me he limitado a escuchar, a decir sí a todo. Pero ahora que tengo los ojos como platos(empiezo a sospechar que a causa del propio cansancio) miro el teléfono móvil y creo que le pondré un mensaje. Le voy a decir que si yo puedo escribir, cualquiera puede hacerlo si es que el problema es la carga de trabajo, que los albañiles levantan paredes, que los estudiantes estudian y que los escritores, curiosamente, escriben; y que si no tienen tiempo para hacerlo, pues lo pintan. Me gustaba mucho más cuando me decía que no tenía una sola idea en la cabeza. Mejor esperaré a mañana para llamarle y decirle todo esto. Se me ha cerrado un ojo.