El tocadiscos es nuevo. Las cortinas son nuevas. Incluso han estrenado un par de zapatos cada uno. Blancos y negros los de él, con cordones. De charol, tacón fino, los de ella. El cierre de piel rodea el tobillo.
El disco no da para más. Pero continúan. Suena el teléfono. No contestan. Cada uno a lo suyo. Fuman.
- ¿Por qué bailamos?
- Supongo que somos felices. Quizás intuimos que será la última vez. No sé.
- ¿Qué será la última vez? ¿Bailar? ¿Ser felices?
Él se detiene. Mira a la mujer y camina hasta la esquina en la que baila. Ella también se detiene. Le mira sin saber qué hacer.
- Lo de ser tan buenos amigos. Llevamos años jugando a serlo. ¿No te parece que ya está bien?
Ella se acerca a la estantería. Elige un disco, lo saca de su funda y sustituye el que han escuchado. Se agacha para desabrochar el cierre de piel que rodea el tobillo. Él hace lo mismo con sus cordones. Descalzos.
- Te advierto que soy terriblemente ordenada, maniática; los domingos soy incapaz de madrugar y agradezco mucho que me sirvan el desayuno en la cama…
Intenta decir algo más, pero el le pone un dedo en los labios.
- Siempre quise tener un tocadiscos nuevo. No hay más.
Vivo entre excusas. Todos a los que miro llevan añadido una enorme, maravillosa e infalible razón por la que su existir roza la perfección, les convierte en inocentes y, es más, les permite convertir cualquier problema en cosa de otros, culpa de otros. Da igual lo que haya sucedido. “Es que tú”, “esto no hubiera pasado si tú”, cosas así suelo escuchar cada día. Es curioso que tanto tú aparezca cuanto más se piense en el yo. Reprochar parece la mejor forma de evitar cualquier conflicto interno y el yo crece sin que nada ni nadie pueda pararlo. Gran error eso de pensar que si destruyo al otro yo me libro de la quema.
Seguramente me pase a mí lo mismo. Pero, al menos, me paro a pensar sobre ello, intento analizar las causas de una actitud tan lesiva, tan destructiva. Al menos sé que lo puedo estar haciendo o lo puedo llegar a hacer. Al menos procuro dejar la soberbia a un lado para reflexionar un momento aunque luego no sirva de gran cosa.
Cargarse de razón (si es que existe eso) es lo más lamentable que le puede suceder a nadie. Puedes llegar a dejar de querer a otros, creer que eres una especie única en el universo a la que los demás deberían alabar constantemente, convertir a los otros en un grupo de seres a los que no tienes más remedio que aguantar de forma piadosa. Es nauseabundo.
Yo parezco estar en esas a menudo. Sin embargo, sé que no, que puedo mantener posturas más o menos rígidas hasta cierto límite para luego ceder parte de lo que creía intocable, que necesito de los que me rodean para poder salir adelante. Cargarse de razón no es lo mismo que parecer estar hasta los topes de ella. Además, desconfío mucho más de los que no se dejan ver, de los que parecen amables cuando, en realidad, son marmolillos con su verdad a cuestas. Así que me considero hasta inofensivo al lado de algunos que tengo cerca.
Detesto las excusas porque son la máscara del reproche. Y detesto el reproche porque creo que es lo que puede llevar a la infelicidad por el camino más corto. Es, sin duda, lo más insoportable que se puede encontrar el ser humano por el camino.
Hoy he vuelto a sacar la coraza del armario. Llevaba algún tiempo guardada. Está visto que, por muchas esperanzas que pongas en esto o aquello, lo que hay es muy difícil de modificar. La llevo puesta, bien montada, si fisuras. Y miro el camino que espera. Respiro fuerte, comienzo a caminar y puedo ver desde donde estoy como me voy haciendo pequeño a medida que avanzo por el sendero.
He estado revisando algunos textos viejos de este blog. Ya son cinco años menos dos días de trabajo. Por si alguien quiere echar un vistazo a estas cosas que ya tienen edad, dejo los enlaces a continuación.
El hombre teme su propia ignorancia. Desconoce y siente miedo. Siempre ha ocurrido.
Debe ser por eso por lo que cualquier asunto que percibo fuera de mi control me inquieta. Me gusta afrontar cada problema sabiendo que existe una mínima posibilidad de éxito. Otra cosa distinta me parecería una locura. Incluso lo que es evidente lo reviso para comprobar que, efectivamente, lo es. Algo así como sonarme los mocos y mirar el pañuelo para quedarme tranquilo. Sé que veré algo repugnante aunque lo sigo haciendo una y otra vez. Intuyo que, un buen día, seré sorprendido por mis propios mocos. Tal vez aparezcan mezclados con un par de gotas de sangre. Ya veremos. Pasa lo mismo con las enfermedades. El que se muere quiere saber porqué. Si no hay diagnóstico claro el sufrimiento es mayor. Por el contrario, si te dicen que te mueres de cáncer ya lo puedes hacer tranquilo. Morirte, digo. Todos queremos saber de qué color son nuestros mocos.
Esto está muy bien, pero el problema es que sé que las certezas son esas cosas de las que siempre hay que dudar. Sí, es contradictorio, lo sé, pero es así. Al menos, eso creo. Suele ocurrirme que confundo las certezas con las convicciones personales. Como todo el mundo, por cierto. Convicciones personales que nos llevan a la ruina cada dos por tres. Por tanto, aun sabiendo hay que seguir temiendo a la propia ignorancia. Sentir miedo. Quizás más.
El ser humano desconoce y siente temor e inventa algo para hacerlo más llevadero. Algunos de esos inventos (convertidos en falsas certezas) son excepcionales. Dios existe, el hombre es bueno por naturaleza, los padres siempre quieren a sus hijos, puedo dejar de beber cuando quiera, después de la vida no hay nada, después de la vida hay todo, el amor es maravilloso. Pero a mí la que más me gusta de todas es esa tan universal que dice “lo único cierto es que nacemos para morir”. Frase tramposa hasta límites desconocidos porque también es cierto que nacemos para saber que lo cierto es que moriremos. Y tirando de ahí podemos llegar hasta Dios, por ejemplo. Saber, conocer, es la ruta necesaria para ser conscientes de lo poco que, realmente, sabemos. Terror. Miedo. Irremediable.
Construimos enormes mentiras desde el lenguaje intentando llegar a una verdad inexistente. Al menos oculta. Porque, ni siquiera, nuestros mocos son fiables. Nunca lo fueron. Nada lo es.
Esperamos un giro descomunal en nuestras vidas. Cada día. Nuestros deseos viajan de aquí para allá, muchas veces sin ton ni son, hasta lugares donde nunca serán escuchados. Lejanía. Esperamos que aparezca alguien capaz de modificar nuestro entorno y, sobre todo, nuestro territorio más íntimo; alguien que diga o haga algo suficiente como para que reposen en ello nuestros miedos, nuestras inquietudes, esos deseos que sin cumplirse nos permiten imaginar. La vida se consume así.
¿Es necesario que existan los príncipes azules para que una mujer se enamore y sea feliz? ¿Nos falta un pilar fundamental si descubrimos nuestras imperfecciones u otras distintas en un amigo? ¿Es capaz de vivir un ser humano teniendo comida, gente alrededor que le aprecie y un techo bajo el que pasar las noches?
Cada mañana, sin excepción, nuestra vida da un giro grandioso. Lo veamos o no. Porque podemos abrir los ojos; porque, a pesar de todo, unos escriben y otros leen; porque (todo hay que decirlo) seguimos pudendo odiar y criticar más y mejor (amar también, pero menos). Cada mañana, sin excepción, nos reconocemos en una vuelta a empezar. En un nuevo giro grandioso y descomunal.
Escucho el llanto de un bebé. Los nuevos vecinos ya son padres. Es su primer hijo. Alguien les ha debido decir que si cogen al niño se acostumbrará. Y el llanto del bebé es interminable. Si mañana el padre o la madre deciden que deje de llorar acostumbrando al niño y a ellos mismos a eso (es lo suyo digan lo que digan las revistas), si le cogen de la cuna para mecerle, el gran cambio se producirá. Así de sencillo. Lo demás (grandes riquezas, el hombre o la mujer de tu vida y esas cosas) son piruetas. Y para hacerlas es necesario salir de ellas y caer de pie. ¿Quién es capaz de hacer un doble mortal carpado con tirabuzón y movimientos compulsivos de cadera cayendo de pie una vez realizado? Pues mejor dedicarse a mecer bebés, a trabajar disfrutando lo que se pueda, reír con los amigos, degustar con pasión unas lentejas con chorizo o fumar un cigarro mirando el atardecer. Mejor.
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