jul 20 2010

Bajo el cielo de Madrid

El azul del cielo de Madrid se torna gris a medida que la vista se alarga buscando su final. Calor asfixiante.

Las ciudades en verano modifican su aspecto. Los colores en movimiento son otros. Quizás más alegres. Mucho más extraños. Los fijos, los de siempre, se apagan con tanta luz. Pierden el brillo de la sombra, de la humedad. La extrañeza de la quietud.

Un anciano busca la sombra para sentarse. La gorra de trapo gris calada. Las arrugas en su sitio, en el que las puso el sol hace años. Ya muchos. Lía un cigarro. Despacio, con cuidado. Parece no querer desperdiciar una sola hebra. Me siento a su lado. Saco el paquete de tabaco. Le ofrezco.

- Deje ese para más tarde.

Me mira. Sin decir nada agarra el pitillo y se lo lleva a la boca.

- ¿Nos conocemos, joven? pregunta mirando al frente.

- En absoluto. Pero compartimos cuarenta grados. Eso nos hace iguales.

- Bah. Jovencito, lo que hace iguales a las personas es la pobreza.

Le confieso que escucho historias siempre que puedo porque alguna me puede servir para escribir. Me mira sonriendo.

- Cuenta la tuya, muchacho. Yo he vivido tanto que perdí los recuerdos hace mucho tiempo. La quise perder. Eso fue lo que pasó.

Comienza a contar. Su casa de siempre a la espalda de donde estamos, en lugar de automóviles carros, los niños jugando en la calle. La guerra, el hambre, la boda, la muerte de ella. Pero todo eso se perdió, lo extravió cuando agarró un puñado de tierra y lo arrojó sobre el ataúd. Ahora, la pensión que no llega, el tabaco de liar porque no hay para más.

- No perdió nada. Lo quiso olvidar y no ha sido capaz ¿verdad?

- Nada sirvió. Es como no tenerlo.

Me levanto. Antes de irme le doy mi tabaco. No duda en guardarlo en el bolsillo de la camisa. Despedida.

- Se llamaba Eloisa, dice apretándome la mano.

Sabe que la escritura es el departamento de objetos perdidos.

© De la imagen: Paco Segovia


mar 31 2010

Giros descomunales

Esperamos un giro descomunal en nuestras vidas. Cada día. Nuestros deseos viajan de aquí para allá, muchas veces sin ton ni son, hasta lugares donde nunca serán escuchados. Lejanía. Esperamos que aparezca alguien capaz de modificar nuestro entorno y, sobre todo, nuestro territorio más íntimo; alguien que diga o haga algo suficiente como para que reposen en ello nuestros miedos, nuestras inquietudes, esos deseos que sin cumplirse nos permiten imaginar. La vida se consume así.
¿Es necesario que existan los príncipes azules para que una mujer se enamore y sea feliz? ¿Nos falta un pilar fundamental si descubrimos nuestras imperfecciones u otras distintas en un amigo? ¿Es capaz de vivir un ser humano teniendo comida, gente alrededor que le aprecie y un techo bajo el que pasar las noches?
Cada mañana, sin excepción, nuestra vida da un giro grandioso. Lo veamos o no. Porque podemos abrir los ojos; porque, a pesar de todo, unos escriben y otros leen; porque (todo hay que decirlo) seguimos pudendo odiar y criticar más y mejor (amar también, pero menos). Cada mañana, sin excepción, nos reconocemos en una vuelta a empezar. En un nuevo giro grandioso y descomunal.
Escucho el llanto de un bebé. Los nuevos vecinos ya son padres. Es su primer hijo. Alguien les ha debido decir que si cogen al niño se acostumbrará. Y el llanto del bebé es interminable. Si mañana el padre o la madre deciden que deje de llorar acostumbrando al niño y a ellos mismos a eso (es lo suyo digan lo que digan las revistas), si le cogen de la cuna para mecerle, el gran cambio se producirá. Así de sencillo. Lo demás (grandes riquezas, el hombre o la mujer de tu vida y esas cosas) son piruetas. Y para hacerlas es necesario salir de ellas y caer de pie. ¿Quién es capaz de hacer un doble mortal carpado con tirabuzón y movimientos compulsivos de cadera cayendo de pie una vez realizado? Pues mejor dedicarse a mecer bebés, a trabajar disfrutando lo que se pueda, reír con los amigos, degustar con pasión unas lentejas con chorizo o fumar un cigarro mirando el atardecer. Mejor.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 9 2009

En blanco y negro

1. A estas horas visto camisa a cuadros, tejanos y deportivas blancas. Las gafas puestas porque no puede ser ya de otra forma. Reviso un viejo álbum de fotos. Casi todas ellas en blanco y negro. Mi padre que sonríe mientras juega con uno de mis hermanos, toda la familia al pie de una catedral, mi hermano pequeño y yo mismo durante la Expo de Sevilla posando junto a tipo de algún país extraño. Perros que murieron, personas que murieron, casas que ya no existen, el viejo Seat, la primera televisión que llegó a la casa.
Un poco de ceniza cae desde el cigarro hasta el pantalón. Sacudo la tela con la mano aunque no distingo bien si acierto o no a retirarla. Fijo la mirada en la camisa. Parece que los colores se han apagado. Son casi grises. Debe ser la presbicia, pienso.

2. Coloco mis cosas. Las plumas en su sitio, el papel blanco en su sitio, el sacapuntas en su sitio, el cenicero en su sitio, la silla en su sitio. Todo en su sitio. Miro la estampa y me gusta. Busco un lugar desde donde contemplar ese orden, pero me veo obligado a irme. No lo encuentro.

3. Hace días que un presentimiento me atenaza desde la espalda. Sé que está aunque no sabría definirlo. Los escritores vivimos de eso, de presentir, de no saber qué, de intentar explicarnos esas cosas con una estilográfica en la mano. Intuir desde el lenguaje. Eso es escribir.

4. Cuando las ideas para seguir escribiendo escasean lo más prudente es sentarse a esperar. Tarde o temprano alguien vendrá a contarte lo que para él es insignificante y a un escritor le puede suponer poder construir una novela. Para escribir es importante estar dispuesto a escuchar miles de idioteces a cambio de una frase.

5. Mi camisa es blanca y negra. A cuadros. Me quito las gafas despacio. Ya no sirven. Debo ir a graduarme la vista de nuevo. Esta vez lo haré a solas, frente a un espejo, un álbum de fotografías a un lado, mi cuaderno de notas al otro. Y todos los recuerdos que pueda cargar para combinarlos hasta que la tela luzca como debe. Los cuadros de siempre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


sep 30 2006

Escucharse

Llevo todo el día intentando que alguien me escuche. Es desesperante. Pon eso en su sitio, no grites más, ¿te importaría dejar de hacer el capullo?, lávate las manos, y bla, bla, bla. Así durante horas y nadie parece oír nada de lo que digo.
Una de las torturas que tiene que sufrir un padre de familia es escucharse a sí mismo durante horas diciendo cosas que, en realidad, le importan un bledo; repetir hasta el aburrimiento lo mismo. Lo peor es saber que lo dicho no sirve de nada. Casi nada estará donde uno quiere, los niños gritarán enfadados o jugando a ser un superhéroe, seguirán haciendo el capullo a tu alrededor (eso niños y adultos), se limpiarán las manos donde les venga en gana, y bla, bla, bla.
Por eso, para sobrevivir sin perder la razón, es necesario fabricar refugios. La lectura o la escritura cuando los pequeños duermen; un grado de abstracción descomunal si estás con adultos que insisten en hablar de hipotecas, de la mili o de lo mona que iba la marquesa del porompompero a la boda del príncipe Oswaldo (mientras que los niños gritan a tu alrededor, los tuyos y los suyos, claro); y una paciencia infinita que inventas cada cinco minutos y se acaba cada seis.
Si algo me parece aburrido es escucharme decir la misma cosa un millón y medio de veces. Es insoportable y me saca de mis casillas. A veces pienso que es una de la razones por la que escribo. Al fin y al cabo, cuando uno de tus personajes hace o dice algo, lo que está pasando es que le colocas en una situación que sí te interesa por la razón que sea. Es un momento en el que todo se reduce. Te encuentras a solas con un ser de ficción que va a cometer una fechoría o un acto heroico después de que le digas lo que piensas sobre el asunto. Es verdad que el resultado no tiene porqué coincidir con lo que tenías en mente justo antes de escribirlo. Los personajes son muy suyos y hay que dejar que tomen sus propias decisiones. Pero también es verdad que, aunque no hagan caso, sólo se lo dices una vez. No te obligan a repetir lo mismo que dijiste un minuto antes. Ni te contestan diciendo que las hipotecas han vuelto a subir. Es la ventaja de leer o de escribir. Si encuentras algo en un sitio que no te gusta, si los personajes gritan de forma absurda, si son unos capullos o te aburren, un solo gesto es suficiente para acabar con el problema. Cierras el libro o tachas una frase o dejas la estilográfica sobre la mesa. Aunque te arriesgas a salir del despacho y encontrar los calcetines del mayor en el pasillo o a Guzmán gritando porque le acaban de afanar un juguete.
La oscuridad se multiplica por el cansancio. Hoy, ni lectura ni escritura. Me voy a preparar un té, voy a tumbarme en el sofá del salón para escuchar algo de música y trataré de disfrutar con el silencio. Sin escucharme.


sep 28 2006

De noche en tu mirada

Se miró en el espejo para ver la noche, para comprobar que seguía viva. Comenzó a extender los polvos en ambos carrillos, despacio, con movimientos suaves, extraños por tanto tiempo pasado, olvidados con la rutina, gestos repetidos de forma mecánica cada mañana, pero que ahora tomaban un sentido aún desconocido aunque previsible. Luego el carmín, la raya azul en los ojos, un par de gotas de perfume que dejó resbalar por el cuello hasta que desaparecieron entre la tela del pijama convirtiéndose en pequeñas manchas que oscurecían el color de la tela. Era muy tarde. Recorrió el pasillo oscuro, entre un silencio respetuoso con el instante, dando pasos cortos sin querer tocar, apenas, el piso. Entornó los ojos junto a la ventana abierta, esbozando la imagen difuminada de un hombre, inventada una y otra vez. Miró la calle vacía buscando alivio para calmar el amargo de la boca. Algunos papeles se amontonaban en un rincón girando al compás del aire, elevándose unos centímetros para caer de nuevo y vuelta a empezar. Tan sólo uno de color blanco volaba un poco más alto que el resto, dando vueltas rápidas, como si quisiera apartarse del remolino para caer en cualquier otro lugar. Un golpe de viento hizo que todos se pegaran a las paredes que formaban el ángulo, todos excepto el blanco, que se elevó para desaparecer tras los tejados. Fue hasta la alcoba, se tumbó en el extremo de la cama sin arroparse para evitar el ruido de la sábana al rozar, cuidando el gesto para no caer, dándole la espalda. Se habrá hecho de noche en tus miradas. Maldito verso, maldito. Cerró los ojos con fuerza cuando sintió que una lágrima manchaba la almohada. Al abrirlos era la hora de levantarse.
- Llegaré tarde. No me esperes para cenar, le dijo mientras ajustaba el nudo de la corbata.
- ¿Otra cena importantísima?No contestó. Metió unos papeles en la cartera y salió sin despedirse.
Una pequeña maleta y lo puesto. Pensó que sería suficiente. Se miró en el espejo por última vez y vio que desde lo más negro una mujer caminaba hacia ella. Despacio, dijo, ven despacio. Tenemos tiempo.