ene 30 2012

Amar

Siendo joven cayó en mis manos un libro de Ortega. Llegó en buen momento. Andaba yo enamorado hasta la médula de una muchacha morena y ojos negros. Recuerdo unas páginas en las que hablaba de una primera escena de amor entre el hombre y la mujer. Venía a decir que los hombres primitivos cazaban, no paraban de buscar comida, llegaban a la caverna para alimentarse, cubrían a la hembra y volvían a salir junto con el resto de machos para poder seguir sobreviviendo (ahora que es tan frecuente la separación, me hace gracia pensar que lo único que está pasando es que volvemos a nuestros orígenes. Los matrimonios de nuestros abuelos cavernícolas duraban diez minutos. Más o menos lo mismo que muchos de los de hoy en día. No sé a qué viene tanto escándalo) . Una noche uno de esos hombres, después de devorar la pata de alguna fiera, cubrió a la hembra y antes de irse la miró. Ella, seguramente, esperaba esa mirada. En vez de marchar, se quedó. ¿Cómo explicaría ese hombre lo que le estaba pasando? Cuando llegó la mañana siguiente al lugar de reunión de los cazadores ¿qué dijo? Pues seguramente nada. Ni pudo, ni quiso. Tal vez danzó alrededor de una hoguera para explicarse y explicarlo. Y esto mismo es lo que nos sucede hoy a todos. Y es lo que me sucedió a mí siendo joven y estando enamorado de la muchacha morena de ojos negros. Es tan grande el sentimiento que no entra en el cuenco de la palabra. Nos vemos obligados a usar tópicos (“te quiero tanto que daría la vida por ti”, frases tan gastadas por el uso que ya no significan nada), a recurrir a la poesía de otros (de los que tomaron distancia con respecto al problema) o a quedar callados disfrutando de una sensación que es, simplemente, inexplicable.
Sin embargo, hoy quiero arriesgar, intentar descubrir una expresión que se ajuste a lo que quiero decir, aún sabiendo que soy incapaz.
Amar es descabezar un sueño mientras lees porque el pensamiento te ha podido, es embarcar en un velero pidiendo calma al dios del viento. Amar obliga a cerrar los ojos e imaginar lo que pesa junto al diafragma como entraña. Y acurrucarse estando solo para disfrutarlo, sabiendo que los tatuajes terminan desapareciendo. Dejar las cosas sin decir, acariciar el fantasma del otro por su perfección. Y acercarse para mirar con angustia sabiendo que todo es efímero.
Y es que yo amo y no sé cómo decirlo. Me aturde.


abr 30 2010

De la condición humana (3)

s

De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.

– ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?

– El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.

Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.

– Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.

Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.

– No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.

– No poder recuperar lo perdido es insoportable.

– Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.

– Si pudiera volvería atrás.

– Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?

Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano