jun 1 2010

Lo que nos hemos dejado atrás

Que una imagen vale más que mil palabras es una afirmación bastante dudosa. Y convertida en verdad absoluta puede llevar a decir alguna que otra idiotez a aquel que la cree sin preguntarse más allá de las propias palabras. Una imagen vale más que mil palabras. Una palabra puede ser tan importante como un millón de imágenes. Eso es seguro.
Hoy, parece que si no vemos las cosas no somos capaces de creer en ellas. Si no las podemos ver no somos capaces de imaginar cómo podríamos tocarlas u olerlas. Cómo escucharíamos su roce contra nuestra piel o cómo recibiríamos su aroma una mañana cualquiera. No podemos ver y no sabemos creer. Es el materialismo estúpido que rebosa en cada televisor, en cada poste publicitario o en cada conversación de cafetería. No vemos y no pensamos sobre ello ni decimos una palabra.
Creo yo que nos estamos dejando atrás la mitad de lo que somos. No se trata ya de creer en Dios o de crear un mundo fantástico para sobrevivir. No me refiero a eso. El problema es renunciar a uno mismo. ¿Dónde quedaron las ideologías? ¿Dónde abandonamos las ideas para cambiarlas por un piso convertido en el tótem que todo lo puede? ¿Por qué nos parece alguien un cursi engreído en cuanto abre la boca para decir algo mínimamente inteligente? ¿Somos tan tontos como parecemos? ¿Los chicos y chicas quieren ser médicos o preferirían aparecer en un plató de televisión diciendo cosas propias de anormal para ganar dinero fácil? ¿Dónde enterramos la capacidad para creer en lo que no vemos? ¿Hemos limitado nuestra existencia a lo que nos ocurre entre estas cuatro paredes que es el mundo? ¿Por qué queremos ser tan enanos, tan insignificantes?
Hemos cambiado cualquier imagen por todas las palabras de mundo, por lo que somos, por nuestra forma de pensar. Hemos cambiado el ser por el tener. Por el parecer.
Ya sé que no estoy descubriendo nada nuevo. No es nada original lo que digo. Pero hoy he sentido la necesidad de decir algo así. Pienso en el asalto del ejército israelí al barco que viajaba cargado de ayuda humanitaria. Unos tipos disfrazados de héroes abordan un barco, se lían a tiros y el mundo entero se pone patas arriba. Lo hemos visto en la televisión, es real. Pero es que hace dos días, esos barcos corrían peligro del mismo modo, el pueblo palestino pasaba las de Caín, el ejército de Israel repartía estopa aquí y allí. Y no pasaba nada para el noventa y nueve por ciento de la población mundial. Nadie se paraba a pensar en qué sucede, en cómo rectificar, en cómo solucionar un problema que nos explotará en la cara. Nadie piensa si no ve. Nadie quiere luchar por nada que no sea su cuenta bancaria. Nadie tiene una ideología que se alimente de sí misma y de lo que vaya llegando nuevo para enriquecerla. Esto es una mierda llena de imágenes de televisión, imágenes que si no son violentas no venden ni un céntimo. Y miramos para ponernos tan violentos como los protagonistas. No miramos para pensar. Que va. Eso está lejos y no nos afecta en gran medida. Soltamos espuma por la boca diciendo esto o aquello, los más atrevidos lanzan cuatro piedras sobre la policía, y ya está. Una mierda. Se lo digo yo. Hasta que no pensemos y digamos, hasta que no recuperemos nuestra zona más espiritual o intelectual o como quieran llamar a eso, el mundo seguirá siendo una cloaca. Una verdadera pocilga.


nov 29 2009

El último amigo

– Hazlo. No te juegas gran cosa.
– Supongo que estás bromeando. Es la persona que más quiero en este mundo.
– No es tan importante como crees. Hazlo. No lo pienses más.
– ¿Por qué tirar todo por la borda a la primera oportunidad?
– Pues porque te lo planteas. Así de sencillo. Estás jugando a ser la mejor persona del mundo sin entender que eres como los demás. La duda representa el cambio. Te guste o no ya nada será lo mismo.
– Yo sé lo que pienso, lo que quiero y lo que deseo hacer. Eres un filósofo barato que cree entender la vida desde el amargor de la soledad y, sin embargo, tan solo cubres de mierda lo que tocas. Te detesto.
– Si no lo haces, sobre eso construirás el templo de un reproche. Estás preparando una muerte sin fin. La tuya y la de otros.
– Creía que eras mi amigo. Adiós. Espero que no tengamos que vernos nunca más.
Baja las escaleras agarrada al pasamanos. Busca dentro del bolso su teléfono móvil. Comienza a pulsar las teclas. Se detiene para comprobar que lo que escribe es lo que quiere decir. Necesita hablar con él. Explicarle con detalle lo que está sucediendo, que él haga lo mismo. Envía el mensaje y, mientras espera la contestación, no puede evitar pensar en la ropa que se pondrá ese día. Quizás compre algo. Aunque sea barato.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 4 2005

Mirar a los lados

En alguna parte del mundo se encuentra lo que buscamos. Detrás de una piedra que nunca quisimos mover, en el tren que perdimos, en la oficina que vemos desde nuestra ventana, quizás a metro y medio de nosotros. En nosotros mismos, por qué no. Pero no miramos.
Los escritores sabemos esto. Al menos lo intuimos desde el momento en que tomamos lápiz y papel con la intención de serlo. La pena es que olvidamos antes de tiempo que andamos buscando esas cosas que siempre se nos escapan. Mirar de frente (sólo) o mirar hacia atrás (sólo) es un error que se paga caro. Se trata de no perder la condición del niño que tarda en recorrer unos metros lo mismo que un adulto un millón de kilómetros, o de años. Los críos paran para observar de cerca todo aquello con lo se encuentran, se agachan para agarrar cualquier cosa que se pone a su alcance, y miran a derecha y a izquierda, levantan la mirada, la vuelven a fijar en el charco que pisan, disfrutan ensuciando la ropa aún sabiendo que alguien les reñirá. Los escritores también, creo yo. Los que terminan mirando en una sola dirección dejan de serlo. No querer saber qué demonios hacemos aquí es quedar vacío.
Algunos lo olvidan cegados por lo brillante de aparecer en las fiestas de postín literario, otros cuando resuelven su futuro, los más cuando comprueban que el suyo se hace imposible y deciden escribir cualquier cosa a cambio de poder sobrevivir. Pocos, sin embargo, saben que eso no puede ser, que el compromiso de un escritor con el mundo es cosa seria. El que quiere escribir para evadirse no será nunca escritor porque serlo significa sufrir, enfrentar una realidad dura e hiriente para explicarla.
Hace unos días comentaba con mi buen amigo Juan Carlos Suñén algunos textos bíblicos. Siempre llegamos al mismo lugar: el hombre podría carecer de la rueda y sobrevivir, de la técnica, incluso de la religión, pero nunca el ser humano saldría adelante sin el relato, sin la explicación de sí mismo, sin esa mitología que tenemos olvidada y que nos haría mucho más grandes (por eso las religiones se apoderaron siempre de los mitos, para manejar a su antojo al ser humano. Los clérigos siempre supieron que este es el talón de Aquiles de la humanidad). Todo es entendido desde esos territorios mitológicos que Eliade definía como “el entramado de la esencia del hombre”.
Está muy bien vender ejemplares de las novelas o poemarios (a mí me produce una gran satisfacción), aparecer en la televisión llena de orgullo (sobre todo a las madres de los escritores), todo eso es estupendo, pero no podemos olvidar que estamos en este mundo para contarlo, que nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que uno puede imaginar cuando decide dedicarse a esto. Pesa, fatiga. Nos obliga a no dejar de buscar, ya sea moviendo las piedras, viajando en tren sin ton ni son o en nosotros mismos, mirando en todas las direcciones hasta que encontramos una senda que pasearemos hasta agotarla, hasta convertirla en transitable para los demás. Eso es lo grande de la literatura. Y lo que da miedo al que escribe.


nov 14 2005

Navidades por adelantado

Me suelen preguntar mis hijos (cada vez menos porque ya conocen algunas respuestas) y mis alumnos más jóvenes (con mucha frecuencia porque tienen ansia por saber y encontrar respuestas) qué es esto de la navidad. La respuesta menos agradecida por vacía y la que no satisface a ninguno de ellos se parece a esto: “la navidad es un negocio, todos los comercios utilizan este período para vender grandes cantidades de productos inservibles”. Es más una respuesta desde la ignorancia que el producto de cierta (sólo cierta) reflexión. Y por tanto, no sirve. A los niños y jóvenes no se les puede, ni se les debe, tratar como tontos de pacotilla. No voy a negar que el negocio está, que eso es lo que hay. Sería una estupidez. Pero guste o no (como otras tantas cosas que tenemos asumidas por cotidianas) se trata de un período de reflexión muy cercano al hecho religioso, a lo sagrado. Concretamente a la unión de lo sagrado y lo humano. Dios y hombre. No podemos olvidar que la unión entre ambos, entre el infinito (que es Dios, el ser) y lo finito (el hombre siempre insatisfecho consigo mismo, el hombre que crece como persona buscando despojarse de esa mortalidad tan incómoda) hace que el hombre se asome a la felicidad plena, que se acerque al infinito.
Pues bien, si la navidad es un negocio para muchos, el cristianismo es, en esencia, eso otro.
No se trata de convencer a nadie, trato de explicar.
Para evitar que se me acuse de catequizar, voy a intentar hacer una lectura antropológica y literaria de los pasajes que los evangelios de Lucas y Mateo utilizan para presentar este episodio (Juan y Marcos no lo mencionan).
Es curioso comprobar que en ambos casos se representa el nacimiento de Jesús (nada más y nada menos que el nacimiento del Hijo de Dios, de Dios mismo), se representa, decía, utilizando materiales narrativos singulares. ¿Quién gobierna el mundo conocido en ese momento? Augusto. Pues no aparece. ¿Quién es el Rey de los Judíos? Herodes. Tampoco está presente. ¿Escribas y fariseos? Ausentes. ¿Sumo sacerdote? Lo mismo. Tan sólo tenemos a una doncella (seguramente asustada y sin comprender nada de nada), a San José (que no es padre de la criatura), un par de animales (la mula y la vaca) y, San Mateo incluye a unos magos extranjeros (gente maldita, prestidigitadores) y San Lucas, por su parte, a un grupo de gañanes que andan cuidando sus rebaños. Qué curioso. Nace Dios y allí no hay más que pobrecitos y malditos. Es decir, los acomodados, los que creen tener todo hecho en la vida, ni se enteran. Los evangelistas eran mucho más modernos al escribir de lo que parece. La intención es clara y tremenda. Los materiales que faltan son los que convierten estos versículos en textos de calidad extraordinaria. La omisión del suceso utilizado para narrarlo. Lo mejor es comprobar que todos esos personajes, todos, aparecen más tarde, cuando piden a Pilatos que crucifique a Jesús de Nazaret. De eso si se enteran porque el que no quiere crecer como persona mata al hombre que es Dios. Es decir, lo mínimo que uno debe hacer en esta vida (ser persona y buscarse, encontrar la forma de evolucionar) tiene respuesta en la navidad.
No hace falta ser cristiano para disfrutar con un buen texto, ni para plantearse la razón de la existencia.
Quería hacer este breve e incompleto apunte sobre la navidad para adelantarme a los grandes almacenes que son los primeros en anunciarla. Ellos quieren vender más. Yo no quiero nada de nada. Si alguien lo desea que piense un poco sobre todo esto. Me sentiré satisfecho.