jun 7 2010

Dictado

Me gusta sentarme a los pies de la cama. Para pensar. Así puedo apoyar los codos en las piernas, llevarme las manos a la cabeza y juguetear con el pelo. Los dedos de la frente a la nuca. Vuelta a empezar. Las manos al mismo ritmo. Mientras, pienso.
Son muchas las veces que me pregunto por qué lo hago, por qué pensar una y otra vez sobre lo entendido, sobre lo inexplicable, sobre lo lejano o en otros que ni siquiera sé cómo se llaman. Sería mucho más sencillo no plantearse nada, entornar los ojos y dejar que las cosas fuesen. Pero es inevitable que una nube de estorninos llegue para quedarse, meter la cabeza en ese lugar que no aclara nunca, que huele a todo y a todos; inevitable abrirlos para que se dibuje eso que andas buscando, imperfecto, apenas real.
Me gusta sentarme a los pies de la cama para contarme el día, para imaginarme siendo otro. En eso consiste la vida. En pasar a limpio cada minuto, en buscar la razón, los porqués. En dictarse el tiempo pasado como alternativa a no vivir.
¿Qué busco? Eso es lo que me obsesiona. ¿Qué busco? ¿Qué es lo que deseo encontrar entre la maraña de ideas sin extremos?
Unas veces la desazón por no encontrar, otras la tranquilidad de lo imposble, siempre la responsabilidad que hice mía mucho tiempo atrás. Y cuando separo los codos de los muslos enrojecidos, la pluma en la mano, el papel amarillo sobre una tabla esperando. El camino. El único posible.