sep 19 2012

La labor del escritor

Un papel en el portal. Alguien lo ha dejado pegado a un cristal de la puerta de entrada. Garabateada una frase. La letra pequeña, casi histérica. La vida no da oportunidades porque lo hecho hecho está. Al salir, me he sentado a fumar un cigarro con tranquilidad. Me gustan los bancos de madera, esos que hay en la calle. La gente caminaba de un lado a otro, todo se movía sin apenas sentido. Una muchacha, antes de salir del edificio, ha leído el papel. Poco después, anotaba algo en él. No he podido resistir la tentación. El que no da opción eres tú, capullo. Estaba borracha. He ido imaginando lo que había pasado. A ella coqueteando con no sé quién. A él llegando para descubrir. Una discusión. Al día siguiente llamadas sin contestar. Desesperación, rabia, arrepentimiento. Podría haber imaginado la vida entera.

Mientras, el mundo se movía sin apenas sentido. Allí no hay ni preguntas ni respuestas.



sep 28 2010

La gran diferencia

Fuimos cuatro hermanos. Quedamos tres. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Hermanos. Sin embargo, he creído tener, a lo largo de mi vida, veinte o treinta amigos. Me quedan muchos menos. Y supongo que nos queremos como lo que somos. Amigos. Pero la gran diferencia no es el tipo de amor que se siente por unos o por otros. Lo que distingue a unos y a otros es la forma en que desaparecen de tu vida. Un hermano se tiene que morir para dejar de serlo. Y el querer no se acaba nunca. Al contrario, va a más. Un amigo puede desaparecer por cualquier cosa pequeña, por una discusión estúpida, por una deuda que uno de los dos olvida, por lo que sea. Y querer se va con él. Esa es la gran diferencia. A un hermano se le quiere antes de nacer. A un amigo, como mucho, se le echa de menos durante un tiempo.

Hoy, me he encontrado con uno de esos viejos amigos que dejaron de serlo por algo que no puedo recordar. Sé que, mientras estuvo en la cárcel, le visité cada sábado. Fue hace muchos años. Creo que estuvo ingresado en Ciudad Real. Recuerdo aquel edificio viejo, triste, opresivo. Le llevaba un cartón de tabaco y algo de dinero (lo poco que me daban a mí mis padres). Pasaron cuatro años. Al salir, aún no sé muy bien por qué, dejó de hablarme. No entendí nada y no pregunté nunca qué era lo que pasaba. Eso me encontré en el camino. Me resigné y poco más.

Hoy nos hemos encontrado. Un abrazo. Suyo. Yo ni he intentado el gesto. Me ha preguntado por mis cosas. Monosílabos. No salía otra cosa. Pero no por rencor ni nada parecido. Sencillamente, me he cruzado con un extraño parlanchín, con la dentadura destrozada (me temo que se mete lo que haga falta por las venas); alguien que me recordaba, ligeramente, a un muchacho que metió la pata hasta el fondo y al que quise mucho. Alguna vez dije que era como mi hermano. Las cosas que uno piensa cuando es joven.

Nos hemos despedido. Creo que me ha dicho algo de un préstamo. Ni he mirado atrás.

Si mi hermano me llamase desde Singapur para que le llevase algo urgente, algo de lo que dependiera su bienestar, no me lo pensaría ni un minuto. Hasta que un hermano no muere nada cambia. Muchos amigos se murieron hace muchos años. Quizás ni existieron.


jul 7 2010

Lo que cabe en un confeti

Algunos autores se empeñan en contar todo al escribir. No dejan un solo detalle sin narrar, un solo gesto. No eliminan una mínima parte de un diálogo que mantengan sus personajes durante la acción.
Esto que puede parecer una ventaja para el lector o un trabajo inmaculado del escritor no deja de ser un error que sólo los principiantes o los malos escritores cometen cada día. En el caso de los que quieren ser escritores suele ser un síntoma claro de inseguridad. Aún no comprenden que el lector es mucho más listo de lo que solemos creer y muy capaz de rellenar con solvencia esas zonas en las que el narrador se inhibe o no quiere contar por parecerle innecesario, irrelevante o mucho más significativo el silencio (digo el narrador y no el escritor porque no son lo mismo). En el caso de los escritores malos, aún sabiendo que el lector es un ser que está a su altura (la soberbia de algunos autores es lamentable y cercana al ridículo) el recurso de extenderse para relatar hasta el último detalle viene del miedo a sí mismo y al crítico que pueda decir “quedan demasiadas cosas sin decir”. Un mal crítico, claro. Pero sobre todo se debe a la incapacidad técnica para lograr un efecto que debería conseguir con una frase y que, sin embargo, lo ha de alargar un párrafo o una página entera.
Si una novela comenzara diciendo “Se despidieron. Veinte años después era capaz de recordar el sabor de sus labios. Su mujer esperaba en la habitación. Pensó que de ella no recordaba apenas el color de ojos”, ¿sería necesario narrar los veinte años que separan un beso del momento actual? ¿Acaso no sabemos que el personaje dejó atrás a la mujer de su vida y eso le marcó para siempre? Creo que es del todo innecesario. Y creo que no narrar (en este caso) es la mejor forma de hacerlo.
Y, sin embargo, las mesas de las librerías están llenas de novelas que alcanzan novecientas páginas cuando podrían ocupar cincuenta o sesenta, que se venden como churros no sé porqué extraña razón. Y lo peor de todo es que existen escritores estupendos, con una narrativa poderosa, que no son capaces de publicar sus obras para que los de siempre sigan publicando sin ton ni son (aunque escriban una estupidez o aunque extiendan cuatrocientas páginas lo que podrían decir en un confeti).
El lector no es tonto, pero empiezo a pensar que le sobra tiempo o dinero. Cosas valiosas ambas. O que yo me estoy volviendo loco. Cosa que también empiezo a valorar mucho. Pero mucho.


may 2 2010

Caminando despacio

Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Y ahora, con papel y ceras, voy a dibujar algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 4 2010

Madurar

Fue cuando tenía siete años. Un vecino me lo dijo. Los Reyes Magos de Oriente desaparecieron del mapa para siempre. Todo se convirtió en lo que ahora es. Lo real. Fue como recibir un gancho en el hígado. Pero un crío con siete años tiene capacidad suficiente para convertir una gran decepción en una gran ventaja frente a los adultos. Fingir aquí y allí, poner cara de no saber nada de nada, disfrutar de unos mayores empeñados en hacerte feliz a base de regalos. Fue fácil superar aquello.
Durante algunos años pensé que los Reyes Magos habían desaparecido para siempre sin saber que la vida está llena de ellos que terminan, como los “auténticos”, siendo un engaño terrible.
Las decepciones, cuanto más inesperadas, más se parecen a aquel primer descubrimiento de la mentira. A esto se le llama perder la inocencia, o hacerse mayor, o cagarla. Incluso algunos lo llaman madurar.
La vida está llena de baches que la convierten en una especie de carrera de locos en la que puedes encontrar a Pierre Nodoyuna y su lindo pulgoso, Pedro bello, Penélope glamour, tú mismo convertido en el villano que deja pedruscos en el camino o un buen montón de TNT marca Acme. Madurar es descubrir que tu padre no es ese héroe invencible ni tu madre la dama de las camelias, que el matrimonio es la más difícil de todas las pruebas posibles, que un amigo puede “hacer dedo” en la carretera y subir en el coche del enemigo para saludarte en la primera curva peligrosa con cara de angelito. Cada día descubres que no existen las hadas, ni sus majestades, ni Santa Claus. Ni tú mismo que acabas de echar a la cuneta a otro que te adelantaba por la derecha. Esto es más complicado de superar.
La buena noticia es que, con el paso del tiempo, aprendes que lo único importante es que los Reyes Magos que negaste son los que están en su sitio cada año, que dejan regalos debajo del árbol engalanado, rodeado de pares de zapatos brillantes, llueva, nieve o caiga la mundial. Es lo único verdadero porque es en lo único que creíste sin límites. Con toda la inocencia del mundo. Cuando tus padres eran invencibles y maravillosos. Cuando el universo se movía con tranquilidad para que cada cosa estuviera en el lugar justo.
Mañana dejaré los zapatos recién cepillados donde toca. Pensaré al acostarme que todo es verdad, pediré lo imposible por si las moscas. Una noche así puede ser mágica. Es la única del año en que la verdad se apodera del cosmos. Seré obediente desde la inocencia y me obligaré a dormir pronto para no ver a los magos. Total es un día de trescientos sesenta y cinco.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano