nov 9 2010

Fragilidad

Basta una palabra dicha para que el desencuentro crezca como la mala hierba.
Hace unos días tuve una conversación con un viejo amigo. Me contaba cosas; yo se las contaba a él. Todo normal. Pero dijo algo que no correspondía. Un abismo entre ambos. Ni juzgué, ni reproché, pero tampoco pude colocar eso que dijo en ningún hueco en el que pudiera caber. El mundo común tiene un espacio determinado, un espacio muy difícil de modificar. Una palabra convertía en estéril todo un espacio construido (ahora lo sé) sobre un piso enclenque. Tal vez inventado.
¿Es todo tan frágil como para que una palabra lo derrumbe? Creo que sí. Un gesto puede echar a perder una ilusión. La imaginación puede arrasar todo lo que encuentra a su paso. Una conversación se convierte en la última; al menos, en la última que se tiene en las mismas circunstancias. Porque todo eso tiene el poder de convertir un mundo en dos; de trazar la línea fronteriza entre el recuerdo al que nos agarramos con fuerza y un presente irreconocible que no nos permite ver lo que quisiéramos. Finalmente, sólo estamos dispuestos a vivir lo que deseamos. Cualquier otra cosa la arrastramos hasta que acaba con nosotros o somos capaces de abandonarla por el camino.
Quince o veinte años atrás, hubiera buscado con desesperación un hueco donde colocar esto. Ya no. Miro y no veo uno sólo. Y, si están, he olvidado el lugar exacto.
Sin juzgar, sin reprochar, hay que entender que los universos son ajenos y ocupan lugares, a veces, inalcanzables.
Llueve. El viento sopla con fuerza. Parece que la ciudad entera vaya a ser arrancada de cuajo. Ni siquiera eso me extrañaría.


abr 17 2010

La enorme fractura

El problema que se está generando con la posible prevaricación del juez Garzón no es lo que parece. En realidad, no creo que ni un cinco por ciento de los que opinan sobre ese asunto sepan valorar técnicamente qué ha pasado o qué ha dejado de pasar. El problema es otro bien distinto, un viejo asunto que sí nos sabemos en España, que se saben muy bien en Argentina, en Chile, en todos los países en los que quedó sin resolver.
Es fácil. Después de una guerra en la que se cometen todo tipo se salvajadas, después de un golpe de estado en el que se esconden los derechos fundamentales de la población y dejan de existir (los derechos y parte de la población), un país se quiebra en dos. Durante, un todo se retuerce buscando salida. Después, las partes se separan. Pasan los años y la fractura se hace mucho más severa. Los abusos por parte de unos se intensifican aludiendo a los abusos que cometieron los otros unos años atrás o unos siglos atrás. Eso es igual, sirve cualquier excusa. Pero llega el día en que se acaba eso y los que se sienten afectados, los que quieren recuperar sus derechos, los que se sintieron esclavos de unas ideas ajenas, los sometidos, deciden que es hora de poner las cosas en su sitio. Unos creen que tienen derecho a lo que les arrebataron y otros creen haberse ganado el derecho a seguir como estaban. La cosa se puede disfrazar de sistema democrático; de olvidemos lo que pasó porque lo pasado, pasado está; de cualquier cosa que suene bonita. Pero lo que no se puede disfrazar es lo que siente este que perdió a su padre, los años de sufrimiento que costaron pensar esto o aquello. Eso no se puede arrancar de cuajo a nadie. Todos creen tener razón. Incluso los que cometieron salvajadas en nombre de su propia falta de humanidad. Parece increíble, pero es cierto.
Lo curioso es que nadie quiere reconocer que la fractura la producen ambas partes. Unos con la arrogancia del vencedor, otros con la del perdedor. Unos a un lado, otros enfrente. Nadie se mueve ni un milímetro.
Pienso mucho en el pueblo alemán. Las salvajadas de los nazis marcaron a un pueblo entero. Pero bien pronto asumieron (ese pueblo entero) que esas salvajadas lo fueron, pero sin olvidar que durante la guerra murieron millones de alemanes inocentes, que sus ciudades fueron arrasadas sin compasión, sus mujeres violadas, y la vida de todos destrozadas. Pasó lo que pasó. Todo. No una parte a la que agarrarse para justificar esto o aquello.
Aquí, en España, seguimos donde estábamos. Dos españas. Dos odios profundos. Un enorme problema que no queremos soltar porque hemos hecho de ello nuestra forma de entender cada cosa que pasa en política, en la justicia, en el fútbol, en todo.
Que Garzón prevarique es algo que debe determinar un tribunal. Que España sigue quebrada es algo que tenemos que terminar viendo. Será difícil que los que hicieron dinero sean capaces de sentirse ladrones y aprovechados de miles de personas que las pasaban canutas, será difícil que alguien entienda que un ser querido muriera como un perro porque un salvaje agarró un arma y abusó sin piedad de todo aquel que no le fuera simpático, será difícil que alguien reconozca que su familiar hizo esto y por eso los otros hicieron aquello. Será difícil que asumamos nuestra humanidad. Somos personas y esto es el resultado de lo que hacen eso, personas.
Los países están en manos de políticos que demuestran, a diario, su grado de corrupción, su manipulación para que un pueblo entero viva aterrorizado (¿recuerdan la gripe A que se llevaría por delante a millones de personas?), demuestran que sólo su interés es el bueno. Se mezclan políticos y jueces y periodistas. Y muchos les siguen buscando un sentido a lo que sucede cuando el sentido sólo se encuentra en uno mismo, en lo que piensa y en lo que es capaz de asumir como propio.
Mientras el mundo esté en manos del interés particular de unos pocos, el mundo será una enorme fractura.
Creo que sería muy sano que todos pensáramos que siempre hay un porqué. Siempre. Y que hay que buscar uno común.
España se consume en sus dos partes. No porque Garzón prevarique sino porque nadie quiere reconciliarse con el que tiene enfrente. Ni consigo mismo. Más patriota que esa postura reconciliadora no se me pasa por la cabeza. Pero entiendo que eso al algo muy difícil de conseguir. ¿Por qué? me pregunto muchas veces. Creo que hay dos cosas fundamentales que nadie quiere mirar. Yo nací en mil novecientos sesenta y cuatro. Crecí y me encontré con la España democrática siendo muy joven. Y comprendo todo esto que digo. Lo comprendo y creo firmemente en ello. Pero, cuando lo comprendo y lo creo, siento que lo hago pisando la cabeza de millones de muertos. La del abuelo de mi mujer que murió fusilado en Paracuellos o la de los padres de Hilda Farfante que murieron por pensar diferente y arrojados a una fosa común. Pienso y comprendo para construir y los cimientos no lo soportan. Por otra parte, la forma de sentir de los que lo vivieron se tendría que quedar en eso, en una experiencia personal , única, y nunca hacer de ella una forma de vivir construida para alguien que no conoció una situación tan lamentable.
Reconozcamos lo que toca. Y toca decir que todas las muertes fueron inútiles, infamantes, horribles. Dejemos que los que vienen por detrás no se pudran con el pasado. No nos consumamos sumergidos en tanta mierda.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


feb 17 2010

Nombres (19)

Ane.

– Veo que conservas la sonrisa. Te has hecho mayor, pero te da igual. Tú a lo tuyo.
– No creas. La he recuperado para venir a verte.
– ¿Eres razonablemente feliz?
– Sí, aún no me he enamorado de nadie.
– Ya. Bueno, dime, ¿de qué es lo que querías hablar?
– De cualquier cosa que me haga pensar que todo esto tiene sentido, que la vida es algo más de lo que veo.
– Pues recordemos alguna de nuestras viejas charlas.
– Excelente, al fin y al cabo eso es lo que cuenta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Concha Buika – Se me escapan las palabras

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feb 13 2010

Dudas razonables

Caminan despacio. Ella con los brazos cruzados sobre el pecho. Él con las manos agarradas a la espalda. Miran al suelo uno, al frente la otra.
– ¿Me has echado de menos?
– ¿Debo decir la verdad? Ni siquiera sé si quieres saberlo. Además ¿Importa algo lo que ha pasado antes de este instante?, es ahora cuando alza la vista, gira la cabeza y observa el rostro de la mujer.
– Si importa más o menos es irrelevante. Necesito saber.
– Nunca extrañé tanto, nunca estuve tan ausente, dice el hombre mirando, otra vez, al suelo.
– ¿Por qué no llamaste?, le mira apretando los dientes. Se niega la posibilidad de un llanto estúpido.
– Necesitaba saber.
– ¿Qué pasará ahora?, dice aflojando la fuerza de las mandíbulas.
– Ya sabemos. Toca olvidar lo que fuimos, dice mientras se detiene.
– Podríamos perdernos de nuevo, ella continua caminando.
– Eso ya no importa. Conocemos el camino de vuelta. El dolor jamás se olvida, camina nuevamente, un paso por detrás de ella.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Concha Buika – Nostalgias

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dic 13 2009

Nombres (6)

Núria.

Sabe que el mundo espera de ella esto y aquello. Y se lo entrega sin demora.
Sabe que lo que necesita para ser feliz es esto otro. Lo tiene cerca aunque nunca lo agarra. No alcanza a comprender la razón.
Quizás por eso el mundo sigue pidiendo. Desea y tiene.
Quizás por eso ella tiró la toalla hace mucho tiempo. Desea y sueña.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


nov 28 2009

Medio universo

Siente una enorme preocupación. Se ajusta el nudo de la corbata levantando ligeramente la barbilla. Duda. Todo lo que alcanza a ver se convierte en una acuarela. Silencio para el resto del tiempo por vivir, piensa. Hoy se puede acabar todo. Ajusta de nuevo el cinturón dejando la hebilla justo en el centro, donde ha de estar. Echa un último vistazo a los zapatos. No brillan tanto como quisiera.
Hay objetos, personas, rostros, algunos olores y un buen número de cosas improbables que le arrastran a territorios olvidados por muchos años. Un instante de ida y vuelta. Apenas el tiempo que tarda en querer anclar el pensamiento sin poder y dejar pasar la sensación. Sólo ocurre alguna vez que otra.
Hoy ha vuelto a pasar. La mirada pendiente de encontrar, sin saber que llegaría a un lugar que nunca pudo vivir. Extraño. Como prender la luz en un espacio desconocido con el tiempo justo para echar un vistazo, fijar la imagen y hacer el camino de vuelta con una venda en los ojos. Sin posibilidad de regresar. Nunca más.
Territorios olvidados. Otro que nunca podrá olvidar. Ni volver a sentir. Su propia imagen estallando, convertida en millones de momentos que se aprietan, unos contra otros.
La muchacha caminando despreocupada. El pelo suelto. Sólo unas pequeñas trenzas que van desde las sienes a la nuca. Sonríe pensando en algo que compartirá con otro. Le recuerda de inmediato a esa mujer que tanto buscó. No sabe por qué, pero sabe que es ella. Nunca más.
Ya no hay marcha atrás. La chaqueta perfecta. La camisa perfecta. Todo lo es. Pero esa imagen no desaparece. También lo es.
Alguien le llama. Ha de darse prisa. Te espera medio mundo, corre. Escucha y piensa en que la otra mitad del universo lo perderá pronto, que nadie espera de ese lado. Cierra los ojos y mueve la cabeza con rapidez, negando. Toma aire, todo el que puede. Expira con fuerza y sale de la habitación. Sonríe tanto como puede, igual que si el universo entero le esperase bajo el pórtico.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano