ene 28 2011

Conversación en La Catedral

Si alguien quiere saber hasta dónde puede llegar la capacidad de fabulación de un buen escritor, si alguien quiere saber como esa capacidad para inventar historias se ordena en una novela, si alguien quiere comprobar que escribir es una de las cosas más importantes que el hombre ha hecho jamás, lo que tiene que hacer es asomarse a Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa. Una espléndida novela que muestra lo que supone la escritura con total claridad.

Durante la conversación que mantienen los protagonistas de la novela en un bar de Lima, iremos conociendo una historia dura y cruel, de éxitos y grandes fracasos, de injusticia, de amor, de amistad o de desilusión. La política, las relaciones humanas, la corrupción, la maldad y la locura serán vehículos que Vargas Llosa utilice para llegar a configurar un mundo en el que sólo un ser humano puede sobrevivir.

La novela de Vargas Llosa es exigente con el lector. Mucho. Los cambios de registro constantes. El número de personajes extenso. Las modificaciones en el tempo acompasados con las bruscas variaciones espaciales y temporales hacen obligatoria una alerta que impida perder el ritmo narrativo. El vocabulario desconocido. Frases inacabadas en las que la reverberación del lenguaje aparece con claridad aunque producen un pequeño conflicto hasta aprender a leer de este modo. Diálogos de una potencia descomunal que dibujan los rasgos fundamentales de cada personaje a veces sin que lo sepan ellos mismos.

Calificación: Excelente.
Tipo de lector: Conviene tener cierta experiencia para leer esta obra.
Tipo de lectura: Una vez que el lector se situa es fascinante.
Engancha desde el principio.
No le sobra ni una página.
Argumento: Varias historias buscan su punto común para ser una sola. Un trabajo colosal.
Personajes: De todos los tipos y colores. Y perfectamente dibujados.
¿Dónde puede leerse?: A ser posible en un lugar tranquilo.


Zoot SimsLow Life


may 29 2005

Menuda mierda de libro

No hace mucho, mi hijo Gonzalo leyó «El principito». Traducido al español aunque el volumen incluye el texto en francés (algo que es igual a decir «que si quieres arroz catalina» dado que en casa no habla nadie ese idioma, ni parece que haya intención). Se sentó a mi lado, en el sofá del salón, sin muchas ganas de leer ni ese ni ningún otro libro, pero se sentó. Cuando se terminó de acomodar, cuando dejó de quejarse por el aburrimiento que supone tener que aguantar a tanto hermano, pude continuar con la lectura de «La casa verde» de Mario Vargas Llosa. Estuvimos un par de horas sentados sin decir una sola palabra. Fue él quien rompió el silencio al decir «menuda mierda de libro». Al acabar la frase, ya estaba de pie, de espaldas a mí. Aún no sabe que le había estado mirando, que le había visto llorar cuando estaba terminando la lectura. El caso es que fingió un ataque repentino de sueño y se fue a la cama. Algo sospechoso cuando aún eran las ocho de la tarde. Volvió para cenar, su madre le había hecho confesar (todas las madres consiguen esas cosas) que «nadie debería escribir para que los demás lloremos». Desde ese día las lecturas que demanda Gonzalo son diferentes. Por ejemplo, ha sustituido los libros que relatan pesadillas o historias de fantasmas, por las leyendas de Bécquer. Es posible que, sin ser consciente, esté fomando su criterio como lector. Es muy posible. De momento, no me preocupa lo más mínimo. Llorar, reír o poder imaginar que el personaje principal es uno mismo, creo que es suficiente para que un chaval de once años descubra en la literatura lo que la televisión o la consola de videojuegos le niegan por otra parte.
Después de cenar, continué con las últimas páginas de mi novela. Al acabar, miré a mi mujer y le dije «menuda mierda de libro». Ella (pocos lo sabían hasta ahora) sabe que siento cierta debilidad por Vargas Llosa, así que comprendió la broma. No lloré. Eso ya lo hice cuando lo leí por primera vez, en ese tiempo en el que andaba buscándome como escritor sin descanso. Después de «La casa verde» y «Conversación en la catedral» nada fue igual. Por eso, esta noche dejaré mi viejo ejemplar de «El extranjero» sobre la mesilla de noche de Gonzalo. Si quiere leerlo que lo haga. Ya lo hicieron conmigo y fue definitivo.