Los mercados se han puesto patas arriba. Las bolsas se desploman, las primas de riesgo se disparan, el nerviosismo cunde. Y todo porque a los ciudadanos griegos se les va a preguntar sobre si están de acuerdo o no sobre los términos del rescate propuesto por la Unión Europea. Claro, basta que los que están destrozando el mundo se enfrenten con la opinión popular y la cosa les pone nerviosos.
De un tiempo a esta parte nos han presentado a los griegos como el gran problema. Parece que ellos sean una especie de demonios que nos arrastran a un infierno horrible del que no podremos salir nunca más. Pero ¿quiénes son los griegos? ¿Los políticos corruptos que han dejado ese país como un solar? ¿Los banqueros que siguen ganando dinero a espuertas? ¿Los especuladores? Tal vez los griegos son los trabajadores a los que se les quiere negar el agua y la sal. Tal vez no sean otra cosa que personas con los mismos problemas que tenemos en España o en Guatemala. Tal vez el pueblo griego sea ajeno (tanto como el resto de pueblos del mundo entero) a lo que está sucediendo en los despachos de doscientos metros cuadrados de los que manejan el cotarro.
Y ahora se les va a preguntar y el mundo se viene abajo. Claro, es que esta banda de mafiosos que son los políticos y banqueros, saben que no van a tragar con una esclavitud eterna impuesta por los ricos, saben que nadie está dispuesto a hipotecar su futuro para que otros (unos poquitos) sigan viviendo a cuerpo de rey.
Si el mundo se tiene que venir abajo que así sea. Pero, por lo menos, que sea la mayoría la que decida cómo.
¿No tendrían que haber preguntado a todos los ciudadanos de todos los países sobre las cosas importantes y desastrosas que han ocurrido? ¿No deberían de dejar (ya mismo) de vender el fin del mundo cuando lo que se les acaba es el chollo a los de siempre? Los pobres lo hemos sido siempre y no nos costará mucho trabajo serlo algo más.
A ver si es verdad que el euro, los bancos, la clase política y todo el sistema corrupto en el que vivimos se cae a plomo. A ver si es verdad.
Una vez dicho por primera vez; una vez dado el primer golpe; una vez visto con claridad; todo se hace realidad. Lo que parecía imposible, lo más improbable del universo; eso que nunca estuvo en el plan de vida, modifica la hoja de ruta diaria, se convierte en parada obligatoria dependiendo de que pase esto o aquello.
Nunca pegaría a mi hijo. Ni siquiera un azote en el culo. Y, un buen día, cuando el crío ha tirado la comida al suelo por hacer la gracia, o no ha comido porque es un memo o ha pintado la pared con rotulador o te ha sacudido una patada en la espinilla, le das ese azote imposible. Desde ese momento tienes la mano más floja, más larga.
Te querré siempre. Y, un buen día, hasta las trancas de alcohol, celoso y rabioso porque te parece que ella te hace de menos, le dices que no, que no la quieres, que es el mayor error de tu vida. La puerta queda abierta. Las excusas funcionan esa primera vez. La bebida, una racha tremenda en el trabajo o lo que sea. Tratas de cerrar la puerta a cal y canto. Empujas con fuerza, pero la puerta no cierra. Tan sólo logras entornarla. Miras; entiendes que así quedará para siempre porque una idea que te ha pasado por la cabeza alguna vez se hace definitiva al verbalizarla. Lo imposible se convierte en cierto cuando lo dices; cuando, por fin, entiendes que la realidad es otra distinta a la que dibujaste para la galería.
Ya no es necesario jugar con la llave antes de abrir. Todo es mucho más sencillo. Se repite. Voilà.
Y, mientras, en la otra cabeza retumba para siempre lo dicho; abre puertas imposibles; las alertas se disparan alzando barreras escondidas desde mucho tiempo atrás.
El mundo se hunde para siempre. Aunque nadie lo sabe salvo dos.
El cielo se va ordenando con tranquilidad. Los huecos que dejan las nubes se van rellenando. Y, al rato, un día corriente se ha convertido en el otoño gracias a lo opaco del gris. Los pájaros, que dejaron de revolotear impacientes entre los edificios hace tiempo, se echan en falta. Entre amarillos, rojos y marrones, aún se ven los verdes que se deslizan hacia la nada. El aire espeso se hace fuerte, poderoso en el reino que pierde para recuperar una y otra vez. Sólo puede con él algún rayo de sol confundido, fugado, en el lugar equivocado.
Detrás del cristal. Imaginando un frío intenso, mostrenco; frotando las manos ya templadas que intuyen el frescor. Si abriera la ventana podría agarrar un bloque de aire frío, moldearlo hasta encontrar mi propia forma. Preguntar. Obtener respuestas que el pensamiento desordena y, obstinado, no deja ver. La consciencia es cobarde. Detrás del cristal. Imaginando. Tal vez conocer la respuesta exacta sea una equivocación, un camino sin posible retorno, la razón por la que todo desaparecería de un solo golpe. Imaginar es posible, no hay límites, nos permite fantasear con una valentía endeble convertida en virtud original. Lejos de un cielo gris que amenaza lluvia o cualquier otra cosa. Un millón de amenazas en forma de respuestas que nadie quiere saber. Mejor imaginar, inventarse un mundo que pueda soportarse.
Detrás del cristal. Mientras los pájaros revolotean entre edificios extraños, al mismo tiempo que el frío está perdiendo su reino en otro lugar desconocido. Como el pensamiento.
Llegó a la ciudad hace muchos años. Nadie supo nunca desde donde. Y aun muerto tenía la misma cara de mamón. Todos terminamos pensando que era eso y no otra cosa. Por avaricioso, por cruel, por tener más que nadie. La bala le había entrado por la sien derecha. El orificio de salida se podía ver en el pómulo izquierdo. Negruzco. Pero la cara de mamón no la había perdido. Mirara quien mirara era lo mismo. Un rostro desfigurado por una muerte inesperada e improbable, seco.
Un cadáver, una fortuna para repartir. Un miserable menos en la ciudad. Lo celebramos sin intentar ocultar nuestra alegría.
Cuando le enterraron el cementerio estaba desierto. Junto al ataúd el sacerdote leyendo un pequeño libro lleno de oraciones, el agente comercial de la compañía funeraria que no dejaba de mirar hacia los lados y una mujer vestida de rojo, desconocida. Desde el pequeño sombrero con velo hasta los zapatos, incluidas las medias de red. El resto nos escondíamos detrás de la tapia del cementerio o de algún mausoleo alejado. Queríamos estar seguros de que era el final.
El testamento se hizo público mucho después. Mientras, los parques se fueron secando, los empleados de la fábrica dejaron de hacer su trabajo y algunos se despidieron, nadie continuó con su vida pasada. Nos sabíamos herederos universales. Era cuestión de tiempo.
El notario alquiló un equipo de megafonía para que todos pudiéramos escuchar con claridad. La plaza estaba hasta los topes. Sin embargo, el silencio era absoluto. Comenzó a leer. Se declaraba heredero único al convento de las hermanas clarisas. Sólo en caso de muerte por asesinato la fortuna pasaría a manos de la persona que encontrara y delatara al homicida. La superiora del convento dio la gracias a Dios puesto que después de tanto tiempo era imposible que se resolviera el caso. Pero las voces se oyeron desde cualquier punto posible. Lo buscaríamos el tiempo que hiciera falta.
Pasaron unas pocas horas. La comisaría se llenó. Todos teníamos un sospechoso, una delación que llevaría hasta el asesino aunque fueron muchos los que corrieron hasta allí para acusar al prestamista. Decían estar seguros de que ese sinvergüenza era el culpable. Los que no sabíamos nada nos unimos a su denuncia. Al menos habríamos sacado algo en claro de todo aquello y, al fin y al cabo, ese tipo era un indeseable. Uniendo las fuerzas todos ganábamos.
Fue entonces cuando apareció la mujer vestida de rojo. Caminaba con el brazo derecho estirado hacia delante, agarrando una bolsa de plástico transparente. Un revolver dentro. Llegó hasta el mostrador en el que un policía había escuchado docenas de teorías delirantes. Entregó la bolsa. Soy la hija del muerto. Maté a mi padre con esto. Fue un accidente. Quiero ingresar en prisión para que esta gentuza no acabe conmigo. Y la herencia.
Una hija desconocida para todos nosotros. La prolongación de una maldad sin límites que creíamos muerta y enterrada.
Corrimos a recuperar nuestros puestos de trabajo, quisimos construir nuestra rutina anterior, pero ya era tarde. Los que consiguieron un empleo tuvieron que trabajar por un sueldo ridículo, los préstamos se devolvieron íntegramente con un interés que rozaba el disparate, muchos escaparon de la ciudad perseguidos por aquellos a los que habían acusado de asesinato por envidia o para poder mantener un romance hasta ese momento secreto con sus esposas o con sus maridos.
Aquel mamón había logrado que el mundo se viniera abajo.
La mujer cumplió seis años por homicidio involuntario, tenencia ilícita de armas y alguna otra cosa que hemos olvidado. Nunca supimos qué fue de ella después de quedar en libertad.
Aquel mamón acabó con una ciudad llena de buena gente gracias a su avaricia, a su odio. Ojalá se pudra en el infierno.
Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.
Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
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