nov 1 2011

La pregunta a los griegos y el fin del mundo

Los mercados se han puesto patas arriba. Las bolsas se desploman, las primas de riesgo se disparan, el nerviosismo cunde. Y todo porque a los ciudadanos griegos se les va a preguntar sobre si están de acuerdo o no sobre los términos del rescate propuesto por la Unión Europea. Claro, basta que los que están destrozando el mundo se enfrenten con la opinión popular y la cosa les pone nerviosos.
De un tiempo a esta parte nos han presentado a los griegos como el gran problema. Parece que ellos sean una especie de demonios que nos arrastran a un infierno horrible del que no podremos salir nunca más. Pero ¿quiénes son los griegos? ¿Los políticos corruptos que han dejado ese país como un solar? ¿Los banqueros que siguen ganando dinero a espuertas? ¿Los especuladores? Tal vez los griegos son los trabajadores a los que se les quiere negar el agua y la sal. Tal vez no sean otra cosa que personas con los mismos problemas que tenemos en España o en Guatemala. Tal vez el pueblo griego sea ajeno (tanto como el resto de pueblos del mundo entero) a lo que está sucediendo en los despachos de doscientos metros cuadrados de los que manejan el cotarro.
Y ahora se les va a preguntar y el mundo se viene abajo. Claro, es que esta banda de mafiosos que son los políticos y banqueros, saben que no van a tragar con una esclavitud eterna impuesta por los ricos, saben que nadie está dispuesto a hipotecar su futuro para que otros (unos poquitos) sigan viviendo a cuerpo de rey.
Si el mundo se tiene que venir abajo que así sea. Pero, por lo menos, que sea la mayoría la que decida cómo.
¿No tendrían que haber preguntado a todos los ciudadanos de todos los países sobre las cosas importantes y desastrosas que han ocurrido? ¿No deberían de dejar (ya mismo) de vender el fin del mundo cuando lo que se les acaba es el chollo a los de siempre? Los pobres lo hemos sido siempre y no nos costará mucho trabajo serlo algo más.
A ver si es verdad que el euro, los bancos, la clase política y todo el sistema corrupto en el que vivimos se cae a plomo. A ver si es verdad.


abr 12 2011

La puerta entornada

Una vez dicho por primera vez; una vez dado el primer golpe; una vez visto con claridad; todo se hace realidad. Lo que parecía imposible, lo más improbable del universo; eso que nunca estuvo en el plan de vida, modifica la hoja de ruta diaria, se convierte en parada obligatoria dependiendo de que pase esto o aquello.
Nunca pegaría a mi hijo. Ni siquiera un azote en el culo. Y, un buen día, cuando el crío ha tirado la comida al suelo por hacer la gracia, o no ha comido porque es un memo o ha pintado la pared con rotulador o te ha sacudido una patada en la espinilla, le das ese azote imposible. Desde ese momento tienes la mano más floja, más larga.
Te querré siempre. Y, un buen día, hasta las trancas de alcohol, celoso y rabioso porque te parece que ella te hace de menos, le dices que no, que no la quieres, que es el mayor error de tu vida. La puerta queda abierta. Las excusas funcionan esa primera vez. La bebida, una racha tremenda en el trabajo o lo que sea. Tratas de cerrar la puerta a cal y canto. Empujas con fuerza, pero la puerta no cierra. Tan sólo logras entornarla. Miras; entiendes que así quedará para siempre porque una idea que te ha pasado por la cabeza alguna vez se hace definitiva al verbalizarla. Lo imposible se convierte en cierto cuando lo dices; cuando, por fin, entiendes que la realidad es otra distinta a la que dibujaste para la galería.
Ya no es necesario jugar con la llave antes de abrir. Todo es mucho más sencillo. Se repite. Voilà.
Y, mientras, en la otra cabeza retumba para siempre lo dicho; abre puertas imposibles; las alertas se disparan alzando barreras escondidas desde mucho tiempo atrás.
El mundo se hunde para siempre. Aunque nadie lo sabe salvo dos.


nov 21 2010

Reinos perdidos

El cielo se va ordenando con tranquilidad. Los huecos que dejan las nubes se van rellenando. Y, al rato, un día corriente se ha convertido en el otoño gracias a lo opaco del gris. Los pájaros, que dejaron de revolotear impacientes entre los edificios hace tiempo, se echan en falta. Entre amarillos, rojos y marrones, aún se ven los verdes que se deslizan hacia la nada. El aire espeso se hace fuerte, poderoso en el reino que pierde para recuperar una y otra vez. Sólo puede con él algún rayo de sol confundido, fugado, en el lugar equivocado.
Detrás del cristal. Imaginando un frío intenso, mostrenco; frotando las manos ya templadas que intuyen el frescor. Si abriera la ventana podría agarrar un bloque de aire frío, moldearlo hasta encontrar mi propia forma. Preguntar. Obtener respuestas que el pensamiento desordena y, obstinado, no deja ver. La consciencia es cobarde. Detrás del cristal. Imaginando. Tal vez conocer la respuesta exacta sea una equivocación, un camino sin posible retorno, la razón por la que todo desaparecería de un solo golpe. Imaginar es posible, no hay límites, nos permite fantasear con una valentía endeble convertida en virtud original. Lejos de un cielo gris que amenaza lluvia o cualquier otra cosa. Un millón de amenazas en forma de respuestas que nadie quiere saber. Mejor imaginar, inventarse un mundo que pueda soportarse.
Detrás del cristal. Mientras los pájaros revolotean entre edificios extraños, al mismo tiempo que el frío está perdiendo su reino en otro lugar desconocido. Como el pensamiento.


may 20 2010

Reflexión enana sobre el perdón

Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.

Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


feb 27 2010

Cumpleaños

El próximo domingo este blog cumplirá un año desde que es La Vida del Revés. Y yo cuarenta y seis. Él vive gracias a mí y yo, en buena parte, gracias a él. Termina el primer año con el contador de hits cerca de los cuarenta y siete mil registros (cosa que no está nada mal para una página de este tipo). Acabo este año con cinco o seis canas en el poco pelo que va quedando (nunca tuve canas, pelo creo que sí), menos fuerza para levantar niños y llevarlos de aquí para allá, la vista algo más cansada y la cabeza amueblada más a mi gusto.
Me gustaría poder decir que este ha sido el mejor año de mi vida. Pero no lo ha sido. Así que me conformo con haber dicho lo que recogen los seiscientos veintiséis textos publicados desde el año dos mil cinco.
Y como estoy de enhorabuena (me siento muy satisfecho del trabajo que he logrado hacer), aquí dejo algunos de mis preferidos. Por supuesto, con buena música para acompañar. Yo me los voy a leer. Si alguien quiere acompañarme…

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Dexter Gordon – For All We Know

http://www.listengo.com/playernuevo.swf

Aerosmith – I Don´t Want To Miss a Thing

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Charlie Haden & Michael Brecker – Travels

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Jacques Loussier – Minuet in G major

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Oscar Peterson and Nelson Riddle – Round Midnight

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Gwyneth Herbert – The Very Thought of You

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feb 7 2010

Nombres (16)

Germán.

– No soporto verte con esa cara. ¿Quieres que salgamos? Deberías tomar el aire.
– No, prefiero aguardar aquí.
– ¿Esperas algo o a alguien?
– Derrumbarme. Preferiría estar cómodo cuando suceda. No se me ocurre mejor forma de hacerlo. Fumar sentado en mi sillón preferido es lo poco que me queda. No, no digas nada, por favor, tú a lo tuyo, ya sé que tengo la culpa de todo. Sólo espero algo, no a nadie.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 28 2009

Vaho

– Reconocerte fue fácil.
– Ah ¿sí?
– Lo definitivo siempre llega por el camino más inesperado. Por allí, por donde deberían llegar los desastres o lo oscuro, dice señalando un escaparate en el que se refleja ligeramente.
– Ya. Y ¿cómo se distingue una cosa de otra? Podría ser tan malo como lo demás aunque algo mejor maquillada.
– Sí, pero si fuera así el camino seguiría lleno hasta los topes. Y, mira, está vacío. No hay nada. Si quiero ver tengo que mirarte a ti.
Alguien ha abierto la puerta de la tienda dejando entrar el frío que empaña el cristal.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 9 2009

En blanco y negro

1. A estas horas visto camisa a cuadros, tejanos y deportivas blancas. Las gafas puestas porque no puede ser ya de otra forma. Reviso un viejo álbum de fotos. Casi todas ellas en blanco y negro. Mi padre que sonríe mientras juega con uno de mis hermanos, toda la familia al pie de una catedral, mi hermano pequeño y yo mismo durante la Expo de Sevilla posando junto a tipo de algún país extraño. Perros que murieron, personas que murieron, casas que ya no existen, el viejo Seat, la primera televisión que llegó a la casa.
Un poco de ceniza cae desde el cigarro hasta el pantalón. Sacudo la tela con la mano aunque no distingo bien si acierto o no a retirarla. Fijo la mirada en la camisa. Parece que los colores se han apagado. Son casi grises. Debe ser la presbicia, pienso.

2. Coloco mis cosas. Las plumas en su sitio, el papel blanco en su sitio, el sacapuntas en su sitio, el cenicero en su sitio, la silla en su sitio. Todo en su sitio. Miro la estampa y me gusta. Busco un lugar desde donde contemplar ese orden, pero me veo obligado a irme. No lo encuentro.

3. Hace días que un presentimiento me atenaza desde la espalda. Sé que está aunque no sabría definirlo. Los escritores vivimos de eso, de presentir, de no saber qué, de intentar explicarnos esas cosas con una estilográfica en la mano. Intuir desde el lenguaje. Eso es escribir.

4. Cuando las ideas para seguir escribiendo escasean lo más prudente es sentarse a esperar. Tarde o temprano alguien vendrá a contarte lo que para él es insignificante y a un escritor le puede suponer poder construir una novela. Para escribir es importante estar dispuesto a escuchar miles de idioteces a cambio de una frase.

5. Mi camisa es blanca y negra. A cuadros. Me quito las gafas despacio. Ya no sirven. Debo ir a graduarme la vista de nuevo. Esta vez lo haré a solas, frente a un espejo, un álbum de fotografías a un lado, mi cuaderno de notas al otro. Y todos los recuerdos que pueda cargar para combinarlos hasta que la tela luzca como debe. Los cuadros de siempre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


oct 27 2006

El pan nuestro de cada día

Dos puntos americanos y pegamento (sí, así lo han llamado los médicos) es el resultado de la caída de Guillermo en el patio del colegio. Eso y una muela rota. De las de verdad. Las de leche ya fueron recogidas y sustituidas por un billete de cinco euros la misma noche que las perdió.
La abuela Sagrario dice que se está resintiendo de su lesión en el cuello. Está de mal humor y algo más pesada de lo que acostumbra. Paracetamol y poco más. Nicasio y Angelines (los otros abuelos) están fastidiados desde hace tiempo. Cada día un poco peor. Y lo malo es que el paracetamol ya no sirve. La cosa es seria en ambos casos.
Guzmán ha discutido con su amigo Víctor. Me dice la cuidadora que le ha mordido en la mano (Guzmán a Víctor) y que llegará con la marca a casa. Una llamada telefónica a los papás para pedir una disculpa que no creo necesaria, pero que siempre está bien.
Gonzalo tiene una mano que parecen dos. Un balonazo ayer durante el entrenamiento. Medicamento para que remita la inflamación y paracetamol. Insiste en jugar mañana. Por mí que haga lo que quiera porque ya es mayorcito.
La única que se libra es Silvia. Cada día está más guapa. Incómoda y algo más torpe para atarse los cordones de los zapatos. Pero eso es todo. Yo no sé cómo estoy. Prefiero no hacerme preguntas. Supongo que bien. Me he levantado a las seis y sigo en pie. Suficiente.Todo esto, dicho así, podría parecer un calvario. Pero no. La rutina, casi siempre, es una buena noticia. Estar rodeado de niños llenos de heridas y de abuelos llenos de achaques es, al fin y al cabo, estar rodeado de algo. Cuando faltan, unos porque quieren construir su propio mundo y los otros porque han agotado este, cuando faltan, digo, es cuando la cosa se pone fea. La rutina desaparece y estas obligado a fabricar una nueva llena de huecos que no sabes como tapar. Aún hoy, cuando ya han pasado seis años desde que murió mi hermano Antonio (que buen chaval) y casi cuatro desde que lo hizo mi padre (otro buen chaval), no sé muy bien como terminar el día sin que me falte algo por hacer. Echo de menos eso que hacía todos los días y que ya no puede ser.Por eso no me hago preguntas sobre cómo estoy, por eso me conformo con levantarme a las seis de la mañana para repartir niños por los colegios, trabajar un número de horas que ponen los pelos de punta, aprovechar la hora de la comida para encontrarme con Silvia y Guzmán, robar tiempo a mi escritura para ayudar durante el rato de cenas y baños, volver a subirme en el coche para llegar a tiempo a la Escuela de Letras y regresar a casa para charlar con mi mujer, leer un rato y escribir alguna página de la novela en la que trabajo y en este blog. He descubierto que la escritura hace de la rutina algo necesario. No pasa un día sin que cargue la estilográfica con la tinta verde para escribir algunas líneas. Rutina, llena de placer, pero rutina.Sigo en pie a pesar de todo. De los vivos y de los muertos. Prefiero tenerlos a todos por aquí para saber qué es lo que tengo que hacer en cada momento. Y estoy deseando conocer a la joven Gimena (con G, como los demás) para tener un poco más claro cual es el papel que he elegido y para que el día a día se llene un poco más de tareas que impiden sentarse frente a un televisor para perder el tiempo. Nada envidiable para el resto de la humanidad, lo sé, pero a mí me gusta y me permite seguir en pie. Sin tomar paracetamol. Entre otras cosas porque no queda. Ya se lo han ido tomando los niños y los abuelos.


jun 12 2005

El mismo nombre, la misma mujer

Durante el fin de semana, mi mujer obligó a todos los varones de la casa (esto significa que fuimos condenados el resto de la familia) a ordenar las mesas de estudio y de trabajo, los cajones, las estanterías e incluso las mochilas y carteras. Aparecieron objetos de todos los tamaños, colores y procedencias. Muchos habían sido olvidados o dados por perdidos definitivamente. Llenamos una bolsa de basura en menos de media hora. Sospecho que mucho de lo que tiramos, fue a parar a esa bolsa para ahorrar el esfuerzo de colocarlo en su sitio. Incluso el joven Guzmán hizo un trabajo impecable. Cosa que veía, cosa que metía en el plástico. Desconozco si cometió algún atropello del que tengamos que lamentarnos en el futuro. Ni yo, ni nadie, se entretuvo en revisar el trabajo del pequeño. El último inventario es razonablemente normal (bajas: dos chupetes, un estuche de pinturas (el preferido de Guillermo), una caja pequeña llena de pegatinas y la fotografía de un jedi que debería estar colgada en el cuadro de corcho. Poca cosa).
El caso es que encontré una vieja carpeta de color azul, de esas de cartón y gomas, de las de toda la vida. En color negro, en letra mayúscula, una palabra. Cuentos. La aparté para evitar que Guzmán hiciera una de las suyas y seguí con el trabajo. Cuando acabamos la casa parecía otra bien distinta. Los niños buscaban un libro y lo encontraban; el cinturón naranja de judo que Gonzalo dejó de utilizar hace dos años salió, como por arte de magia, de debajo de un millón setecientos mil muñequitos; Guillermo encontró el dibujo que quería presentar a no sé qué premio del colegio (el plazo de entrega terminaba el veinte de junio, pero del año dos mil cuatro), Guzmán ya no podía comerse los cuadernos de matemáticas de los otros dos. Sensacional.
Después de comer, abrí la carpeta de cartón azul. Escritos a mano, con tinta verde, tal y como hago desde hace muchos años, pude leer textos que había olvidado por completo. Malos, muy malos. Fueron escritos durante el año mil novecientos setenta y nueve. La letra mucho más redonda que la actual, las tramas de los cuentos cursis y, absolutamente, increíbles, llenas de personajes desdibujados y escenarios que no llego a entender como pude imaginar. Unos textos impresentables. Estaba a punto de tirar la carpeta y deshacerme de semejante lacra personal, cuando en una de las cuartillas me llamó la atención un nombre de mujer. No podía creerlo. Es el mismo que el narrador de “La edad de los protagonistas” no llega a desvelar, el nombre real de Sor Corazón de María. El texto es muy breve y describe a esa mujer. Lo más curioso es que me levanté y fui a por un ejemplar de la novela. Busqué la descripción que hace el personaje principal de la monja y me encontré con algo muy parecido, casí igual. Se trata en ambos casos de la misma mujer, del mismo personaje. Asombroso si se tiene en cuenta que pasaron más de veinte años entre la escritura de un texto y otro.
No creo en los fantasmas que asustan a los niños, ni en los que el escritor trata de exterminar al escribir. Prefiero pensar que escribo para explicarme el mundo, lo que me sucede, sin necesidades vitales que tengan que ver con obsesiones imborrables. Pero, desde luego, si esos fantasmas existen, ya tengo uno menos. Al menos eso espero.