El próximo domingo este blog cumplirá un año desde que es La Vida del Revés. Y yo cuarenta y seis. Él vive gracias a mí y yo, en buena parte, gracias a él. Termina el primer año con el contador de hits cerca de los cuarenta y siete mil registros (cosa que no está nada mal para una página de este tipo). Acabo este año con cinco o seis canas en el poco pelo que va quedando (nunca tuve canas, pelo creo que sí), menos fuerza para levantar niños y llevarlos de aquí para allá, la vista algo más cansada y la cabeza amueblada más a mi gusto.
Me gustaría poder decir que este ha sido el mejor año de mi vida. Pero no lo ha sido. Así que me conformo con haber dicho lo que recogen los seiscientos veintiséis textos publicados desde el año dos mil cinco.
Y como estoy de enhorabuena (me siento muy satisfecho del trabajo que he logrado hacer), aquí dejo algunos de mis preferidos. Por supuesto, con buena música para acompañar. Yo me los voy a leer. Si alguien quiere acompañarme…
- No soporto verte con esa cara. ¿Quieres que salgamos? Deberías tomar el aire.
- No, prefiero aguardar aquí.
- ¿Esperas algo o a alguien?
- Derrumbarme. Preferiría estar cómodo cuando suceda. No se me ocurre mejor forma de hacerlo. Fumar sentado en mi sillón preferido es lo poco que me queda. No, no digas nada, por favor, tú a lo tuyo, ya sé que tengo la culpa de todo. Sólo espero algo, no a nadie.
- Lo definitivo siempre llega por el camino más inesperado. Por allí, por donde deberían llegar los desastres o lo oscuro, dice señalando un escaparate en el que se refleja ligeramente.
- Ya. Y ¿cómo se distingue una cosa de otra? Podría ser tan malo como lo demás aunque algo mejor maquillada.
- Sí, pero si fuera así el camino seguiría lleno hasta los topes. Y, mira, está vacío. No hay nada. Si quiero ver tengo que mirarte a ti.
Alguien ha abierto la puerta de la tienda dejando entrar el frío que empaña el cristal.
1. A estas horas visto camisa a cuadros, tejanos y deportivas blancas. Las gafas puestas porque no puede ser ya de otra forma. Reviso un viejo álbum de fotos. Casi todas ellas en blanco y negro. Mi padre que sonríe mientras juega con uno de mis hermanos, toda la familia al pie de una catedral, mi hermano pequeño y yo mismo durante la Expo de Sevilla posando junto a tipo de algún país extraño. Perros que murieron, personas que murieron, casas que ya no existen, el viejo Seat, la primera televisión que llegó a la casa.
Un poco de ceniza cae desde el cigarro hasta el pantalón. Sacudo la tela con la mano aunque no distingo bien si acierto o no a retirarla. Fijo la mirada en la camisa. Parece que los colores se han apagado. Son casi grises. Debe ser la presbicia, pienso.
2. Coloco mis cosas. Las plumas en su sitio, el papel blanco en su sitio, el sacapuntas en su sitio, el cenicero en su sitio, la silla en su sitio. Todo en su sitio. Miro la estampa y me gusta. Busco un lugar desde donde contemplar ese orden, pero me veo obligado a irme. No lo encuentro.
3. Hace días que un presentimiento me atenaza desde la espalda. Sé que está aunque no sabría definirlo. Los escritores vivimos de eso, de presentir, de no saber qué, de intentar explicarnos esas cosas con una estilográfica en la mano. Intuir desde el lenguaje. Eso es escribir.
4. Cuando las ideas para seguir escribiendo escasean lo más prudente es sentarse a esperar. Tarde o temprano alguien vendrá a contarte lo que para él es insignificante y a un escritor le puede suponer poder construir una novela. Para escribir es importante estar dispuesto a escuchar miles de idioteces a cambio de una frase.
5. Mi camisa es blanca y negra. A cuadros. Me quito las gafas despacio. Ya no sirven. Debo ir a graduarme la vista de nuevo. Esta vez lo haré a solas, frente a un espejo, un álbum de fotografías a un lado, mi cuaderno de notas al otro. Y todos los recuerdos que pueda cargar para combinarlos hasta que la tela luzca como debe. Los cuadros de siempre.
Dos puntos americanos y pegamento (sí, así lo han llamado los médicos) es el resultado de la caída de Guillermo en el patio del colegio. Eso y una muela rota. De las de verdad. Las de leche ya fueron recogidas y sustituidas por un billete de cinco euros la misma noche que las perdió.
La abuela Sagrario dice que se está resintiendo de su lesión en el cuello. Está de mal humor y algo más pesada de lo que acostumbra. Paracetamol y poco más. Nicasio y Angelines (los otros abuelos) están fastidiados desde hace tiempo. Cada día un poco peor. Y lo malo es que el paracetamol ya no sirve. La cosa es seria en ambos casos.
Guzmán ha discutido con su amigo Víctor. Me dice la cuidadora que le ha mordido en la mano (Guzmán a Víctor) y que llegará con la marca a casa. Una llamada telefónica a los papás para pedir una disculpa que no creo necesaria, pero que siempre está bien.
Gonzalo tiene una mano que parecen dos. Un balonazo ayer durante el entrenamiento. Medicamento para que remita la inflamación y paracetamol. Insiste en jugar mañana. Por mí que haga lo que quiera porque ya es mayorcito.
La única que se libra es Silvia. Cada día está más guapa. Incómoda y algo más torpe para atarse los cordones de los zapatos. Pero eso es todo. Yo no sé cómo estoy. Prefiero no hacerme preguntas. Supongo que bien. Me he levantado a las seis y sigo en pie. Suficiente.Todo esto, dicho así, podría parecer un calvario. Pero no. La rutina, casi siempre, es una buena noticia. Estar rodeado de niños llenos de heridas y de abuelos llenos de achaques es, al fin y al cabo, estar rodeado de algo. Cuando faltan, unos porque quieren construir su propio mundo y los otros porque han agotado este, cuando faltan, digo, es cuando la cosa se pone fea. La rutina desaparece y estas obligado a fabricar una nueva llena de huecos que no sabes como tapar. Aún hoy, cuando ya han pasado seis años desde que murió mi hermano Antonio (que buen chaval) y casi cuatro desde que lo hizo mi padre (otro buen chaval), no sé muy bien como terminar el día sin que me falte algo por hacer. Echo de menos eso que hacía todos los días y que ya no puede ser.Por eso no me hago preguntas sobre cómo estoy, por eso me conformo con levantarme a las seis de la mañana para repartir niños por los colegios, trabajar un número de horas que ponen los pelos de punta, aprovechar la hora de la comida para encontrarme con Silvia y Guzmán, robar tiempo a mi escritura para ayudar durante el rato de cenas y baños, volver a subirme en el coche para llegar a tiempo a la Escuela de Letras y regresar a casa para charlar con mi mujer, leer un rato y escribir alguna página de la novela en la que trabajo y en este blog. He descubierto que la escritura hace de la rutina algo necesario. No pasa un día sin que cargue la estilográfica con la tinta verde para escribir algunas líneas. Rutina, llena de placer, pero rutina.Sigo en pie a pesar de todo. De los vivos y de los muertos. Prefiero tenerlos a todos por aquí para saber qué es lo que tengo que hacer en cada momento. Y estoy deseando conocer a la joven Gimena (con G, como los demás) para tener un poco más claro cual es el papel que he elegido y para que el día a día se llene un poco más de tareas que impiden sentarse frente a un televisor para perder el tiempo. Nada envidiable para el resto de la humanidad, lo sé, pero a mí me gusta y me permite seguir en pie. Sin tomar paracetamol. Entre otras cosas porque no queda. Ya se lo han ido tomando los niños y los abuelos.
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