ago 29 2013

El problema de trabajar

Se habla mucho, muchísimo, sobre el problema del paro en el mundo entero. Y, además, en España, es una preocupación que trae de cabeza a millones de personas. Ambas cosas, los ríos de tinta vertidos y la preocupación, están más que justificadas. No seré yo quien rebaje un ápice lo que se ha dicho y se sigue diciendo, ni la carga que padecen los que quieren trabajar y no pueden.
Sin embargo, se habla mucho menos del problema del que trabaja. Aunque pudiera parecer una frivolidad lo que voy a decir, creo que es justo echar un vistazo al problema que sufren millones de personas.
Trabajo hace casi veinticinco años. Buena parte de ellos desempeñando funciones directivas y con un grado de responsabilidad importante dentro de las empresas que ha ido creciendo con el tiempo. He vivido más de una crisis económica (no como la actual aunque no fueron fáciles de superar las anteriores). Jamás había vivido un clima tan desasosegador en el conjunto de empresas con las que tengo relación (en la que trabajo o con las que realizo negocios). Jamás había visto desplomarse, no ya empresas, sino seres humanos que no soportan lo que creen que es injusto, indignante y patético. Jamás había observado tanta falta de reacción por parte de los trabajadores. Ahora se sienten desamparados, saben que han perdido buena parte de lo conseguido y que las batallas ya se producen en clara desventaja. No acuden pidiendo auxilio porque no hay donde ir. El desánimo es tan desolador que da miedo. Las empresas se llenan de personas desmotivadas, aturdidas, acobardadas y sin un sólo motivo que les haga seguir por el camino trazado. Ni siquiera saben si hay camino.
Es muy duro trabajar cuando eso, trabajar, se convierte en una carrera de pollos sin cabeza que no dirigen sus esfuerzos a un lugar concreto. Porque muchos de esos empresarios que querían una reforma laboral grandiosa han echado a correr llevando detrás de sí a miles de personas sin saber lo que hacen. Las empresas dirigidas por gente decente no han tenido que modificar sus políticas, ni despedir sin ton ni son. Las empresas dirigidas por buenos profesionales están saliendo adelante agarrando la mano de sus empleados porque de esto se sale en comunión.
Mientras todo iba bien, cuando los malos empresarios podían mover dinero, sus carencias se notaban menos. Pero, ahora, abruman a sus asalariados con órdenes absurdas, carreras alocadas y un palo en alto. Saber que estás en manos de un mediocre es tremendo. Y no hay pocos.
Mientras todo iba bien, hubo empresarios que gastaban sus beneficios en lo que fuera excepto en innovar su empresa, en formar a sus empleados. Saber que trabajas para alguien que ha dilapidado una fortuna y ahora quiere que le saquen las castañas del fuego los demás es indignante. Todos a correr y amenazados. Eso no hay quien lo aguante. Y son pocos los que están dispuestos a trabajar para que otro tenga un cochazo. Porque los que han sacado los pies del tiesto no han sido los que ganan mil doscientos euros. Esos nunca tuvieron la oportunidad. Sin embargo, se les echa la culpa de todo. Son vagos, se ponen malos, quieren tener derechos (algunos siempre hubo, pero la mayoría es gente honesta que se esfuerza lo que debe o más). Lo que no aparece en la prensa es que los empresarios pueden ser tan vagos como sus trabajadores, no se ponen enfermos y no aparecen por la oficina y creen tener el derecho a destrozar la vida de los demás para que la suya propia sea un lujo continuo.
Amenazas de despido, presiones insoportables. Eso es lo que hay. Todo se quiere hacer deprisa y corriendo sin que el plan sea coherente porque, muchas veces, no hay plan. Tal vez el único sea mantener un nivel de vida a costa de rebajas en los sueldos, despidos baratos o modificación de los horarios. ¿Cuándo se van a enterar de que una persona desmotivada puede estar sentada en su silla seis horas más sin rendir? El problema es tener un futuro dibujado o no. Si no existe es imposible sacar un mínimo rendimiento de la persona.
En cualquier organización en la que los empleados miran las sillas de los demás para saber si ha habido más despidos, en la que los veteranos se llevan las manos a la cabeza cuando se rodean de personas sin experiencia que llegan ganando una miseria creyendo que el mundo es suyo, en la que la cultura del miedo se impone; es imposible que las cosas vayan a mejor.
La desolación no es buena compañera de viaje. Ni la amenaza. Ni la prepotencia. Ni la ostentación. ¿Cómo alguien puede pedir esfuerzos estrenando un reloj de seis euros que eran los últimos que había en la caja?
Trabajar es un lujo para muchos. Para muchos una tortura. Es increíble, pero es así. En el momento en que ni los unos ni los otros tienen claro el futuro propio o el de sus hijos, se hace imposible que las cosas sean lo que deberían ser.
Los políticos hablan de grandes problemas. Los curas hablan de grandes problemas. Los empresarios hablan de grandes problemas. Todos hablan de sus problemas que no son otros que tener dinero a mano para gastar. De los pequeños problemas, de los de usted o de los míos, nadie habla salvo usted o yo. Y eso es una carga muy difícil de llevar.
Trabajar debería ser algo bueno. Al menos, algo mejor que no hacerlo. Y, sin embargo, parece la misma cosa tremenda y odiosa. Han conseguido algo que parece increíble. La fuerza de la codicia es tal que no han dejado títere con cabeza. ¿Les puede alguien avisar de que se van a morir igual?


oct 28 2009

Lo que nos espera después de la muerte

– ¿Por qué insistes en quererle? Él no te ama, no ha sabido perdonarte, a cualquier problema le pone tu nombre. Si continuas por ese camino terminarás despeñándote.
– Insisto en sobrevivir.
– ¿Fingir un amor maravilloso es lo que se te ocurre para salir adelante?
– Tengo el corazón seco, cuarteado. Estando con él, al menos, sé que nadie más podrá hacerme daño. Ya me he acostumbrado a este daño.
– Te estás matando.
– No, eso ya pasó hace mucho tiempo. Ahora lo que espero es tener un momento de paz.


dic 30 2008

Aristas

Nos empeñamos en querer sin saber que buscamos una vida a la medida.
Amar a otro no tiene condiciones, querer puede tener tantas como uno desee.
Nos encanta poder querer a otro para que el entorno se muestre simpático, agradable, acogedor.
Amar es entrega absoluta, rechazar parte de nosotros cueste lo que cueste. Amar es disfrutar de todo, sufrir por todo. Inalcanzable casi siempre.
Querer es dibujar una vida que marca el contorno del yo. No del tú.
No entendemos cómo no podemos hacerlo. Ni amar ni querer. Y fabricamos con trampas un querer mentiroso, enano y cicatero. Nunca el amor. Ese no se fabrica en un rato. Se construye durante toda una vida.
Podemos afirmar un amor infinito sin percibir que nuestro ademán dice justo lo contrario. El que ama sabe que tiene prohibido esto o aquello. Nunca hacer daño, nunca interpretar el dolor ajeno como algo que no le afecta, no fallar nunca. Esas son las aristas con las que pelea el que ama. El que tan sólo quiere no lucha con ellas porque le defienden. Le defienden del miedo a amar.