mar 28 2013

Reflejos

G. viaja en el autobús. Se ve reflejado en el cristal. Es como si corriera mucho por el paseo más amplio de la ciudad. Mira los escaparates de las tiendas y antes de poder fijarse en un cinturón o una bufanda se ve a sí mismo. Un reflejo vestido con lo que más desea por navidad sin pagar un duro. Pasea por el parque. Se acerca hasta el estanque para dar algo de pan duro a los patos. Y allí está él flotando como si nada. Vestido y sin mojarse.
Cuando llega a casa, G. se quita el abrigo, lo sacude con cuidado y lo deja en el perchero. Se mira en el espejo. La imagen es muy difusa. Suspira. Vuelve a coger el abrigo y sale refunfuñando por la puerta. Siempre olvida recoger las imágenes que va dejando al pensar.


feb 1 2012

Dirección equivocada

Sé que la dirección era otra. Y, sin embargo, continúo. Antes caminaba apretando los dientes, creyendo que no había nada en este mundo que pudiera conmigo. Es por allí, no me puedo equivocar, me decía cada mañana. No contaba con algo tan simple como que, habiendo perdido un par de pilares fundamentales, la estructura se acaba derrumbando. Cuando alguien termina arrastrando ruinas en lugar de recuerdos su futuro se encuentra en una escombrera. Es así de sencillo. Y por más esfuerzos que haga, por más vueltas inverosímiles que dé por el camino, el destino es uno solo.
Sé que la dirección era otra. Lo sé. Pero pensé que camino del infierno encontraría lugares en los que alguien podría tener una palabra de consuelo, un gesto amable. Pronto descubrí que el trayecto tendría que hacerlo a solas, que nadie quiere al lado algo que huela a sufrimiento. Y menos a puro azufre. Las gentes están en otros caminos más cómodos. Este se encuentra vacío desde el principio.
Así que esto era la soledad. Nadie se acuerda de lo que fuiste. Tan sólo lo hace para justificar que ya no está a tu lado. Una paradoja repugnante.
Sé que la dirección era otra. Ahora lo sé. Tarde.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jun 5 2010

Todos contentos

A finales de los años cincuenta, el trompetista Donald Byrd reunía a su quinteto en cualquier sala de fiestas para interpretar jazz del bueno. No era necesario hacer grandes despliegues. Si había un piano en el local era suficiente. El resto de instrumentos se podían llevar de un sitio a otro con facilidad. Tampoco era necesario que la sala fuera más o menos grande. Si había un techo era suficiente. Y en cualquier sitio eran capaces de mezclar el himno nacional francés con lo más duro del jazz que sonaba por aquel entonces y una buena dosis del swing que se arrastraba de forma inevitable por algunas bandas. El resultado era un enloquecido viaje por las carreteras francesas, lleno de baches al romperse el fraseo de unos instrumentos que no dejaban de dialogar. Un lujo poder escuchar a esta gente. Un lujo porque hacían música disfrutando cada nota permitiendo que el que escuchara pudiera hacer lo mismo.Algo similar a lo que pasa con los libros. Nunca puede ser lo mismo una novela escrita por encargo para ganar un premio (si es que esto ocurre) que otra escrita con el afán de hacer buena literatura. El autor de la primera estará haciendo dinero, sólo eso, cosa, por otra parte envidiable tal y como están las cosas. Confieso que me encantaría poder vivir de la escritura aunque siempre cedo ante una forma de entender el mundo que impedirá a mis hijos ser muchachos adinerados mientras dependan de mí. Es triste que hacer literatura no tenga nada que ver con hacer dinero aunque sea poco.Esa manera de vivir que tantos disgustos me da y que tiene “mosca” al director de la oficina bancaria en la que tengo domiciliados los recibos de la hipoteca, tiene que ver con seguir disfrutando cuando me siento frente a mis folios cuadriculados y empiezo a escribir pensando (sin dejar de hacerlo ni un minuto) que la escritura puede y debe organizar el mundo, que el hombre no puede prescindir del relato, de explicarse a sí mismo. Todo puede faltar excepto una razón de ser. Y eso lo aporta la literatura se pongan como se pongan los que se empeñan en ningunear el mundo de las letras. Ignorantes y bobos. Eso es lo que son. No hay nada parecido a sentarse junto a un par de amigos para charlar de este libro o de aquel otro. Sabes que, en realidad, estás haciendo un ejercicio reflexivo que trata de ti mismo, de tu paso por un mundo hostil que no representa nada salvo que lo llenes de preguntas que te sitúen ante otras y estas ante otro puñado de cuestiones. Quien no se pregunta no vive. Y es que el escritor ha de cuestionarse todo lo que ve. Sin excepción. Este oficio tiene poco que ver con contar historias o ganar premios literarios. De lo que se trata es de construir desde el pensamiento y dejarlo plasmado en un papel. Además, -“más difícil todavía”- en el caso de los novelistas, desde la ficción.Las estadísticas dicen que las profesiones menos deseadas por los padres para sus hijos son la de policía y la de escritor. Me lo decía hace un par de días mi buen amigo Jesús Ferrero. Entre risas y poniendo cara de “la que te espera, amigo, con lo que tienes en casa”. Sin embargo, todo el mundo parece querer ser escritor a toda costa. La pena es que muchos lo que quieren es ganar premios literarios y aparecer en la televisión. Qué equivocación tan estúpida. Los que quieran serlo, pero serlo de verdad, deberían empezar por no pensar en publicar o por olvidar el color de los billetes de quinientos euros, más que nada porque no los iban a ver ni en pintura; porque reflexionar sobre el mundo, sobre uno mismo, no da un duro.Sin embargo, lo que nadie puede rebajar de valor (ni siquiera los que ganan premios sin hacer literatura aunque escriban libros) es el placer que le produce a un escritor de los de verdad, de esos que siempre se llamaron “de raza”, sentarse frente a un papel sabiendo que el mundo va a cambiar poco después.Para los escritores de verdad la cosa es más sencilla de lo que puede parecer. Si hay un techo bajo el que poder escribir no hace falta mucho más. Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno. Poco más o menos que lo que les pasaba a los chicos del quinteto que acompañaban a Byrd. Todos contentos, sin un duro y olvidados (salvo el propio Byrd), pero vivitos y coleando hasta después de muertos. ¿Quién se acuerda del contrabajista Dog Watkins, del pianista Walter Davis Jr. o de Art Taylor? Una gozada de la que pocos pueden disfrutar.


may 24 2010

Sociedad ecológica

Las bombillas incandescentes se diferencian de las de bajo consumo en que iluminan más y más rápido. Consumen mucha energía (las incandescentes) y son mucho más contaminantes, pero alumbran de maravilla. Yo, que comienzo a tener problemas con la vista, agradezco mucho leer con una luz suficiente e instantánea. Eso de esperar a que la bombilla termine de dar luz y que sea una luz menor me gusta poco.

Lo mismo me pasó siempre con los profesores. A mí me gustaban los incandescentes. Desde el principio te envolvían en un discurso casi violento por su potencia. Faltar a una de sus clases era perder una oportunidad. Lo que no sabía nunca es qué me perdía, pero era algo seguro. Consumían mucha energía del alumno. Eran altamente contaminantes porque te marcaban la forma de pensar. Eran el antes y el después de un pensamiento desordenado o enano. Eran enormes. Una sola frase, una sola, era suficiente para salir de su aula con la mente acelerada. Eso era luz y no de las bombillas de bajo consumo.
Y, más de lo mismo, me pasó con los escritores mientras fui joven. Esos que alumbran menos aunque duran más (escritores de best sellers o los que encuentran un hueco en el que mantenerse durante años escribiendo libros y libros, mediocres y mediocres) no me interesaron nunca. Me gustaba abrir el volumen y deslumbrarme para siempre. Y cuando digo para siempre me refiero a para siempre. Hoy sigo estándolo con algunas novelas leídas hace ya muchos años.
No sé si las bombillas incandescentes son tan malas como dicen. No lo sé. Lo que sí puedo afirmar es que las de bajo consumo me impiden leer como quisiera. Los malos profesores (los de bajo consumo) me impidieron mirar las cosas como era preciso. Y los malos escritores hacen que la gente se convierta en bombillas de bajo consumo. Total, que al final, alguien se ha salido con la suya. Todos somos bombillas maluchas para que nadie vea las cosas con claridad. Qué cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 21 2010

Soledad deseada o no

No creo que exista algo más placentero que la soledad deseada. Eso que te protege del mundo cuando todo se hace hostil, incómodo o ajeno. Eso que te permite sentir que yo soy yo, que lo importante tiene que ver conmigo porque si falto el resto desaparece por siempre jamás.

Querer estar solo, ser solo Llega en el momento de asumir algunas cosas como lo que son, estafas que se convirtieron hace mucho tiempo en forma de vivir.
¿Qué es eso de amar sin límites, amar sin esperar nada a cambio? ¿Qué es eso de entrega total cuando se ama? Si no se ama de esa forma ¿no es amor lo que se maneja? ¿No será que el amor tiene más de nuestra propia vocación (el deseo de ser infinitos cuando somos todo lo contrario) que ese ser por otro o por cualquier otra cosa? El ser humano quiere ser por siempre, por eso se reproduce, por eso quiere a uno y no a otro, por eso desea ser más. Podemos disfrazarlo con amores enormes, con trabajos titánicos, pero lo que queremos es perdurar de forma constante.
Si alguien se plantea algo así necesita de la soledad. Cuando asaltan las dudas, cuando nos planteamos los porqués. ¿Qué pinto yo intentando tener importancia en este mundo? ¿Dónde me lleva semejante idiotez? La soledad es reflexión, es mirar al espejo en el que se puede ver el mismo cadáver de siempre, el mismo que adoramos con frenesí, ese que es (este sí que lo es) nuestro amor verdadero. La soledad es querer ver siempre un rostro en ese espejo. Cuando no sea el mío que sea el de mis genes ordenados de forma parecida, en un volumen leído por muchos, en un epitafio que resuma un esfuerzo.
La única forma de ser es estar solo. Preguntarse contestando con la siguiente cuestión que aparece obligada. Si llegamos al punto en que una contestación sirve y zanja, el camino fue el equivocado. Soledad es sentir que vives, que mueres, que nada quedará salvo un recuerdo en otro. Soledad es verdad. Es yo.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 20 2010

Reflexión enana sobre el perdón

Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.

Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 5 2010

Decidir

Hay que tomar una decisión. Por mucho que hayas pensado, por más vueltas que dieses durante horas o días, la decisión es cosa de un instante. Sí o no. Esto o aquello. Me quedo o continúo. Un instante y tu vida es otra, te quedas atrás para ser nuevo, el resto es ahora o tremendamente antiguo. No, sí, dudo. No te pegues un tiro que ya me lo pego yo por ti. Decidimos. Morimos. Nacemos. Nos convertimos en un recuerdo. Volvemos a ser. Desaparecemos. Matamos. Un instante. Una vida detrás. Lo incierto por delante.
Un gesto, un ataque de humildad, pura soberbia o ira. Da igual lo que te domine en ese momento. La decisión se toma igual. Y la vida cambia igual. Y morimos un poco igual, errando o acertando. Renunciamos sin saber porqué, pero lo hacemos. Señalamos el lugar equivocado intuyendo que nada tendrá solución, pero extendemos el dedo porque toca jugar a la vida.
Un instante. Una decisión. La espalda o un abrazo. Y así llegamos a ser.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


may 2 2010

Caminando despacio

Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Y ahora, con papel y ceras, voy a dibujar algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 14 2010

Al cuartelillo

Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


abr 11 2010

Pesadilla

G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.

G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.

Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano