Hay que tomar una decisión. Por mucho que hayas pensado, por más vueltas que dieses durante horas o días, la decisión es cosa de un instante. Sí o no. Esto o aquello. Me quedo o continúo. Un instante y tu vida es otra, te quedas atrás para ser nuevo, el resto es ahora o tremendamente antiguo. No, sí, dudo. No te pegues un tiro que ya me lo pego yo por ti. Decidimos. Morimos. Nacemos. Nos convertimos en un recuerdo. Volvemos a ser. Desaparecemos. Matamos. Un instante. Una vida detrás. Lo incierto por delante.
Un gesto, un ataque de humildad, pura soberbia o ira. Da igual lo que te domine en ese momento. La decisión se toma igual. Y la vida cambia igual. Y morimos un poco igual, errando o acertando. Renunciamos sin saber porqué, pero lo hacemos. Señalamos el lugar equivocado intuyendo que nada tendrá solución, pero extendemos el dedo porque toca jugar a la vida.
Un instante. Una decisión. La espalda o un abrazo. Y así llegamos a ser.
Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.
G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.
Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.