may 12 2011

Adivina, adivinanza, ¿quién es más capullo?

Día 1
– Te empeñas en quererme. Y eso no funciona así. Amar no es cosa de esfuerzos.
– No sabes lo que dices. Hasta para amar es necesario entrenar y saber hacerlo.
– Pues yo lo he intentado un millón de veces contigo y no he sido capaz.
– ¿Sabes la diferencia entre odiar y amar? Espera, espera, no contestes. Odiar se puede hacer sin más como vas a comprobar ahora mismo, gilipollas.

Día 2
– ¿Me perdonas? Lo del jarrón en la cabeza fue un pronto.
– ¿Y lo de tirarme la ropa por la ventana?
– Eso fue por rabia. Venga, encima que me arrastro.
– Sigo entrenando.
– Te odio.

Día 3
– Fue un pronto.
– Eso se lo cuenta usted al juez.
– ¿Dónde le llevan?
– ¿A usted que le parece? Venga le doy un par de pistas. Va a tener un montón de amiguitos alrededor. Y va a estar más que tranquilo.


may 24 2010

Sociedad ecológica

Las bombillas incandescentes se diferencian de las de bajo consumo en que iluminan más y más rápido. Consumen mucha energía (las incandescentes) y son mucho más contaminantes, pero alumbran de maravilla. Yo, que comienzo a tener problemas con la vista, agradezco mucho leer con una luz suficiente e instantánea. Eso de esperar a que la bombilla termine de dar luz y que sea una luz menor me gusta poco.

Lo mismo me pasó siempre con los profesores. A mí me gustaban los incandescentes. Desde el principio te envolvían en un discurso casi violento por su potencia. Faltar a una de sus clases era perder una oportunidad. Lo que no sabía nunca es qué me perdía, pero era algo seguro. Consumían mucha energía del alumno. Eran altamente contaminantes porque te marcaban la forma de pensar. Eran el antes y el después de un pensamiento desordenado o enano. Eran enormes. Una sola frase, una sola, era suficiente para salir de su aula con la mente acelerada. Eso era luz y no de las bombillas de bajo consumo.
Y, más de lo mismo, me pasó con los escritores mientras fui joven. Esos que alumbran menos aunque duran más (escritores de best sellers o los que encuentran un hueco en el que mantenerse durante años escribiendo libros y libros, mediocres y mediocres) no me interesaron nunca. Me gustaba abrir el volumen y deslumbrarme para siempre. Y cuando digo para siempre me refiero a para siempre. Hoy sigo estándolo con algunas novelas leídas hace ya muchos años.
No sé si las bombillas incandescentes son tan malas como dicen. No lo sé. Lo que sí puedo afirmar es que las de bajo consumo me impiden leer como quisiera. Los malos profesores (los de bajo consumo) me impidieron mirar las cosas como era preciso. Y los malos escritores hacen que la gente se convierta en bombillas de bajo consumo. Total, que al final, alguien se ha salido con la suya. Todos somos bombillas maluchas para que nadie vea las cosas con claridad. Qué cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 18 2006

Ocas

Me gustan las mujeres gordas. Siempre he sentido una atracción incontrolable por ellas. Mi madre era una obesa colosal, mi primera esposa jamás pesó menos de cien kilos, incluso la chica que limpia la casa tiene un sobrepeso bastante inquietante e inservible. Creo que cualquier día de estos le va a dar un síncope después de fregar el suelo. Respira como una cerda, como me gusta a mí.Por eso me casé con Adela. Era gorda cuando la conocí. Ahora ya no se puede mover de la cama. Desnuda, sudando, dejando que las grasas llenen la cama entera, así es como me gusta disfrutar de ella. No deja de comer durante todo el día. Cuando no está liada con un trozo de carne enorme, está comiendo pastas de té. Si no come, duerme. Sólo durante un par de horas al día se dedica a llorar. Nada importante. Cuando escucho el llanto, ordeno que suban una buena dosis de hidratos de carbono. Es lo mejor para contener unas lágrimas estúpidas.Adela es como una oca. La miro y puedo imaginar cómo su hígado se está haciendo enorme, siempre metida en la habitación que tanto deseó ocupar, me dan ganas de meterle un embudo lleno de comida triturada en la boca y empujar con fuerza. Cómo me gustaría lograr que reventase. La mejor muerte para una gorda es esa, no un paro cardiaco como el de mi primera mujer. Esa es una muerte absurda. Nada puede hacerse con tanta carne muerta. Todo lo que ocurre en la vida ha de tener un sentido. Morir de cualquier cosa es triste. Nadie debería pasar por algo así. Y es un desperdicio. Habrá que esperar a que llegue el momento adecuado.Me considero un buen tipo, quizás el único que he conocido en mi vida, nunca he podido soportar un sufrimiento vano. Una mujer gorda lo tiene difícil. Ni gusta, ni se gusta, ni tiene las mismas opciones que las chicas normales y corrientes. Siempre quise estar casado con una gorda porque me parece un acto de caridad. Cebar un cuerpo deforme para convertirlo en una obra de arte, hacer de un sollozo un sonido animal, conseguir que la grasa sirva de algo. Eso está al alcance de unos pocos, de los que tenemos aún una pizca de humanidad con los que la mala suerte se ha cebado. Todo es cebar o cebarse.Además, siempre fue más fácil poderse arrimar a ellas y no a las que presumen de ser guapas y delgadas. A esas parece que sólo tienen acceso algunos. Si supieran lo que soy capaz de hacer con un cuerpo se lo pensarían. Seguro.En la alacena están colocadas las latas. Una bonita imagen. Juntas las del mismo color. Las del mismo sabor. Esperar, cebar, disfrutar de los sabores desconocidos para otros, cuidar de los cuerpos condenados a no ser más que motivo de mofa y convertirlos en algo útil. Todo lo que ocurre en la vida ha de tener un sentido. Y sólo los mejores podemos encontrarlo.


dic 12 2006

Feliz noche cualquiera

De todos esos que hemos conocido, esos que tuvimos por buenos amigos y de los que no somos capaces de recordar su nombre o su rostro con claridad; de esos apenas queda una duda sobre lo que representa el pasado.Amistad, palabra gruesa y traicionera. En cuanto podemos la colocamos al lado de alguien para sentir que nos arropa, que no estamos solos y que hará por nosotros cualquier cosa cuando el mundo se ponga enfrente con hostilidad. Del mismo modo que deseamos un coche estupendo o una inteligencia prodigiosa, necesitamos creer que estamos rodeados de grandes amigos.Como casi siempre, es el paso del tiempo lo que hace que se diluya una niebla trenzada con ilusiones, promesas absurdas, mentiras y deseos que estuvieron un instante antes de convertirse en otra decepción.Sólo los amigos que se hicieron al margen de lo material, los que compartieron los desastres de antes y siguen haciéndolo con los de ahora, los que son capaces de dar un giro a su vida pensando en la del otro, los que no preguntan cuando les pides que hagan esto o aquello, sólo esos son. Pocos, muy pocos. Podemos recordar su nombre aunque pase un siglo y hasta el último rasgo de su rostro porque están en el lugar que esperamos encontrarlos. Nunca se equivocan. El resto, los que toman copas alguna vez y ríen tus gracias, los que te animan a hacer alguna locura y se esconden por si las moscas, los que dicen quererte aunque te están haciendo trizas en cuanto desapareces, esos, no son nada.Siempre he sido hombre de pocos amigos. Los que han aguantado el paso de los años ahí siguen, sin moverse ni un milímetro, en la vieja fotografía que nos hicimos en la playa mientras pensábamos en todo lo que no fuera el futuro; seguimos sin llamarnos en navidades porque nos pareció siempre estúpido y preferimos que la única conversación del año se produzca en el momento más inesperado, cuando hace falta.Esta noche millones de personas jugarán a quererse más que nunca, comerán cantidades improbables de gambas, el vino hará que canten y crean ser los más mejores amigos del resto de la humanidad. Qué idiotez.Como me voy haciendo mayor, hoy estoy especialmente satisfecho. Cenaré en casa. Con mi mujer, mis hijos y la abuela Sagrario. De una madre, afortundamente, no se puede ser amigo. Del mismo modo que no puedes serlo de los hijos. Cuando eres hijo o padre el papel se reduce a ese. Nada más. Así que cenaré con la familia. Y con Silvia, mi esposa. Como de costumbre está donde toca. Nunca se equivoca. Es la única amiga que se sentará a la mesa. Y, como no hay nada que demostrar porque hemos hecho la tarea durante todo el año, nos acostaremos pronto. Nada de jugar a la amistad. Ya lo hice siendo joven con otros para, ahora, no acordarme de sus nombres, ni de sus caras. Una cena. Una noche más. Tan sagrada como cualquier otra.


may 31 2006

7.15 A.M.

Logro relajar los músculos. Por primera vez durante el día.
Escucho un disco de Oscar Peterson. Y eso ayuda.
Desde las siete y cuarto de la mañana en movimiento. Carreras de un sitio a otro. Cruzar Madrid de punta a punta un par de veces. Niños en brazos. Dos partidos de fútbol. Dos derrotas. Enfados. Baños, cenas.
Ahora, con un cigarro encendido entre los dedos, a medio fumar, logro relajar los músculos. Los que están cercanos al cuello se resisten. Cierro los ojos pensando en la siguiente frase, en lo que quiero decir exactamente.
Ya duele menos porque el cansancio disimula la tensión.
Las ideas se van alborotando. Como los niños que quieren ser los primeros en salir a jugar.
Podría dormirme, pero quiero buscar un poema de Octavio Paz.
Recuerdo un par de versos. Sólo dos. Lo mucho que me permito desde siempre.
“Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.”
La pasión por vivir, por una letra, por un cuerpo, por ti mismo. Por lo que piensas. Eso salva y permite seguir adelante. Si puedo mirar así, como el poeta, las siete y cuarto de la mañana es la hora que marca cada minuto. El despertar continuo. Mirar un mundo nuevo siempre. Por descubrir. Para descubrirme.
La fatiga derramada desde los hombros. Otro cigarro esperando el sonido de la corneta. A las siete y cuarto en la puerta amarilla con Guzmán moviendo su manita. Hasta que duela ese músculo que se agrieta para que pueda pensar en mí.


may 28 2006

De todos los colores

Ahora los días son más largos. Todo parece moverse con otra gracia, con una vitalidad acumulada durante meses. Los niños corretean mientras los adultos van paseando con cierta despreocupación, los ancianos siguen sentados en el mismo banco de siempre aunque sonríen. Supongo que se sienten más acompañados. Guzmán juega con la tierra. Llena su cubo de plástico y lo vuelca una y otra vez. Lo llena con el cuidado del artista y lo vacía sobre sí mismo con la fiereza de un niño. Cada dos por tres se acerca y me pide que le quite los zapatos. Le molesta la arena.
Encuentra un amigo armado con cubo y pala propios. Se sientan. Juegan uno junto al otro. La mamá de Alfredo (me ha parecido que le llamaba así) se queda junto a los pequeños. Aprovecho para sacar de la bolsa el ejemplar de “Mao. La historia desconocida”. Menuda alhaja este Mao. Setenta millones de muertos a sus espaldas. Stalin, Hitler, Pinochet o Franco parecen angelitos a su lado. El libro es muy interesante. Eso sí, algunas páginas ponen los pelos de punta. Lo firman Jung Chang y su marido Jon Halliday.
Voy leyendo y, de vez en cuando, miro a Guzmán. Sigue a lo suyo. Aprovecho para anotar alguna cosa al margen o pequeñas reflexiones en la agenda. No entiendo cómo han podido ocurrir cosas como las que se describen en este libro. Alzo la vista para pensar.
Una pareja camina junto a su hijo. Debe tener la misma edad que el joven Guzmán. Corre moviendo todas y cada una de las partes de su cuerpecito. Lleva en la mano una piedra que tira sin ton ni son. Los padres charlan. Tranquilos. Observando a su pequeño. Y pienso en lo privilegiados que nos podemos sentir. Y en la cantidad de personas que llegan cada día a las costas españolas. Quieren vivir así. Los cayucos son el resultado de la desidia occidental. Dejamos que se mueran de hambre, que gentes como Mao gobiernen para aniquilar todo y a todos los que representan un obstáculo por pequeño que sea. Mientras, paseamos tranquilos.
Se aproxima un perro al niño. Se ríe nervioso. Los padres le dicen que no pasa nada. El dueño deja que el niño acaricie al perro. Continua poco después. Se acercan tres chavales. Pantalones anchos, todos con gorra. Parecen sudamericanos. Los padres buscan al pequeño y le sientan en el cochecito. Miran con cierto recelo a los tres chicos que hablan entre ellos. Uno hace un gesto al niño. Cariñoso. Los padres no hacen caso. Se van. Pero el niño mira al muchacho que repite el gesto y ríe.
Mao, Stalin o Hitler hicieron creer a su pueblo que lo que hacían era lo justo, que era por el bien de todos, que no se trataba de ninguna salvajada eso de matar al que protestaba o era judío. Los ministerios de propaganda eran certeros, infalibles. A nosotros nos están enseñando que lo de fuera es un peligro, que esto es una invasión. Ya veremos cómo acaba este asunto. Mientras nos sintamos más seguros rodeados de perros que de chavales vestidos de forma extravagante la cosa no podrá arreglarse de ninguna manera. Nos gusta tener a esa gente recogiendo alcachofas porque no queremos hacerlo nosotros. Cobran una miseria y nos da lo mismo. Miramos hacia otro lado cuando sabemos que viven como piojos en pisos alquilados por amigos o conocidos. Si les vemos a distancia mejor. La chica que ayuda en casa ha de ganar poco y si se va a otro sitio porque le pagan más decimos que es una desagradecida y una lista. Claro, claro, qué buenos somos. Son ellos los desvergonzados.
Algunos de los que llegan son unos indeseables. Eso es seguro. Me gustaría que les metieran en un avión y les llevasen de regreso a no sé qué sitio. Pero, del mismo modo, me encantaría que dejaran de venderme a los inmigrantes como si fueran el demonio. Mala gente siempre hubo. De todos los colores. Y buena. De todos los colores también. La gente necesita una oportunidad. No podemos dejar que se mueran del asco. O los dejamos llegar hasta nosotros o les financiamos lo que haga falta para que puedan vivir decentemente. Lo más gracioso de todo es que en un país en el que se declara católico un buen número de habitantes pasen estas cosas. Ya dijo alguien que lo peor del cristianismo eran los cristianos. Se nos olvida (a los cristianos) que Dios no entiende de papeles. Igual me borro y me fabrico una religión. Ganas no me faltan.

Guzmán vuelca un cubo de arena sobre el otro niño. Uno llora y el otro se parte de risa. Acudo para disculparme. Acaricio al agredido que se calma. Le digo a Guzmán que nos vamos. Besa al otro niño, dice adiós. Alfredo responde de la misma forma. Se nota que no escuchan a los políticos. Ojalá les dure mucho.


may 21 2006

Libros esperando su turno

Son muchos lo libros que me recomiendan al cabo del año. No son tantos los que puedo leer. La falta de tiempo es grande, la selección obligatoria a causa del trabajo hace que prescinda de algunos títulos y un buen número de esas recomendaciones, simplemente, las paso por alto.
Con las novelas o los poemarios que me interesan, pero para los que no encuentro un hueco, voy construyendo una pila que descansa sobre el suelo. Llega al borde de la mesa. A veces, cuando dejo de escribir, alargo el brazo y cojo el primero del montón. Esto hace que los más antiguos sigan a la espera porque ocupan los lugares más cercanos al suelo. Algunos me dejan de interesar muy pronto, otros los leo despacio, a ratos.
Hace unos días invertí el orden del montón. En la zona más alta quedó colocado un libro de Menchu Gutiérrez, “Disección de una tormenta”, editado por Siruela. Es una novela breve, poco más de cien páginas. Creo que fue la propia editora la que me dijo que no podía dejar de leer ese libro. El caso es que no fui capaz de parar hasta la última página. Se trata de una novela magnífica. La literatura de Menchu Gutiérrez es un caso extraño (siempre pensé que eso era una rareza) en el que se entremezclan los lenguajes narrativo y poético sin que el resultado sea un desastre.
Al acabar, lo dejé en el mismo lugar. Tengo que volver a leer las ciento y pocas páginas de ese libro. Me lo pide el cuerpo y, seguramente, la pluma que rebosa tinta verde.