dic 17 2012

Cosa de niños

En algún momento de la eternidad, en algún lugar del infinito…
– Tío Dios, tío Dios, ¿puedo jugar con tus cosas?
– Sí, sí, pero no revuelvas más de la cuenta.
– ¿Qué es esta caja, tío?
– Vaya, hacía mucho que no veía este juego. Me lo regaló tu, padre. ¿Lo ves? Aquí dice para Dios esperando que lo disfrute. De su buen amigo Satán. Juega con cuidado porque es muy antiguo y me gusta conservar las cosas.
– ¿Puedo jugar a las guerras, tío? Porfa, porfa, porfa.
– Esta bien, pero con cuidado. Las fichas que se vayan estropeando me las dejas aquí, a mi derecha, que luego las tengo que guardar en esa otra caja.
– ¿En esa?
– Sí, me gusta reciclar. Ah, y no dejes que se caliente mucho el motor. Cuando aparezca un dibujo con forma de seta te paras porque si no se estropea todo.


jul 29 2010

Pensar y callar

Hay asuntos sobre los que procuro no hablar. Me parece que la prudencia debe estar por encima de opiniones, casi siempre viscerales, acerca de, por ejemplo, el aborto o las creencias religiosas de los otros.
Decir “estoy a favor del aborto” o “el aborto es un crimen” es lo mismo que no decir nada. Decir “Dios existe, lo sé porque tengo fe” o “Dios es una patraña inventada por el hombre para no sentir terror ante la muerte” es hablar por hablar y, seguramente, sin saber bien lo que uno dice. Abortar es una tragedia humana; de Dios no se puede hablar sin saber que hay que hacerlo desde lo más profundo del hombre (de lo humano que tenemos todos). Cada cual que diga lo que quiera, se engañe como quiera, tranquilice su pensar como quiera o acierte si es que eso es posible.
El caso es que me hago preguntas que me llevan a otras mucho más difíciles de contestar.
Una muchacha de dieciséis años, ¿es capaz de decidir (a solas) sobre un asunto tan importante? ¿No será necesario que los padres intervengan? ¿No va siendo hora de tratar este asunto como una tragedia personal y no como un pecado mortal que te arrastra lejos de la ética y la moral? ¿Dónde se encuentra el límite (si es que lo hay) entre lo que es una personita y lo que llamamos feto para evitar referirnos a un ser vivo de forma clara? ¿Es este el camino correcto para evitar que una mujer joven tenga que pasar un calvario de esa magnitud? ¿Nos estamos haciendo los muertos y nos dedicamos (sólo) a opinar después de cenar con los amigos o estamos realmente involucrados en el asunto?
Todas estas preguntas llevan a otras mucho más difíciles. Yo no sabría contestar ni una sola de ellas sin que, al mismo tiempo, me asaltaran dudas sobre lo dicho. Los políticos me temo que tampoco. Ni los curas que agarran la teología para convertirla en derecho canónico (eso es matar una religión).
Por esa misma razón, me irrita la contestación que se ha puesto de moda. Cada uno que haga lo que quiera. Eso es una idiotez. Es como si discutiéramos sobre los timos, la piratería informática, la pena de muerte o un crimen y dijéramos “nada, nada, cada cual que haga lo que crea que debe hacer”. Las cosas nunca funcionaron así.
Cuando me preguntan si puedo explicar lo que es Dios suelo contestar que eso es imposible, y que si alguien lo intenta es que no lo sabe ni lo que dice, y que si te crees a Dios porque alguien te lo ha explicado mal asunto. Es decir, no contesto. Creo que es lo mejor. Y les garantizo que tengo bastante claro el tema. No hace falta decir que imponer a Dios me parece lo más lamentable que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Tanto como negarle la posibilidad de acercarse a la religión.
Quizás ha llegado el momento de pensar y escuchar a los que saben, a los de un lado y a los del otro, aunque sea poco lo que digan o se limiten a no contestar salvo con una pregunta (que, por otra parte, es una muy buena forma de hacerlo). Pensar y escuchar. Dejar de buscar votos con asuntos tan serios o de negar la posibilidad de salvaciones eternas con la vida resuelta a base de potenciar el miedo de los demás.


jul 14 2010

Intocable

El ser humano siempre ha querido parecerse a Dios. Sea lo que sea. Es decir, el hombre siempre deseó, por encima de todas las cosas, ser inmortal.
Nos gustaría que tiempo y espacio desaparecieran dejando crecer ese lugar al que nuestro alma regresara para volver a vivir. Una y otra vez. Una y otra vez. Necesitamos nuestro propio Oblivion ( Piazzola lo construyó de este modo tan magistral. Escuchen).


Quisiéramos que el amor entregado y recibido fuera eterno, que nuestros hijos volvieran a ser nuestros hijos después de muertos y en las mismas condiciones, poder rectificar nuestros errores para llegar a la perfección.
Queremos que Dios se convierta en reflejo de nuestra imagen; mendigamos que nos coloque a su lado imaginando que es verdad todo lo que nos han contado siendo niños. El Dios cristiano, Buda, el Sol, el dinero, cualquier forma o nombre que le demos es lo de menos. Por delante vamos nosotros corriendo como gacelas. Y todo vale.
Inmortalidad es dejar a los vivos llorándote, recordando sólo aquello que son capaces de manejar en el recuerdo sin volverse locos, una parte del que falta que distorsiona la realidad que representó y que atrasa unos pasos de la valiosa condición (de la inmortalidad) al que llora amargamente las pocas posibilidades de que todo sea cierto. Inmortalidad es ser joven aunque mueras porque nada puede dañarte. Ni siquiera la muerte. Eso queda para los viejos.
Es dejar parte de ti para que cuando regreses puedas reconocerte en el objeto. Un libro, un lienzo. Siempre pensando en la vuelta. En Oblivion.
¿No será al contrario? La inmortalidad no tiene que ver con la muerte sino con la vida. Eso que ya nadie puede tocar. Eres y nada puede impedirlo. No somos una fantasía. Oblivion sí. Hermosa mentira aunque irreal.