feb 22 2007

Muerte reciclable

Una mujer de veintitrés años ha muerto lejos de casa. Defendiendo no sé qué. Otros ya vinieron metidos en una caja de madera y una bandera encima. Gobernaba el Partido Popular y pasó. Gobierna el Partido Socialista y sigue pasando.Supongo que mañana esta muerte (otra más) la intentarán convertir en votos los unos y los otros. Una vergüenza (otra más). Gobernaba el Partido Popular y pasó. Gobierna el Partido Socialista y seguirá pasando.Parece que en este mundo se puede reciclar cualquier cosa. Incluso esto. Si es así, si la muerte de una mujer de veintitrés años se puede disfrazar de cualquier cosa, estamos apañados.Creo saber lo que puede llegar a sentir un militar cuando viste el uniforme y sube a un avión que le llevará a un país ajeno para defender no sé qué. Mi padre fue militar y mi hermano lo es. Y creo saber lo que pueden llegar a sentir cuando políticos y periodistas se refieren a ellos sin otro propósito que el de conseguir votos o un nivel de audiencia importante.No seré yo quien valore si los militares tienen que dedicarse a defender los derechos humanos en Afganistán, si lo que tienen que hacer es repartir magdalenas en África oriental o si, por el contrario, deben quedarse en el cuartel jugando al mus. La prudencia invita a guardar silencio. Lo cierto es que una mujer de veintitrés años regresará a casa metida en una caja de madera y una bandera encima. Y que una familia maldice la hora en la que se alistó en el ejército. Y que mañana se me revolverán las tripas escuchando a los que convierten la muerte en moneda de cambio (otra vez más).


ene 29 2007

La mancha en la nieve

El campo se veía blanco. Y las motas oscuras se han ido convirtiendo en lo que eran según avanzaba por la carretera. Un punto pequeño resultó ser un montón de heno, un árbol sin hojas o algún automóvil abandonado tras el accidente. Sólo uno de ellos se convirtió en una persona que caminaba con la nieve hasta las rodillas. El termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Y el hombre caminando . Una mancha que iba rayando el blanco hasta que se ha convertido en un hombre caminando.
Escuchaba “Salt Peanuts” de Dizzy Gillespie acompañado por Charlie Parker. Una grabación de mil novecientos cuarenta y cinco. Música con la que perderé los puntos del carné de conducir según dice mi esposa. Hoy era imposible perder casi nada entre tanto blanco. Nieve, niebla, después las nubes, más nieve. Sólo ese hombre caminando, dejando el rastro de cada esfuerzo.
He llegado pronto y he aprovechado para leer mientras tomaba un café. Sigo con la segunda novela de la trilogía “Claus y Lucas”. El narrador presenta algunos problemas técnicos y el tiempo narrativo está confundido. No el tempo. Y perdonando esas pequeñas cosas me sigue fascinando la forma de ver el mundo de la autora. Eso sí, si la primera es dura esta lo es tanto o más.
No acostumbro a leer en lugares públicos. Tiendo a levantar la vista más veces de las que quisiera. Sin embargo, hoy no ha sucedido. Si me descuido llego tarde a la reunión.
Me pregunto por qué algunos escritores insistimos en mostrar la cara menos simpática del mundo en nuestras novelas. Quizás, como dice Agota Kristof, es que nos parecemos mucho a nuestra escritura seca, negativa, desesperanzada. Quizás sabemos que lo poco que queda por contar es lo que no se ve o no se quiere destapar. Quizás es un homenaje a la tragedia que nos hubiera gustado vivir en vez de una vida alegre que no nos deja ser héroes. Quizás vivimos dos mundos paralelos. En uno somos capaces de movernos como cualquier persona. En otro miramos extrañados los pequeños detalles que dibujan una vida llena de fracaso y soledad, cruel e imposible. Quizás sabemos que la vida es el gran fracaso de un Dios que tiró la toalla poco después montar el tablero de juego. O, si no existe Dios, del ser humano. Sin más. Quizás lo que sucede es que tenemos los pies en el suelo y no queremos adornar un árbol decorado por el hambre, por la injusticia o por locos que se envuelven en chalecos cargados de explosivos para matar a un puñado de hombres y mujeres.
Kristof parece acabar cada frase con un aviso al lector. Esto es lo que hay, no haber empezado a leer. A mí me gusta hacer eso mismo.
El viaje de regreso ha sido mucho más largo. Tres horas y cuarenta minutos para ir. Tres horas y cuarenta minutos para volver. Pero ha sido mucho más largo. La nieve ahora gris, la niebla más intensa. Y las manchas inmóviles mientras podían verse. Ya no había nadie que caminara con la nieve cubriéndole hasta las rodillas. El mismo mundo mirado por el mismo hombre más cansado que unas horas antes, por alguien que se hace preguntas que se contestan con un quizás.