mar 2 2010

Negociando la burbuja inmobiliaria

– Satán, soy Dios. ¿Se puede saber qué pretendes? Tienes almas desperdigadas por todos los rincones. Todas las noches intentan saltar las vallas divinas. O paras esto o vamos a terminar teniendo un disgusto.
– Ya no cabemos aquí, Dios. Te dije que iba a trabajar con la cantera, que era el futuro. Desde pequeñitos, hay que trabajar con ellos desde pequeñitos. Ahora no hay alma que no llegue más negra que un tizón. Yo hago mi trabajo. Haz tú el tuyo.
– Es verdad que aquí llegan pocos, pero no voy a consentir que me llenes esto de manzanas podridas. Dame un par de siglos. Instalaré más templos y mandaré almas para curas.
– Ja, esos si que saben trabajar con ellos desde pequeñitos.
– No seas tan gracioso.
– Es que soy Satán. Bueno, me tendrás que ceder el limbo durante ese tiempo. Si no lo haces ya me contarás qué hago con esta calaña.
– Está bien. Ya no creen en el purgatorio, lo tengo vacío. Dos siglos y me lo devuelves. Sin almas ni nada de eso, claro.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Don Byas – Laura

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dic 22 2009

Lo dicho y lo escuchado

En un momento de acaloramiento podemos decir tres o cuatro barbaridades y quedarnos tan anchos. Siempre cabe la posibilidad de poner como excusa la pérdida de nervios, un estado emocional descontrolado o una pequeña locura transitoria. Y, muchas veces, cuela. El otro se lo traga o dice que se lo traga. Todo en su sitio. Aparentemente, todo colocado donde toca.
El problema es parar un momento y pensar sobre lo que ha pasado. El que escucha un reproche de forma violenta termina pensando que nadie puede inventar sobre la marcha algo así. Eso estaba reposando en algún lugar (mucho más cercano de lo esperado por él) y aparece durante una discusión cualquiera. Es decir, ahora reposa en dos sitios distintos y se interpreta de dos formas diferentes. El que antes escuchaba “te quiero” ahora lo que recibe es “te quiero, aunque en realidad tengo que recordarte tal y tal y tal”. Y el que decía antes “te quiero” (después de verbalizar sus reproches haciéndolos reales) ahora sabe que no dice eso sino otra cosa bien distinta.
El problema es pensar porque se toman posiciones. El que dijo quiere hacer desaparecer el problema a toda costa. Sabe que se trata de algo muy difícil de solucionar. Y el otro se atrinchera para mantener intacta la prueba que confirma que la vida es una mierda, que si algún día toma una decisión tendrá una excusa rotunda.
Es lo malo de la rabia. Aparece y desapareces tú. Para siempre. Te pongas como te pongas.
No se puede destrozar a nadie y luego achacar a la rabia todos los males del mundo. No. El que dice debe asumir, el que escucha es libre de guardar o destruir. Pero todos han de ser conscientes de lo que tienen entre manos.
El caso es que hay cosas que no se deben decir. Que no se pueden decir. Una vez dichas el mundo es otro. Y no disponemos de una tecla que borre por arte de magia ese tipo de lindezas. Aunque muchos se empeñen en que sí, en que hay una tecla oculta para hacer desaparecer eso que te dije en un momento de cabreo monumental. Sólo se olvidan las cosas que nos hicieron sentir felices.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 2 2009

Necesidad

Nunca me había planteado a quién rescataría del infierno para hablar con él durante cinco minutos. Sólo cinco minutos. Ni qué le preguntaría. No sé si me interesaría saber cómo se chamusca un alma por siempre jamás. Intento pensar en quién y en cómo, pero no me motiva ninguna de las respuestas que encuentro.
Si me planteo invitar al mismísimo diablo no puedo evitar sentir cierto aburrimiento. Imagino lo que podría decirme y no me interesa lo más mínimo. Leyendo un periódico me basta, me puedo hacer una idea de lo que puede ser un infierno, sus habitantes y las razones por las que uno puede llegar allí.
He pensado en asesinos en serie, padres maltratadores, dictadores brutales. Pero no me motiva en absoluto.
Según escribo voy pensando en las diferentes posibilidades. Una de ellas me da miedo. No me paro donde me la encuentro. Busco aquí y allá aunque sé que me espera. Porque es la que más me gusta.
Nunca sé que es lo que quiero decir cuando comienzo a escribir. Por ello lo hago. Necesito saber y escribo. Necesito ordenar y escribo. Sé que hacerlo, a veces, es doloroso. Ahora. Es intuitivo. Quisiera dejar la estilográfica sobre la mesa, levantarme para ir hasta el salón, mirar la televisión. Pero no dejo de hacerlo.
Quiero saber en lo que podría convertirme. Mirar sus pupilas dilatadas para descubrir un futuro que trato de esquivar cada día. Quiero saber porque le detesto tanto, si tengo derecho a sentir algo así. Sería suficiente mirar. Ni una palabra.
Desde hace años le tengo prohibido acercarse a mí. A él. Pero existe del mismo modo que existe el infierno. Odio y miedo a partes iguales.
Ahora que ya sé qué es lo que necesito saber es cuando comienza el trabajo. Anoto en la agenda la idea. Relajo los músculos del cuello. Cierro los ojos. Imagino el camino que tendré que recorrer a solas sabiendo que el final es cruel. Aunque quiero hacerlo, necesito hacerlo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano