jun 5 2010

Todos contentos

A finales de los años cincuenta, el trompetista Donald Byrd reunía a su quinteto en cualquier sala de fiestas para interpretar jazz del bueno. No era necesario hacer grandes despliegues. Si había un piano en el local era suficiente. El resto de instrumentos se podían llevar de un sitio a otro con facilidad. Tampoco era necesario que la sala fuera más o menos grande. Si había un techo era suficiente. Y en cualquier sitio eran capaces de mezclar el himno nacional francés con lo más duro del jazz que sonaba por aquel entonces y una buena dosis del swing que se arrastraba de forma inevitable por algunas bandas. El resultado era un enloquecido viaje por las carreteras francesas, lleno de baches al romperse el fraseo de unos instrumentos que no dejaban de dialogar. Un lujo poder escuchar a esta gente. Un lujo porque hacían música disfrutando cada nota permitiendo que el que escuchara pudiera hacer lo mismo.Algo similar a lo que pasa con los libros. Nunca puede ser lo mismo una novela escrita por encargo para ganar un premio (si es que esto ocurre) que otra escrita con el afán de hacer buena literatura. El autor de la primera estará haciendo dinero, sólo eso, cosa, por otra parte envidiable tal y como están las cosas. Confieso que me encantaría poder vivir de la escritura aunque siempre cedo ante una forma de entender el mundo que impedirá a mis hijos ser muchachos adinerados mientras dependan de mí. Es triste que hacer literatura no tenga nada que ver con hacer dinero aunque sea poco.Esa manera de vivir que tantos disgustos me da y que tiene “mosca” al director de la oficina bancaria en la que tengo domiciliados los recibos de la hipoteca, tiene que ver con seguir disfrutando cuando me siento frente a mis folios cuadriculados y empiezo a escribir pensando (sin dejar de hacerlo ni un minuto) que la escritura puede y debe organizar el mundo, que el hombre no puede prescindir del relato, de explicarse a sí mismo. Todo puede faltar excepto una razón de ser. Y eso lo aporta la literatura se pongan como se pongan los que se empeñan en ningunear el mundo de las letras. Ignorantes y bobos. Eso es lo que son. No hay nada parecido a sentarse junto a un par de amigos para charlar de este libro o de aquel otro. Sabes que, en realidad, estás haciendo un ejercicio reflexivo que trata de ti mismo, de tu paso por un mundo hostil que no representa nada salvo que lo llenes de preguntas que te sitúen ante otras y estas ante otro puñado de cuestiones. Quien no se pregunta no vive. Y es que el escritor ha de cuestionarse todo lo que ve. Sin excepción. Este oficio tiene poco que ver con contar historias o ganar premios literarios. De lo que se trata es de construir desde el pensamiento y dejarlo plasmado en un papel. Además, -“más difícil todavía”- en el caso de los novelistas, desde la ficción.Las estadísticas dicen que las profesiones menos deseadas por los padres para sus hijos son la de policía y la de escritor. Me lo decía hace un par de días mi buen amigo Jesús Ferrero. Entre risas y poniendo cara de “la que te espera, amigo, con lo que tienes en casa”. Sin embargo, todo el mundo parece querer ser escritor a toda costa. La pena es que muchos lo que quieren es ganar premios literarios y aparecer en la televisión. Qué equivocación tan estúpida. Los que quieran serlo, pero serlo de verdad, deberían empezar por no pensar en publicar o por olvidar el color de los billetes de quinientos euros, más que nada porque no los iban a ver ni en pintura; porque reflexionar sobre el mundo, sobre uno mismo, no da un duro.Sin embargo, lo que nadie puede rebajar de valor (ni siquiera los que ganan premios sin hacer literatura aunque escriban libros) es el placer que le produce a un escritor de los de verdad, de esos que siempre se llamaron “de raza”, sentarse frente a un papel sabiendo que el mundo va a cambiar poco después.Para los escritores de verdad la cosa es más sencilla de lo que puede parecer. Si hay un techo bajo el que poder escribir no hace falta mucho más. Papel y lápiz, un mundo que necesita ser explicado y uno mismo. Eso y disfrutar de cada frase para que el lector pueda hacerlo cuando llegue su turno. Poco más o menos que lo que les pasaba a los chicos del quinteto que acompañaban a Byrd. Todos contentos, sin un duro y olvidados (salvo el propio Byrd), pero vivitos y coleando hasta después de muertos. ¿Quién se acuerda del contrabajista Dog Watkins, del pianista Walter Davis Jr. o de Art Taylor? Una gozada de la que pocos pueden disfrutar.


nov 5 2006

Rompiendo la tela de araña

Quien me conoce sabe que siento una enorme debilidad por la literatura de Raymond Carver. Siempre me impresiona la facilidad que tiene para decir al lector lo tremendo que es el mundo, sin pedir permiso antes, sin una sola concesión. Te encuentras ante el mundo según Carver. Si te falta valor puedes leer novela rosa o cerrar los ojos, incluso puedes creer que eres diferente a los personajes que dibuja. Pero si le das la mano y continúas el camino que traza estás perdido.Releo su poemario “Bajo una luz marina”. Un poema que introduce desde unos versos de Spender: “Porque el mundo es el mundo / y no escribe historias / que terminan en amor.”
No soy el hombre que ella pretende. Pero
esto es totalmente verdad: el pasado está
distante, es una costa que se aleja,y
todos estamos en el mismo barco,
un cañamazo de lluvia sobre las sendas del mar.
Con todo, ¡querría que no siguiera
diciendo esas cosas de mí!
Durante la larga singladura
nada excepto la esperanza permite seguir, luego
hasta eso afloja su presa.
No hay suficiente de nada,
mientras vivimos. Pero a intervalos
aparece una dulzura y, si se le da la oportunidad,
prevalece. Es cierto que ahora soy feliz.
Y sería estupendo que ella
consiguiera contener la lengua. Dejar
de odiarme porque soy feliz.
Echándome la culpa de su vida. Me temo
que en su mente estoy mezclado
con otra persona. Un joven
sin carácter, viviendo de sueños,
que juró que la querría siempre.
El que le dio un anillo, y un brazalete.
Que decían: Ven conmigo. Confía en mí.
Cosas de ese tipo. Yo no soy ese hombre.
Ella me confundió, como dije,
con otra persona.
Me apetece reflexionar para escapar de esta tela de araña.Nos anclamos a lo que fuimos, ellos y nosotros, a lo hecho aunque fuera sin otra intención que la de sobrevivir, a un pasado que creemos igual para todos porque necesitamos compartir el rastro oscuro, a la promesa que seguimos guardando entre los viejos apuntes. Queremos ser lo mismo que nos gustó, que los demás sean idénticos a lo que fueron aquel día en el que nos abrieron la puerta de un mundo único y exclusivo.El mundo cambia. Y el mundo somos nosotros. Tratamos de meter los recuerdos en una urna para que se mantengan como hubiéramos deseado que fuesen. Pero los recuerdos no somos nosotros. Ni otros.Nos quedamos atrás. Con el pensamiento fatigado. Sin remedio.Aunque existe una posibilidad entre un billón. En esa quiero creer. Puede que una mañana nos levantemos y recordemos lo que fuimos. Sólo así podemos ser la misma cosa. Mundo, recuerdo, lo que quisiste ver ese día. Sólo así el mundo puede escribir historias que terminen en amor.Un buen poema, una tela rota, un buen mundo hasta el que dejarse llevar.


jun 1 2006

El único camino

Todo llega. Absolutamente todo. La realidad termina siendo un reflejo de la imaginación. Y el ser humano desea incluso lo imposible para que pueda llegar a ser cierto.
Dudar, temer, desganarse, sufrir, llorar, la soledad, el desanimo, la felicidad que viene y va. Eso es el coste del peaje. Todo tiene un precio en esta vida. Mayor o menor. Eso es igual. Pero todo lo que llega te obliga a ceder parte de ti.
Lo peor es la incertidumbre. Cuándo. Cómo. Para qué. Si no hay respuestas cualquier precio parece alto, desproporcionado.
Aunque todo llega.
Es en ese momento (y sólo en ese) cuando descubrimos el verdadero valor del esfuerzo, lo que ha rentado la espera. Y los valores se achican. Si ha merecido la pena, si nos parece justo lo que recibimos a cambio, lo perdido no importa. Siendo al contrario nos conformamos porque es necesario sobrevivir.
Aunque sea caro tenemos que esperar porque todo llega.
T.S. Elliot escribió unos versos que decían “Mi vida vana espera el viento de la muerte / Como pluma en el dorso de la mano.”
Esa es la mala espera. La de una vida que ya no puede dejarse nada por el camino, la que perdió todo con impaciencia, la que nunca tuvo una migaja para sacrificar.
Y llega siempre. Todo.