Sobre vidas rotas
Dentro del cuenco
La vida se puede diluir en una sola palabra. Al pronunciarla, escuchándola. Aparece y el resto se hace enano, apenas insignificante. Los colores son otros, muchas veces desconocidos. Los olores se convierten en recuerdo inútil. El tiempo se estira para que podamos acomodar eso que oímos. Una palabra es el mundo.
Entonces, la vida toma la cadencia de una puesta de sol eterna. Vista desde cualquier lugar porque eso ya no cuenta. Lo importante es descifrar el significado.
Será después de elegir ruta cuando el resto del lenguaje se ordene de nuevo. Amistad, progreso, vida, sueño, batalla, sombra, peligro, juego, todas significarán cualquier otra cosa. El cosmos se construye desde la primera y el resto se coloca formando un universo por explorar. En ese miedo con el que cargamos de principio a fin.
La vida se puede diluir en una sola palabra. Casi siempre en esa que jamás pronunciamos y que si escuchamos es porque otro la recibe como un yunque que golpea en los talones. Todos tenemos la nuestra. Todos tenemos la de todos.
Encrucijada. Qué pocas veces nos toca, qué pocas veces asumimos que el cruce de caminos nos trazará la sombra con líneas perpetuas aunque neguemos una y mil veces. Y después de encrucijada, Yo. A partir de aquí cosmética que nos hace parecer lo que no somos. Amor, amistad, honor, futuro, ilusión, esperanza. Otro yo hasta la próxima encrucijada. Hasta que la vida se niegue a serlo. Hasta que todos los tú sigan caminos diferentes sin esperar a yo.
Encrucijada. Yo. La de todos. La nuestra. Un mundo pequeño. Dentro del cuenco de una palabra.
Toca que el sol se eleve. Y mirarlo desde la butaca que nos prepararon desde el principio.
El paraguas de Louis-Sebastien Lenormand
Treinta y ocho dos






