abr 26 2010

¿Incineración?

– ¿Qué hay de comer, mamá?

– Muslos.
– Mamá, ¿estás segura de que hubiera sido peor que le comieran los gusanos en la tumba?
– Saca del congelador el pescuezo para hacer caldo mañana. Y deja de preguntar. Lo hecho, hecho está.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 24 2010

Sobre vidas rotas

Sartre dijo que la guerra había partido su vida por la mitad. Con ello hacía referencia a la modificación que sufrió al ser consciente de que formaba parte de un sistema social, que dependía de otros y esos otros de él.
A Sartre se le quebró la vida cuando sintió que era un hombre y que eso significaba muchas cosas.
A cualquiera de nosotros nos puede pasar lo mismo en un momento determinado de la vida. De pronto, pasa algo y el mundo toma forma. Lo cotidiano es extraordinario, lo inútil toma sentido por pequeño que sea. Todo importa, todo es yo.
Pero ¿qué puede ser tan importante como para que ocurra algo así?
Las primeras ideas que llegan cuando alguien se plantea algo parecido a esto tienen que ver con la amistad, con el amor, con un acto heroico o tan enorme como para transformar la existencia entera. La fantasía coloca al protagonista en situaciones colosales, de éxito y gran fama. Esas son las primeras ideas. Prueben con algún conocido. Ya verán como tener un hijo, conseguir un premio millonario en la lotería o descubrir un nuevo elemento químico aparecen como posibles razones de cambio radical. Cosas así y no otras.
Pero lo malo de plantearse con seriedad los asuntos (y en este blog, autor y lectores lo hacen siempre) es que esas primeras fantasías se apartan del camino por ser eso, fantasías. Y con paciencia uno se va acercando a la verdad tanto como es posible. A eso que suele ser (tantas veces) tan espinoso, tan molesto.
¿Qué puede quebrar la vida de uno de nosotros? El amor la decora, la amistad la hace más llevadera, un hijo la completa, el dinero la ensancha, un descubrimiento la hace universal. Pero ninguna de estas cosas la troncha de tal modo que el mundo se desplome para volver a empezar de nuevo, como para que nos hagamos conscientes de lo que somos en realidad.
¿Qué la puede partir por medio? ¿Qué es eso que busco? Hay que mirar ese lugar que aterroriza para encontrar, ese lugar que tanto evitamos. La muerte de un padre, de un hijo; la indigencia, la guerra que se lleva por delante a los compañeros y amigos, la traición, un divorcio, la infidelidad. No seguiré para ahorrar un mal rato al lector.
El universo personal se compone de todas sus excelencias y de todas sus miserias. De los miedos, de la belleza, del sufrimiento y de cientos de cosas con las que el ser humano disfruta.
Es absurdo, además de poco práctico, no querer asumir algo tan sencillo. Entre otras cosas, para explicar qué nos pasa y porqué.
Tener una fotografía del todo es una forma de crecer y enfrentar lo que va llegando, una forma de sentirse más humano, de saber que lo que hacemos es cosa de todos y que lo que el mundo logra o resta hará de mí cualquier cosa distinta a la actual. Y, así, cuando llegue esa ruptura seremos capaces de salir adelante. A base de cuentos de hadas no. Eso sólo funciona cuando el individuo cree que es feliz o que alguna vez puede llegar a serlo. Fantasías.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jul 25 2009

Dentro del cuenco

La vida se puede diluir en una sola palabra. Al pronunciarla, escuchándola. Aparece y el resto se hace enano, apenas insignificante. Los colores son otros, muchas veces desconocidos. Los olores se convierten en recuerdo inútil. El tiempo se estira para que podamos acomodar eso que oímos. Una palabra es el mundo.
Entonces, la vida toma la cadencia de una puesta de sol eterna. Vista desde cualquier lugar porque eso ya no cuenta. Lo importante es descifrar el significado.
Será después de elegir ruta cuando el resto del lenguaje se ordene de nuevo. Amistad, progreso, vida, sueño, batalla, sombra, peligro, juego, todas significarán cualquier otra cosa. El cosmos se construye desde la primera y el resto se coloca formando un universo por explorar. En ese miedo con el que cargamos de principio a fin.
La vida se puede diluir en una sola palabra. Casi siempre en esa que jamás pronunciamos y que si escuchamos es porque otro la recibe como un yunque que golpea en los talones. Todos tenemos la nuestra. Todos tenemos la de todos.
Encrucijada. Qué pocas veces nos toca, qué pocas veces asumimos que el cruce de caminos nos trazará la sombra con líneas perpetuas aunque neguemos una y mil veces. Y después de encrucijada, Yo. A partir de aquí cosmética que nos hace parecer lo que no somos. Amor, amistad, honor, futuro, ilusión, esperanza. Otro yo hasta la próxima encrucijada. Hasta que la vida se niegue a serlo. Hasta que todos los tú sigan caminos diferentes sin esperar a yo.
Encrucijada. Yo. La de todos. La nuestra. Un mundo pequeño. Dentro del cuenco de una palabra.
Toca que el sol se eleve. Y mirarlo desde la butaca que nos prepararon desde el principio.


nov 26 2006

El paraguas de Louis-Sebastien Lenormand

El 26 de noviembre de 1783 un aeronauta francés llamado Louis-Sebastien Lenormand se lanzó con un paraguas abierto en cada mano desde un primer piso. Quería experimentar. Desconozco si le quedaron huesos sanos para poder seguir tirándose desde alturas superiores. Quizás saltó sobre un carro lleno de heno. Siempre hubo investigadores astutos.Tampoco sé si hoy la NASA ha perdido alguna sonda en el espacio, si algún astrónomo desocupado ha descubierto una nueva galaxia o si una nave de otro planeta ha contactado con un granjero de Arkansas. Ni lo sé, ni me importa.Me interesa más saber que la policía de Nueva York ha pegado cincuenta tiros a un grupo de personas que celebraban la despedida de soltero de uno de ellos (muerto), que todos iban desarmados (los juerguistas, digo), que nadie sabe qué pudo pasar. Más que el salto de Lenormand me llama la atención que en este momento (justo en este momento) un sujeto con la cara desencajada está sacudiendo una paliza a su mujer porque le ha salido mal la paella. Que esa paliza pasará desapercibida para el resto del mundo y ella (la mujer que no cocina paellas como es debido) seguirá acobardada hasta que el mamón de su marido la palme. Si se pierde una sonda cerca de la órbita de Marte me es indiferente. No tanto saber que con lo que se han gastado en jugar a los marcianos podría comer durante más de un año la población de medio continente africano. Pero nada, unos se tiran con un paraguas en la mano y otros fabrican maquinitas que molan un montón. Unos cientos de años de diferencia que se dejan notar en lo cutre de un experimento y lo colosal de los otros. Lo gracioso es que es eso lo que ha cambiado. Los cacharros y poco más. Antes metían a los negros africanos en barcos para vender toda la carga como mano de obra esclava; hoy seguimos consintiendo el trabajo de millones de niños (esclavos, también). Hace unos siglos las batallas se resolvían a golpe de sable o de maza con pinchos metálicos y hoy aprietan un botoncito que hace desaparecer una ciudad entera. Antes cuatro tarados se entretenían con sus locos cacharros intentando volar; actualmente una civilización de tarados subimos en los aviones con una bolsita de plástico en la mano porque un bote de refresco energético puede esconder un arma química.El 26 de noviembre de 1783 vestían peor, los que sabían leer eran pocos y escatimaban su sabiduría para continuar teniendo un poder único, la esperanza de vida era de coña porque el que pasaba de los cuarenta era el más viejo del lugar o casi, había pobres por todas partes que tenían que ceder lo poco que poseían al señor del castillo, a los que pretendían pensar se les liquidaba de forma ostentosa para que otros supieran lo que les esperaba.Igualito, igualito que el 26 de noviembre de 2006. Todo más finolis y con la tecnología por delante. Pero lo mismo. Seguimos a expensas del paraguas de Louis-Sebastien Lenormand para entender que el cambio ha de ser otro, que este camino no mola nada. Ni las sondas de la NASA.


nov 25 2006

Treinta y ocho dos

Unas décimas, mucha tos, la eterna molestia en el hombro derecho, la rodilla sonando igual que el caminar sobre un pontón. Había olvidado que la fiebre te instala en un territorio inestable de la consciencia, un lugar en el que los límites son otros, contornos trazados junto a las cosas escondidas del recuerdo.Las sensaciones se dispersan, la música suena lejana, puedo ver el aire porque ahora tiene color.Escucho cómo el vecino grita a su mujer. Se refiere a una traición. Una traición. Traición. Una palabra enorme que encaja pequeñeces sin que nos demos cuenta. Pensamos en ello y vemos reyes muertos, ejércitos vencidos, desastres desproporcionados, nunca a nuestro mejor amigo de la infancia, ese que dejó de serlo por aquella memez que hicimos, ni a nosotros mismos dejando claro que todo, hasta lo más sagrado, tiene un precio absurdo, mínimo, que estamos dispuestos a cobrar con tal de sobrevivir.Sentirse traicionado, traicionar, es saber que algo se acaba para siempre. Por pequeño que sea el engaño las partes se resentirán, todo quedará deformado. Nunca nadie pudo ver lo mismo después de pasar por esa trituradora de amistades y romances, de vidas enteras y de esperanzas.Un pequeño gesto, una palabra a destiempo, que alguien tire de tu brazo para que otros no te vean a su lado, decir eso que te parece injusto para salir bien parado del lío en que te has metido, asentir cuando escuchas sabiendo que otro terminará dañado. Ni ejércitos derrotados, ni reyes envenenados. Sólo personas que tratan de seguir adelante, que se mueren de pena después de topar con eso que nunca quisieron pensar como cierto.La traición es siempre voluntaria, egoísta. Queremos que sea inevitable, la encubrimos disfrazándola de única opción, aunque siempre salva un mismo pellejo, el del traidor.Hace unos días una alumna me pidió permiso para salir durante la clase al pasillo. Se levantó y apenas susurraba para que nadie escuchara lo que decía. Necesito salir, por favor, tengo que ver a una amiga. Está mal y quiero hablar con ella. Le pregunté si no podía ser al acabar con lo que estábamos haciendo. Es que si me ven con ella los otros me dejarán de hablar a mí también. Menuda amistad, dije. Mira, sólo te pongo una condición para poder salir, que vayas a ver a tu amiga sin esconderte. Piensa en ello, tú sabrás lo que quieres arriesgar. Se sentó y comenzó a doblar un papel una y otra vez. Antes de acabar me acerqué y le dije que siempre he pensado que si alguien no quiere ser visto en compañía de otro es porque ha dicho y hecho tanto como los demás. Si no hubieras participado no tendrías ese problema, le dije. Sólo cabe pedir perdón o dejar que ella encuentre una salida sin ti. Afirmó con la cabeza y siguió jugando con el papel. Seguramente lo que ha pasado es poca cosa, una idiotez que se amplifica por el exceso de hormonas. Pero será lastre difícil de soltar. Esa muchacha aprendió que está dispuesta a arriesgar más bien poco, que el precio que tiene puesto a su lealtad es escaso.El vecino ha dejado de gritar. La discusión ha terminado. Seguramente algo más que desconozco se desmorona aunque no me interesa gran cosa.La fiebre remite. Hoy no me gusta nada el mundo. No creo que nadie tenga derecho a tirar del brazo de otro para que no le vean con él. Ni me gusta pensar que hay una muchacha llorando a la que nadie está dispuesto a consolar. Pensar que la lealtad de las personas es una baratija me entristece. Mucho.


nov 20 2006

Mejor no enterarse

Siempre que contamos un problema a otro lo hacemos para que se ponga de nuestra parte, nos dé la razón, quiera asesinar a nuestro enemigo, deje de hablar a la que fue nuestra pareja o llore nuestra pena con el mismo desconsuelo con el que nosotros mismos lo hacemos. Solemos elegir la información de modo que no quede una sola duda, ni sobre nuestra razonable y sensata postura, ni sobre lo sinvergüenza que es el que tenemos al otro lado de la disputa, ni sobre nuestra bondad que es directamente proporcional a la maldad que tratamos de explicar. Seleccionamos lo que queremos decir, lo que no puede ni aparecer en la conversación y el modo de ir entregando todo eso en forma de relato que ha de servir para que el que escucha quede convencido de que nuestro problema es inmenso, el causante es otro y la solución pasa por eliminar del planeta al mal bicho que se le ha ocurrido hacerme eso a mí.Todo esto lo sabemos, lo hemos hecho en alguna ocasión y tenemos que sufrirlo de vez en cuando.Pero como creemos que escuchando milongas de los amigos y apoyando su postura somos más y mejores amigos, no tenemos por costumbre mostrar nuestras dudas sobre lo que oímos. Sabemos que nos la están intentando meter doblada aunque nos hacemos los muertos para que el otro se sienta la mar de bien.Eso delante de los amigos. Y de la televisión cuando nos habla nuestro personaje preferido. Y en un mitin político en el que el líder del partido al que votamos no dice más que grandes mentiras envueltas en necesidades vitales que no se resolverán nunca. Y casi siempre.Cualquiera sabe que esto es así. Nos dejamos engañar, a veces por egoísmo, otras para sobrevivir, casi siempre para que lo que nos rodea se quede como está. Los cambios son temidos.Ahora bien, un porcentaje altísimo de lectores (de novela y poesía sobre todo), ni se entera de nada ni quiere enterarse. Si la intención del narrador es hacer creer que un personaje es así o asá para ocultar sus propias carencias son muchos los que terminan creyendo sin rechistar lo que les dicen. Mala lectura. Si se describe un escenario o un objeto para iluminar a uno de los personajes son muchos lo que se saltan ese par de páginas porque ese registro no hay quien lo aguante. Mala lectura. Diálogo, diálogo, dónde va a parar, es mucho más ameno (eso lo piensa medio mundo). Lectura absurda. Además, son muchos lectores los que demandan que se les cuenten las historias con pelos y señales. Una elipsis en la narración provoca tantas dudas y malentendidos en los lectores que un autor decidido a triunfar debe pensarse más de un millón de veces si lo deja así o mejor lo rellena de información. El miedo es libre.Supongo que por estas cosas es por lo que se lee más bien poco. Preferimos hacer un esfuerzo para entender la mentira de nuestro amigo o la de un político; no nos supone un esfuerzo insoportable tener que interpretar todo lo que vemos a nuestro alrededor; nos ponemos de un lado o de otro cuando nos dicen que un famoso se está forrando mientras que los demás seguimos sus fechorías en directo por televisión y lo hacemos para tener un tema de conversación común. Claro que todo esto es rentable porque no corres peligro de ser tomado por loco. La lectura no. Leer un libro no te hace más amigo de tus amigos, ni te convierte en una persona mucho más divertida, ni más adinerada. La lectura es un acto voluntario y solitario. Del que no se puede hablar con casi nadie. Y ya nos dejamos engañar bastante como para que nos líen al leer.Es una pena que muchos no quieran asumir que leer es lo mismo que vivir. La diferencia, tal y como están las cosas, es que mirar la televisión supone tragarte lo que te dicen sin mover un músculo o malgastar una neurona. Igual que cuando tu amigo te cuenta su verdad. Y leer supone un acto reflexivo nada atractivo por el esfuerzo que representa y por lo poco que se le puede dar de sí en sociedad. Rentable sólo para uno, pero rentable al fin y al cabo.