may 1 2014

Hormigas desconocidas

Siendo niño me imaginaba historias. A cada momento, en cualquier lugar por extraño que fuera. No pensaba en la escritura. Aún no lo hacía. Eso no ocurrió hasta que me planté frente a un folio (recuerdo que me gustaba utilizar una plantilla que colocaba debajo para que las líneas fueran perfectas en su rectitud), pensé en lo que quería decir y no supe empezar. Sentí mucha rabia. Tenía cosas que contar, pero me faltaba saber cómo hacerlo. No entendía en ese momento que eso era anecdótico. Lo importante ya lo tenía sobre la mesa. Algo para contar. Ganas de hacerlo. El oficio, el aprendizaje de las técnicas, las lecturas compulsivas primero y sosegadas después, deberían llegar con el tiempo. Pero la prisa de la pluma rasgando levemente el papel cegaba sin remedio.
Siendo niño me fijaba en todo lo que ocurría a mi alrededor. Cualquier detalle me parecía importante. Ahora sería capaz de recordar cosas improbables. Como si lo estuviera viendo. Una hormiga subiendo por el tronco de un árbol. Se detiene. Me mira. Mueve las antenas. Con una de ellas me indica el camino. Subo el tronco del árbol detrás de ella. Y allí me esperan unas cerezas riquísimas. Arranco con los dientes un trozo de una de ellas. Pequeño. Se lo pongo a la hormiga entre sus mandíbulas (¿se llaman así?). No volvimos a encontrarnos nunca más.
Cuarenta y siete años dan mucho de sí. Pasan muchas cosas y, sobre todo, no pasan muchas más. Todo cambia. Parece que el tiempo se convierte en un taxímetro que no da tregua. Todo pierde lustre. Y, sin embargo, puedo recordar eso que pasó antes de convertirme en lo que soy para recrearlo cada noche antes de ponerme a escribir y soltar la muñeca siendo un niño curioso que seguía sin miedo a las hormigas desconocidas.
Siendo niño imaginaba que llegaría a ser escritor sin saber que deseaba con todas mis fuerzas no dejar de ser ese niño. Me sigue emocionando.