sep 21 2010

Cañas, marcianos y átomos

Acabo de dejar a Eduardo el limpiabotas (como ya sabrá usted es el mejor de Madrid). Después de tomarnos diez o doce cañas, de fumar paquete y medio (cada uno) y hablar de lo divino y de lo humano, hemos dado un paseo por la Avenida de la Castellana.
– Huele a crisis, don Gabriel. Huele a crisis que apesta. Inspire, inspire. ¿No lo siente?
– Pues no, Eduardo. Lo que huele es a humo.
– Ha dejado de ser un romántico. No me explico como alguien con tan poca sensibilidad se puede dedicar a escribir.
– Ni yo como alguien tan exquisito se dedica a lustrar calzado.
Después de nuestro encontronazo, no hemos tenido más remedio que entrar en un bar para tomarnos una cañas. Estábamos secos de tanto oler.
– Dígame una cosa, don Gabriel. ¿Es verdad que cree en Dios?
– Eso es irrelevante, Eduardo. Le voy a contar algo. Ponga un par de cañas más, jefe. Mire, cuando pienso en eso siento la misma angustia si decido creer o si decido negar su existencia. Es más que inquietante todo ese asunto. Por eso ya no lo hago con frecuencia.
– Y si resulta que somos los juguetes de un marciano cabrón.
– No beba más, Eduardo.
No he podido evitar verme metido en una bolsa de tela enorme junto muchos juguetitos pidiendo clemencia, pisoteado por pequeños marcianos cabrones, pinturrajeado por el más pequeño de los marcianos cabrones y, finalmente, abandonado en cualquier rincón de una casa verde llena de fotografías repletas de marcianos cabrones.
– ¿Cree en Dios?
– Otras dos cañas, por favor. Mejor en vaso largo. Es por no pedir cada treinta segundos. Gracias. Hace tiempo que dejé de saberlo, Eduardo. Hace ya mucho tiempo. Me conformo con pensar que los átomos que se organizaron de una forma muy concreta, un día, para que yo naciese seguirán en este universo colocados de otro modo, cada uno por su sitio, pero seguirán estando.
– Pues a ver si hay suerte y los míos se organizan para ser millonarios. Hay que joderse. Menuda mierda de átomos me tocaron en suerte. Me alegra que no lo sepa. Si llega a decir que sí o que no, me hubiera decepcionado. Siempre me pareció más que sensato.
– Ponga un par de jarras. Las últimas, Eduardo. Creo que me voy a desmayar.
– Joder, qué gracia. O sea, que tengo los mismos átomos que todo hijo de vecino, pero menos dinero. Mañana se lo cuento a todos los clientes.
– Yo contaré lo del marcianito cabrón. Vamos a cambiar el mundo, Eduardo.


sep 10 2010

De Verdad

Eduardo el limpiabotas. Qué tipo tan genial.
He entrado en el bar y, al verme, se ha levantado de su banqueta de trabajo. Dando palmas. A ver, todo el mundo a sonreír que igual aparecéis en su blog y este hombre no tiene compasión. Eduardo, joder, voy a terminar por no venir nunca más. Pero bueno, don Gabriel, si ya me estaban preguntando por usted. Están deseando que les mencione en uno de sus textos.
Hemos tomado un café. Repaso a todos los presentes. Ese que ve allí, el de la cara de sapo, tiene tela para parar un carro. Pero se dedica a gastar buena parte en putas. Está hecho un asco. Yo no le he visto reír en mi vida. Aquel, el de los pantalones cortos es el dueño del edificio. Va de casa a este bar y de este bar a casa. Muy feliz, la criatura. Los del peto amarillo chillón son los de la limpieza del ayuntamiento. Como estamos de obras dicen que por ellos puede empezar a limpiar su puta madre. El del sombrero de copa es el portero del hotel que hay aquí abajo. No se lo quita nunca porque dice que le da un toque de elegancia con el que siempre soñó. Lo que es tener un trauma desde niño ¿verdad, don Gabriel?
Ya tiene carnaza para escribir sobre las miserias de las gente, me ha dicho tomando un último sorbo de su café. Sí, vidas muy interesantes. Pero me falta saber algo sobre usted, Eduardo.
Soy una mierda enorme disfrazada de felicidad. Más claro no puedo ser.
No diga eso, Eduardo. Sabe que no es cierto.
Pues soy la felicidad plena rellena de mierda. ¿Mejor?
Veo que hoy no tenemos un buen día, Eduardo.
Venga, vamos a lustrar esos zapatos. Yo no sé que coño hace para traerlos siempre hechos una pena.
Ni una palabra más hasta despedirnos. Mascullaba alguna cosa que no he alcanzado a escuchar con claridad y he fingido leer el periódico. Para cambiar de píe un pequeño toque en la pierna.
Tenga sus cinco euros, Eduardo. ¿Quiere comer en casa? No lo haría nunca, ya lo sabe. ¿Quiere que tomemos otro café? Eso esta hecho, pero paga usted porque estoy canino.
Don Gabriel, ¿Por qué habla de mí en su blog? Pues porque me parece un tío entrañable, con una gracia fuera de lo normal y representa muy bien lo que es una vida difícil convertida en algo llevadero. Le resultará difícil de creer, pero me parece un hombre admirable. De verdad. No lo soy. Yo creo que sí.
Nos hemos despedido. Un apretón de manos. Estaba a tres o cuatro metros de él cuando ha gritado. Si no fuera porque tiene usted que escribir y no tiene más personajes me iría donde nadie me encontrase. Ya es tarde, Eduardo, un personaje nunca muere, ni puede esconderse. Le he contestado sin darme la vuelta. Pues me lo podía haber dicho antes, joder. No, no, no, le he dicho moviendo la mano derecha y el dedo índice levantado. Y he pensado que los personajes se convierten en buenos amigos, íntimos. Incluso puedes hacer que sean adorables, que te quieran y estén a tu lado siempre que sea necesario. Da igual si son de carne y hueso, inventados o copiados de una revista barata.



jun 17 2010

Pedir auxilio

Eduardo, mi buen amigo, está algo triste. Conoció a una mujer hace unos meses, se enamoró y las cosas no parece que vayan bien. Ella dice estar “muy locamente enamorada de sí misma” y “un poco” del mejor limpiabotas de Madrid.
Hemos tomado un café. Me ha pedido que escribamos entre los dos una carta breve y práctica a su amada. Esto es lo que salió en un primer intento.
“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Pero los días son diferentes para cada uno de nosotros y tus lunas no se parecen a las mías. Y yo no te daré nada porque se acabó cuando caminabas a mi derecha por si tropezaba o acaso tuvieras que agarrar una mano para no caer. Serán los años los que me devuelvan esas miradas cómplices en una fiesta que decían “soy tuya”. Me las traerán inmóviles sobre un recuerdo que se escurrió hace tiempo entre las sábanas”.
Eduardo, dice que la mujer a la que ama no suele leer mucho y que esta redacción no es la adecuada, que si le da algo así le deja seguro. Al revisar el texto hemos decidido que, dadas las circunstancias, deberíamos modificar algunas cosas. No la esencia de lo dicho. Segunda redacción de la carta.
“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Ya nada es lo mismo. Si me dejas tú sabrás lo que haces, pero luego no vengas pidiendo explicaciones. Ya vendrás a pedir ayuda y ya te recordaré que me dejaste cuando más fastidiado estaba”.
Nada. No le gustó esa segunda versión. Eduardo, coño, qué quieres decir y cómo, le he preguntado. Pues que como me deje lo tiene claro conmigo, ha contestado. Pues venga, manos a la obra que tengo algo de prisa, dije. Tercera versión.
“Qué bien lo hemos pasado juntos y ya no somos capaces de mirarnos a la cara. Ahora o nunca”. (finalmente convencí a Eduardo para que eliminase la expresión “te lo advierto” que cerraba el texto).
Se ha guardado la servilleta en el bolsillo derecho del pantalón prometiendo tenerme al tanto de lo que pase.
Ahora pienso que, quizás, lo mejor hubiera sido entregar a esa mujer una nota que dijera “te necesito, no me dejes”. Eso o no decir ni pío. Las cosas son, casi siempre, más simples de lo que nos parecen.


ago 28 2007

Más que un catedrático

Dice Eduardo que el euro tiene el mismo valor (exactamente el mismo) que la peseta en tiempos de la dictadura.
– Mire, Gabriel, usted podía comprar un piso por trescientas mil pelas y ahora lo puede hacer por trescientos mil euros. Con cuatro pesetas comía un bocata de calamares en la Plaza Mayor de Madrid. Hoy puede hacerlo por cuatro euros. Mucho cambio y mucha más palabrería para tan poco progreso. El mundo seguirá siendo la misma cosa mientras existan los políticos y las religiones. Lo único que quieren unos y otros es que nos reproduzcamos como piojos para conseguir más persones afines a lo que dicen. Cuando no es así organizan una guerra, dejan lo que les interesa y otra vez a reproducirse. Y así siempre. Lo mismo da que tengamos euros que pesetas, que gobierne un partido u otro, que Dios se llame Alá o Mahoma. Se lo digo yo que he limpiado los zapatos a miles de personas y esto enseña más que cualquier catedrático.
Hoy hace más calor. Este verano nos hemos acostumbrado a no sentirlo y cuatro o cinco grados de más nos parecen un calvario. Mientras conversamos un par de niños corretean a nuestro alrededor. Juegan a policías y ladrones. El que interpreta el papel de malo malísimo es alcanzado por las balas imaginarias del poli (un par de años mayor). Pero no pasa nada. Lleva puesto un chaleco antibalas. Más tarde nos enteramos de que es antibombas. Sobrevive a cualquier ataque del pequeño policía que decide jubilarse después de lanzar todo tipo de proyectiles que no causan ni un rasguño a su compañero de juego.
– Mirando a los niños uno termina sabiendo cómo está el percal, dice Eduardo mientras repasa el zapato derecho.
Ya les he dicho alguna vez que es el mejor limpiabotas de Madrid. Y el más divertido.
– Sólo juegan, respondo.
– No, no, no. Repiten lo que ven en la televisión.
Paseo hasta la parada del autobús. Escucho a Count Basie. Recuerdo a mi padre cuando suena All of me. Era una de sus canciones preferidas. Siendo yo un jovencito rebelde le acusaba de escuchar música de ascensor o de consulta odontológica.El autobús va de bote en bote. Entra una mujer embarazada. Nadie mira por si le toca la china. Me retiro lo que puedo para que, al menos, disfrute de unos centímetros. Pienso en los embarazos de Silvia. El conductor mira a la mujer. Frena y se levanta. Si no le ceden un asiento a la señora lo haré yo con el mío. Una mujer se levanta con prisa. No te había visto, hija.
Al llegar a casa me voy encontrando con los niños poco a poco. Uno en el salón escuchando música, otro en la terraza jugando con unos muñequitos que ordena en posición de combate, el tercero viendo la televisión y repitiendo las palabras mágicas de Donald para conseguir no sé qué. Gimena llega gateando desde el fondo del pasillo. Gateando y muerta de risa. Silvia ordena un armario. Mi madre creo que está desaparecida. Habrá huido. Normal. Presto atención a la música que suena. Blues for Nuria. Tete Montoliu.
– ¿No decías que esto era un coñazo? pregunto a Gonzalo.
– Es lo que estaba puesto en el equipo. Me daba pereza cambiarlo.
– Ah, ya. Perdone usted señor jovencito rebelde.
Salgo a la terraza. Después de treinta y cuatro años los edificios siguen siendo los mismos. Exactamente los mismos. Quizás tengan un aspecto algo mejor. Lavar la cara a las cosas no las convierte en algo diferente. El reloj del edificio de Telefónica (me encantaba mirar sus números rojos iluminados cuando era niño y pensar que debía ser enorme para que pudiera verlo desde tan, tan lejos) marca la hora. La vista no me alcanza. Miro el mío. Supongo que es la misma. O una muy similar.


jul 1 2007

Felicidad

Eduardo, el limpiabotas más divertido de Madrid, dice que los marcianos llegaron a la tierra utilizando una tecnología muy inferior a la que manejamos los terrícolas en la actualidad. La diferencia es que “esos le echaban un par de cojones cuando hacían cualquier cosa”. Medían más de cuatro metros y, sabiendo que sus días estaban contados, intentaron reproducirse con todas y cada una de las especies animales de la tierra. Tan sólo lograron un buen resultado con los simios a los que pudieron traspasar su inteligencia. Así se explica que los elefantes tengan una memoria tan asombrosa (fue lo único que lograron en el apareamiento) o ese eslabón perdido entre el hombre y el mono. Una vez que consiguieron su propósito se dejaron morir (los marcianos de más de cuatro metros) y tomaron el relevo lo que conocemos hoy en día como homo sapiens. Esa es la teoría de Eduardo.

Esta es una ampliación de la que ya me comenzó a contar y que va perfeccionando en cada explicación.

Tiene sesenta y ocho años. Vive en un piso compartido con otros cinco sujetos. Dice ser feliz.

Macarena se gana la vida revendiendo entradas de todo tipo. Sobre todo le gusta hacerlo junto a la plaza de toros. Los extranjeros compran siempre pensando que la plaza estará llena, dice la mujer. Más de setenta años, dos hijos muertos en el aseo de un bar con una aguja clavada en el antebrazo. Su marido llegaba borracho a diario y la zurra (como ella dice) llegaba con él. Está bien como está, me cuenta después de decir que murió hace cinco años con el hígado hecho puré.

Macarena me ofrece entradas siempre que me ve. Me las vende a su precio y yo le aumento en algo el botín para que pueda pagar la pensión. Los que la conocemos siempre lo hacemos.

Presume de no tener una sola cana y de haber sido una de las mujeres más guapas y descaradas de Madrid. A mí un panoli con la cartera llena no se me escapaba nunca. Había que sacar adelante la familia. Dice ser una mujer feliz.

Jorge es transexual. Si es verdad lo que dice fue el primero que cambió de sexo en España. Ha ido sobreviviendo como ha podido durante estos últimos años. No es alguien a quien la fortuna le haya sonreído. Nunca.

Cuando tenía tres años me encontraron, por primera vez, dentro de un armario llorando porque no quería ser una niña. Lo va diciendo mientras sonríe. De forma sincera, creo. Sólo cuando salí del quirófano supe que había terminado mi travesía por el desierto, sigue hablando despacio, como recreando cada detalle en la mente.

Nadie pensaría que Jorge fue antes una mujer. Pasó de los cincuenta no hace mucho. Su novia le abandonó no hace mucho. Dice ser un hombre feliz.



jun 10 2007

Un mundo nuevo

Me he acercado a dar un beso a Silvia. Antes de buscar un sitio tranquilo para comer. Y le he conocido. Eduardo es limpiabotas. Delgado, ojos claros rematados por un cerco violeta que resalta sobre el resto del rostro. Las arrugas marcadas por el arado de unos minutos intransigentes. Una dentadura sin repuesto por la falta de presupuesto. Así es Eduardo. Más o menos.

He mirado mis zapatos. Y estaban hechos un desastre. Así que he decidido pedir a Eduardo que hiciera lo que pudiera con ellos.

Mientras iba preparando sus cosas para limpiar la piel (ha utilizado la técnica de lavado al jaboncillo como sólo lo saben hacer los que han pasado un buen puñado de años en la tenería), ha comenzado a explicarme su teoría sobre algunas cosas del universo. Por ejemplo, el universo está en constante caída. Eso crea una cantidad enorme de energía y es eterno. Antes del principio el universo ya caía. Más cosas. Antes, hace doscientos mil años (o cuatrocientos mil, no lo sabe exactamente) no había noches y días porque alrededor de la Tierra orbitaba una pequeña estrella que provocaba la falta de noches. Estrella que cayó contra el planeta Tierra provocando el hundimiento de la Atlántida.

En fin, teorías algo especiales aunque contadas (se lo aseguro) con gracia y un convencimiento absoluto. Le he preguntado de dónde saca la información y me ha dicho de forma confidencial que ha leído tablillas de granito grabadas con información secreta que nadie está interesado en descubrir a la humanidad. Me ha hecho pasar un rato formidable. Y creo que él lo sabe.

Antes de irme hemos fumado un cigarro.

– ¿Sabe quién fue Zeus, don Gabriel? me ha preguntado empeñándose en no tutearme.

– Sí, algo sé de él.

– Pues se pasó de moda. Antes todo el mundo creía en él y un buen día le cambiaron por otro. Las cosas son así. Todos deberíamos pensar en ello. Sin darnos cuenta nos estamos quedando sin Dios porque la moda es otra y sin valores por lo mismo. Hágame caso, don Gabriel, que llevo en la calle muchos años y aquí es donde se parte el bacalao.

– No tire la toalla, Eduardo.

– No, no, yo no tiro nada. Lo que digo es que pronto tendremos que buscarnos las habichuelas en el planeta Venus. Es ley de vida. Se enfrió el sol y Marte se convirtió en un infierno. Se trasladaron los que pudieron hasta la Tierra. Pocos. Y no fueron capaces de sobrevivir aquí. Nosotros somos una mezcla entre marcianos y algún tipo de hombre con el que tuvieron contacto antes de estirar la pata. Y nos vamos a ver en las mismas cuando lleguemos a Venus.

– Ya, pues nada habrá que preparar las maletas, Eduardo. ¿Habrá Dios allí en Venus?

– No se haga ilusiones.

– Pues entonces yo me quedo, Eduardo.

– Usted verá. Yo saldré, si puede ser, en la primera caja de campo electromagnético.

Ha dejado los zapatos como nuevos.

Cuando un disparate se convierte en realidad el mundo cambia de forma radical. Y hoy mi mundo ha dado un vuelco. Ahora sé que todo vale.