abr 26 2010

Soy un replicante (2)


Ser un replicante es una bendición si los demás no lo saben (lo somos todos, pero casi nadie está enterado de ello porque no lo dicen en la televisión). Haces las cosas, te toman por loco y sigues tan feliz haciendo lo que te da la gana.
Una de las cosas que caracteriza la vida oculta de un Nexus 6 es su facilidad para descojonarse del mundo entero. Mientras los Nexus 6 ignorantes de su condición, es decir, casi todos, dedican buena parte del día a lamentarse por la vida que llevan, yo miro, por ejemplo, la fotografía del Papa mientras celebra la misa del gallo en navidad. ¿Alguien puede ver algo así sin sufrir un ataque de risa?
Seré sincero al reconocer que esta forma de ver las cosas con sonrisa incluida tiene más que ver con otra cosa (lo de las imágenes graciosas son anecdóticas incluso para un replicante que sabe que lo es). Es fácil poder sonreír a pesar de todo. El secreto es tatuarse, si es posible en los antebrazos, unas frases. Si esto es una mierda lo que venga será mucho peor; todo empeora si tienes cara de haba. Lo malo, si luces cara de pedo, se convierte en un asco. Mejor sonreír. Dado que las frases quedan algo largas, lo mejor es realizar el tatuaje comenzando en el codo y terminando en la muñeca. Las frases irán rodeando el brazo como si fueran las rayitas de un tornillo. Cualquier lector podría leer lo que dice dando vueltas a su alrededor por lo que se podría usted sentir muy idolatrado. Cabe la posibilidad de tatuarse la espalda y aprovechar los espacios libres con motivos diversos. Leer esa frase a diario (los tatuados en la espalda lo harán frente a un espejo y el cuello tirante), leer esa frase, decía, produce un efecto totalmente beneficioso en el individuo (replicante ignorante de serlo). Por ejemplo, está usted en la ruina más absoluta y vergonzante. Lee su tatuaje y piensa, joder, si podía estar vestido como el Papa en navidad y viéndome millones de personas con esas pintas. Y la cosa cambia. Siempre hay algo peor. Y un Nexus 6 lo sabe muy bien. Porque los replicantes saben (sabemos) que descubrir las cosas en su verdadera dimensión suele ser muy doloroso. Siendo persona te enseñan cosas como que el amor es maravilloso y limpio; que odiar es algo horrible, imperdonable; que la amistad es inquebrantable o que (sobre todo en occidente) todo lo que huele a pecado es un territorio prohibido, pase lo pase. Pero se suceden los años, los cimientos que eran robustos dejan de poder con tanta carga, con tanto tiempo pasado. Y te conviertes en un bonito y maravilloso replicante Nexus 6. Los pilares no pueden cambiarse así como así. De persona a replicante el cambio es más sencillo. Ya saben lo del tatuaje y eso. Las personas manejan los conceptos, los manejan a su antojo, los modifican. Y el amor se convierte en una auténtica mierda, por ejemplo. Los replicantes se limitan a mirar, a rebajar hasta donde pueden los efectos de esa manipulación, sin creerse nada. Y luego miran fotos del Papa. No hacen de nada una tragedia que supere la que significa existir. La flexibilidad de un replicante es grande. Lo que se viene conociendo como “tener manga ancha”. Por eso, el sentido del humor es fundamental. Y es lo que falta en el mundo. Es así de sencillo. Nos tomamos demasiado en serio la vida.
Todo esto lleva a que te tomen por loco o tarado o raro. Pero lo bien que me lo paso desde que soy un Nexus 6 no tiene precio.
Les mantendré informados sobre lo que suceda. Sigan atentos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


nov 26 2006

El paraguas de Louis-Sebastien Lenormand

El 26 de noviembre de 1783 un aeronauta francés llamado Louis-Sebastien Lenormand se lanzó con un paraguas abierto en cada mano desde un primer piso. Quería experimentar. Desconozco si le quedaron huesos sanos para poder seguir tirándose desde alturas superiores. Quizás saltó sobre un carro lleno de heno. Siempre hubo investigadores astutos.Tampoco sé si hoy la NASA ha perdido alguna sonda en el espacio, si algún astrónomo desocupado ha descubierto una nueva galaxia o si una nave de otro planeta ha contactado con un granjero de Arkansas. Ni lo sé, ni me importa.Me interesa más saber que la policía de Nueva York ha pegado cincuenta tiros a un grupo de personas que celebraban la despedida de soltero de uno de ellos (muerto), que todos iban desarmados (los juerguistas, digo), que nadie sabe qué pudo pasar. Más que el salto de Lenormand me llama la atención que en este momento (justo en este momento) un sujeto con la cara desencajada está sacudiendo una paliza a su mujer porque le ha salido mal la paella. Que esa paliza pasará desapercibida para el resto del mundo y ella (la mujer que no cocina paellas como es debido) seguirá acobardada hasta que el mamón de su marido la palme. Si se pierde una sonda cerca de la órbita de Marte me es indiferente. No tanto saber que con lo que se han gastado en jugar a los marcianos podría comer durante más de un año la población de medio continente africano. Pero nada, unos se tiran con un paraguas en la mano y otros fabrican maquinitas que molan un montón. Unos cientos de años de diferencia que se dejan notar en lo cutre de un experimento y lo colosal de los otros. Lo gracioso es que es eso lo que ha cambiado. Los cacharros y poco más. Antes metían a los negros africanos en barcos para vender toda la carga como mano de obra esclava; hoy seguimos consintiendo el trabajo de millones de niños (esclavos, también). Hace unos siglos las batallas se resolvían a golpe de sable o de maza con pinchos metálicos y hoy aprietan un botoncito que hace desaparecer una ciudad entera. Antes cuatro tarados se entretenían con sus locos cacharros intentando volar; actualmente una civilización de tarados subimos en los aviones con una bolsita de plástico en la mano porque un bote de refresco energético puede esconder un arma química.El 26 de noviembre de 1783 vestían peor, los que sabían leer eran pocos y escatimaban su sabiduría para continuar teniendo un poder único, la esperanza de vida era de coña porque el que pasaba de los cuarenta era el más viejo del lugar o casi, había pobres por todas partes que tenían que ceder lo poco que poseían al señor del castillo, a los que pretendían pensar se les liquidaba de forma ostentosa para que otros supieran lo que les esperaba.Igualito, igualito que el 26 de noviembre de 2006. Todo más finolis y con la tecnología por delante. Pero lo mismo. Seguimos a expensas del paraguas de Louis-Sebastien Lenormand para entender que el cambio ha de ser otro, que este camino no mola nada. Ni las sondas de la NASA.


nov 25 2006

Treinta y ocho dos

Unas décimas, mucha tos, la eterna molestia en el hombro derecho, la rodilla sonando igual que el caminar sobre un pontón. Había olvidado que la fiebre te instala en un territorio inestable de la consciencia, un lugar en el que los límites son otros, contornos trazados junto a las cosas escondidas del recuerdo.Las sensaciones se dispersan, la música suena lejana, puedo ver el aire porque ahora tiene color.Escucho cómo el vecino grita a su mujer. Se refiere a una traición. Una traición. Traición. Una palabra enorme que encaja pequeñeces sin que nos demos cuenta. Pensamos en ello y vemos reyes muertos, ejércitos vencidos, desastres desproporcionados, nunca a nuestro mejor amigo de la infancia, ese que dejó de serlo por aquella memez que hicimos, ni a nosotros mismos dejando claro que todo, hasta lo más sagrado, tiene un precio absurdo, mínimo, que estamos dispuestos a cobrar con tal de sobrevivir.Sentirse traicionado, traicionar, es saber que algo se acaba para siempre. Por pequeño que sea el engaño las partes se resentirán, todo quedará deformado. Nunca nadie pudo ver lo mismo después de pasar por esa trituradora de amistades y romances, de vidas enteras y de esperanzas.Un pequeño gesto, una palabra a destiempo, que alguien tire de tu brazo para que otros no te vean a su lado, decir eso que te parece injusto para salir bien parado del lío en que te has metido, asentir cuando escuchas sabiendo que otro terminará dañado. Ni ejércitos derrotados, ni reyes envenenados. Sólo personas que tratan de seguir adelante, que se mueren de pena después de topar con eso que nunca quisieron pensar como cierto.La traición es siempre voluntaria, egoísta. Queremos que sea inevitable, la encubrimos disfrazándola de única opción, aunque siempre salva un mismo pellejo, el del traidor.Hace unos días una alumna me pidió permiso para salir durante la clase al pasillo. Se levantó y apenas susurraba para que nadie escuchara lo que decía. Necesito salir, por favor, tengo que ver a una amiga. Está mal y quiero hablar con ella. Le pregunté si no podía ser al acabar con lo que estábamos haciendo. Es que si me ven con ella los otros me dejarán de hablar a mí también. Menuda amistad, dije. Mira, sólo te pongo una condición para poder salir, que vayas a ver a tu amiga sin esconderte. Piensa en ello, tú sabrás lo que quieres arriesgar. Se sentó y comenzó a doblar un papel una y otra vez. Antes de acabar me acerqué y le dije que siempre he pensado que si alguien no quiere ser visto en compañía de otro es porque ha dicho y hecho tanto como los demás. Si no hubieras participado no tendrías ese problema, le dije. Sólo cabe pedir perdón o dejar que ella encuentre una salida sin ti. Afirmó con la cabeza y siguió jugando con el papel. Seguramente lo que ha pasado es poca cosa, una idiotez que se amplifica por el exceso de hormonas. Pero será lastre difícil de soltar. Esa muchacha aprendió que está dispuesta a arriesgar más bien poco, que el precio que tiene puesto a su lealtad es escaso.El vecino ha dejado de gritar. La discusión ha terminado. Seguramente algo más que desconozco se desmorona aunque no me interesa gran cosa.La fiebre remite. Hoy no me gusta nada el mundo. No creo que nadie tenga derecho a tirar del brazo de otro para que no le vean con él. Ni me gusta pensar que hay una muchacha llorando a la que nadie está dispuesto a consolar. Pensar que la lealtad de las personas es una baratija me entristece. Mucho.


nov 20 2006

Mejor no enterarse

Siempre que contamos un problema a otro lo hacemos para que se ponga de nuestra parte, nos dé la razón, quiera asesinar a nuestro enemigo, deje de hablar a la que fue nuestra pareja o llore nuestra pena con el mismo desconsuelo con el que nosotros mismos lo hacemos. Solemos elegir la información de modo que no quede una sola duda, ni sobre nuestra razonable y sensata postura, ni sobre lo sinvergüenza que es el que tenemos al otro lado de la disputa, ni sobre nuestra bondad que es directamente proporcional a la maldad que tratamos de explicar. Seleccionamos lo que queremos decir, lo que no puede ni aparecer en la conversación y el modo de ir entregando todo eso en forma de relato que ha de servir para que el que escucha quede convencido de que nuestro problema es inmenso, el causante es otro y la solución pasa por eliminar del planeta al mal bicho que se le ha ocurrido hacerme eso a mí.Todo esto lo sabemos, lo hemos hecho en alguna ocasión y tenemos que sufrirlo de vez en cuando.Pero como creemos que escuchando milongas de los amigos y apoyando su postura somos más y mejores amigos, no tenemos por costumbre mostrar nuestras dudas sobre lo que oímos. Sabemos que nos la están intentando meter doblada aunque nos hacemos los muertos para que el otro se sienta la mar de bien.Eso delante de los amigos. Y de la televisión cuando nos habla nuestro personaje preferido. Y en un mitin político en el que el líder del partido al que votamos no dice más que grandes mentiras envueltas en necesidades vitales que no se resolverán nunca. Y casi siempre.Cualquiera sabe que esto es así. Nos dejamos engañar, a veces por egoísmo, otras para sobrevivir, casi siempre para que lo que nos rodea se quede como está. Los cambios son temidos.Ahora bien, un porcentaje altísimo de lectores (de novela y poesía sobre todo), ni se entera de nada ni quiere enterarse. Si la intención del narrador es hacer creer que un personaje es así o asá para ocultar sus propias carencias son muchos los que terminan creyendo sin rechistar lo que les dicen. Mala lectura. Si se describe un escenario o un objeto para iluminar a uno de los personajes son muchos lo que se saltan ese par de páginas porque ese registro no hay quien lo aguante. Mala lectura. Diálogo, diálogo, dónde va a parar, es mucho más ameno (eso lo piensa medio mundo). Lectura absurda. Además, son muchos lectores los que demandan que se les cuenten las historias con pelos y señales. Una elipsis en la narración provoca tantas dudas y malentendidos en los lectores que un autor decidido a triunfar debe pensarse más de un millón de veces si lo deja así o mejor lo rellena de información. El miedo es libre.Supongo que por estas cosas es por lo que se lee más bien poco. Preferimos hacer un esfuerzo para entender la mentira de nuestro amigo o la de un político; no nos supone un esfuerzo insoportable tener que interpretar todo lo que vemos a nuestro alrededor; nos ponemos de un lado o de otro cuando nos dicen que un famoso se está forrando mientras que los demás seguimos sus fechorías en directo por televisión y lo hacemos para tener un tema de conversación común. Claro que todo esto es rentable porque no corres peligro de ser tomado por loco. La lectura no. Leer un libro no te hace más amigo de tus amigos, ni te convierte en una persona mucho más divertida, ni más adinerada. La lectura es un acto voluntario y solitario. Del que no se puede hablar con casi nadie. Y ya nos dejamos engañar bastante como para que nos líen al leer.Es una pena que muchos no quieran asumir que leer es lo mismo que vivir. La diferencia, tal y como están las cosas, es que mirar la televisión supone tragarte lo que te dicen sin mover un músculo o malgastar una neurona. Igual que cuando tu amigo te cuenta su verdad. Y leer supone un acto reflexivo nada atractivo por el esfuerzo que representa y por lo poco que se le puede dar de sí en sociedad. Rentable sólo para uno, pero rentable al fin y al cabo.