feb 1 2009

Complicidad

Pocas cosas son las que nos hacen disfrutar. Sólo si el mundo se hace muy pequeño, si se reduce a un par de metros cuadrados, si lo que cabe en ese lugar son un par de personas. Sólo así podemos creer en que todo merece la pena. El resto no desaparece, no deja de tener la importancia de siempre (al contrario, todo se intensifica), pero si esas dos personas no son los verdaderos protagonistas el esfuerzo por querer vivir disfrutando al máximo se dispersa y queda en nada. O en casi nada. El efecto es el mismo.
Ayer estuve en el teatro acompañado por la mejor de mis amigas. Como sé que me lee con mucha frecuencia supongo que le resultará agradable saber que estaba preciosa. Preciosa de verdad. Vaya, que iba presumiendo de ir con ella por la calle, de estar sentado en el patio de butacas con una mujer así.
El espectáculo de “El brujo” nos pareció estupendo aunque lo mejor de la noche fue brindar con nuestras botellas de cerveza, charlar sobre cualquier cosa que se planteara con la confianza que solo dos cómplices tienen. Complicidad inagotable y auténtica.
– La mujer siente que puede ser madre desde que nace, llega el momento en que siente la necesidad de serlo y, después, es madre ante todo, susurró pensando muy bien lo que quería decir, mirándome fijamente.
– Sin embargo los hombres aprendemos todo eso. Nuestro instinto se multiplica cuando nos encontramos con un hijo en los brazos. Antes jugamos a querer ser padre sin saber qué es eso. Después sabemos que nuestro papel es ese queramos o no. La gracia está en asumirlo.
– ¿No gusta mucho ese papel secundario, verdad?
– Es irrelevante. Jamás antepondría una cosa a la otra. Los hijos tienen su hueco. Mi mujer es la que envejecerá conmigo y los hijos ya estarán criando a los suyos. Conviene tener claro eso. Y el papel no es secundario porque, aunque parezca mentira, se trata de películas diferentes.
Estuvimos un buen rato hablando de estas cosas, de otras mucho más prosaicas, de las cosas del amor, pero sobre todo de nosotros mismos. El resto estaba donde debía, sin molestar apenas. Nosotros encerrados en un par de metros cuadrados en los que cabía el mundo entero.
Antes de despedirnos, la abracé y le pedí que me prometiera que siempre estaría en el mismo lugar, que nunca me fallaría. Sí a todo, sin condicionantes, sin dudas y con la ternura necesaria como para que me pudiera quedar tranquilo para siempre. El mundo se hizo grande otra vez. Ya daba igual todo sabiendo que sigo teniendo ese espacio privado, exclusivo e inviolable.
Este es el privilegio con el que siempre soñé desde que era un muchacho despistado y alegre. Un privilegio que me hace disfrutar cada minuto de mi vida.
Estabas preciosa. Preciosa de verdad. Gracias M_A.


dic 26 2006

Pasar las de Abel

Abel era un buen chaval. Caín, por el contrario, debía ser un tipo de carácter difícil. Esto, dicho así, podría parecer una afirmación de carácter personal y, posiblemente, subjetiva. Pero no. Esto lo dijo el mismísimo Dios. Al menos eso cree buena parte de la humanidad. El caso es que Abel se dedicaba a llevar de un lado a otro a sus rebaños, a sacrificar el mejor de sus corderos cuando tocaba para ofrecérselo a un Dios silencioso (algo irritado con los padres de estos muchachos por liarse a mordiscos con una manzana), era paciente y tranquilo, asumía la palabra divina como obligación. Un buen chaval. Caín, por el contrario, siempre por el contrario, plantaba, construía cabañas en las que se quedaba a vivir, cazaba animales para comer (en la cabaña), era envidioso y no escuchaba la palabra de su Dios o si lo hacía le parecía una patraña. En realidad, lo que hacía Abel (el bueno de la historia) era seguir las instrucciones que recibieron sus padres antes de salir, con una mano delante y otra detrás, del paraíso. Habían convivido con Dios y cometieron un error. Tocaba buscarle sin cesar (buscar es lo que hacen los nómadas; buscan pasto, buscan agua, buscan el mejor clima; seña de identidad del pueblo judío desde que es eso, un pueblo identificable e identificado). Abel obedecía. Y Caín a lo suyo. Ni buscar, ni nada de nada. Dos formas de vida enfrentadas.Un buen día, por un quítame de aquí estas pajas, Caín le sacude con una quijada de asno a su hermano. En el cráneo y con bastante mala leche. Tanto es así que se lo carga. El sedentarismo acaba con el nomadismo. El hombre que se equivoca al interpretar la palabra de su Dios. Menudo desastre. Dios le pide explicaciones al homicida y este miente. Pío, pío que yo no he sido. Pero está hablando con el que todo lo sabe y no cuela, claro. En fin, que se le ponen feas las cosas y termina enfrentándose al resto de la humanidad con un estigma que le hará reconocible. De ahí viene eso de “pasar las de Caín”.Todo esto me hace pensar sobre la cantidad de hombres y mujeres como Caín que hay en el mundo. Y en los que son como Abel.El más Caín de los caines (creo que se llama Bush y es medio tonto, de eso estoy seguro) decide que eso de la moral, de la honradez o de la ética es cosa de película romántica. Promete un mundo cómodo en el que no hay nada que buscar porque él nos lo proporciona. Seguridad ante los señores con barba y turbante, dinero en la cuenta corriente, empresas maravillosas por las que tenemos que dejarnos los mejores años de nuestra vida a cambio de bienestar (¡qué mentirosos son los empresarios!) y una quijada de asno colectiva con la que arrear leñazos a los que viven al otro lado de la rayita que divide los colores del mapa. Y nos lo creemos, nos convertimos en caines enanos que se tragan lo que sea necesario. Los honrados acomodados. Los que no hace mucho éramos señalados despectivamente por ser burgueses, causantes de todo lo malo que pasa en este mundo. Con mucha razón. Todo hay que decirlo.En la esquina contraria el colosal pelotón de abeles. Bien. Con calzón negro y sin botas. Bien. Cientos de millones de seres humanos. Bien. Campeones del mundo en miseria. Bien. Buscadores de algo que ni siquiera saben lo que es. Bien. Se agarran a la religión porque es gratis. Bien. No han ganado un combate jamás. Bien. Dispuestos a recibir golpes de quijada sin rechistar. Bien.Qué velada tan patética.Usted que es un Caín más (no lo dude, tiene un ordenador delante y eso le convierte en ello directamente) y yo (otro Caín con acceso a Internet a través de línea adsl) deberíamos plantearnos todo esto. Jugar a las empresitas, mirar a los abeles que llegan en pateras como si viéramos un capítulo más del documental “Vida salvaje”, dedicarnos a mandar siendo unos provincianos que nunca pensamos en llegar hasta aquí, creer lo que nos dicen los políticos porque nos sentimos menos responsables ante tanta mierda o procurar joder al que tenemos por debajo, no nos lleva hasta el infinito y más allá. No, no, no. Nos hace mezquinos. El mundo es mucho peor gracias a lo que hacemos cada día. Mucho peor. Hemos decidido ser como Caín y ha sido una equivocación.Hagamos un esfuerzo, usted y yo. Ambos. Mañana pensaremos en la poca cosa en la que nos hemos convertido a cambio de unos euros. A ver si hay suerte y nos da por cambiar un poquito. Aunque sólo sea un poquito. Ánimo, mi querido Caín.
P.D.: Este es mi particular sermón navideño. Bien podría haber sido una homilía dictada en la misa del gallo. Pero no soy cura, soy escritor, y ya ven que mezclo relatos bíblicos con boxeo e, incluso, conmigo mismo. Imperdonable. Feliz navidad a todos.


dic 25 2006

A puñados

Acabo de mantener el primer cambio de impresiones con la pequeña Gimena. He intentado explicarle algunas cosas (que las palomitas de maíz no se comen de una en una, ni los panchitos; que le espera una vida tan larga como difícil; que la música que escuchábamos era una maravilla y mezclaba una cosa que se llama jazz y otra que se llama flamenco, que el mundo está lleno de mestizajes enriquecedores; que estamos condenados a querernos; le he intentado explicar lo que le queda por delante). Ella se ha limitado a sonreír hasta que le ha vencido el sueño. Es lo que más envidio de los niños. Ni les va ni les viene nada de lo que ocurre.Guzmán, viendo que lo suyo corre peligro ha demandado una charla antes de dormir. Hemos repasado el día en la guardería. Una pelea entre Víctor y Lucía; canciones que ha repetido para que las pudiera escuchar su padre y el relato de su exhibición comiendo todo, todo, todo. A este no le he tenido que explicar lo de las palomitas. Pelear por ellas con sus hermanos ha sido más que suficiente para que se enterase. El joven Guzmán se está haciendo mayor antes de tiempo. Pobre.He regresado cansado. Muchas horas de carretera. He parado un par de veces para repostar. Sólo un par de veces. Mucho trabajo en casa como para perder el tiempo tomando café en un bar de carretera.Tantos kilómetros dan mucho de sí. Preguntas que se van contestando para hacer un hueco a las siguientes. Qué razón lleva a alguien a pagar para que le enseñen a escribir como le dé la gana. Por qué se confunde ser culto con haber leído media docena de libros y contarlos con gracia a otros que no han leído ni media docena de tebeos. Por qué esos mismos sujetos se empeñan en escribir frases que no entienden ni ellos para que parezca que su pensamiento es profundo. Cómo se puede ser tan imbécil y sentirse orgulloso de ello.Hace algún tiempo escribí un artículo sobre la novela “Miss Lonelyhearts”. Se publicó en una revista dedicada a la crítica literaria. Pasados unos días, el que era coordinador de la publicación me dijo que era una pena, que el artículo decía cosas muy interesantes, que la lectura que hacía de la obra era valiente y esclarecedora, pero que el artículo se entendía perfectamente. Por supuesto, ni le contesté. Es una de las gilipolleces más grandes que he tenido que soportar. Me limité a sonreír. Como la pequeña Gimena.Los kilómetros se alargan. Sobre todo en el viaje de regreso. Entre los discos que llevaba en el coche estaba el de Niño Josele, su último trabajo. Nadie debería dejar de escuchar algo así. Algo de Art Tatum, el último disco que he podido comprar de Miles Davis, la ópera Turandot de Puccini y un par de trabajos de Enrique Morente. Y mientras sonaban, uno tras otro, las respuestas llegaban a trompicones, en desorden aunque, finalmente, iban quedando en su sitio.Nunca he querido ser lo que muchos entienden por intelectual. Ni ha sido mi deseo ni me he acercado a ello sin ser consciente. Jamás he presumido de serlo. Nunca lo haré porque me parece que es cosa seria y al alcance de muy pocos. Me sentiría ridículo. No podría sentirme orgulloso haciendo el idiota de esa manera, intentando parecerlo al son de artículos rebuscados e imposibles de entender.Las palomitas se deben comer a puñaditos. Y los panchitos también. Y se dice así, sin más adornos. A veces conviene expresar la idea como si nos estuviéramos refiriendo a un niño, para que todos sepan lo que se les dice, para que puedan pensar lo que les dé la gana aunque se queden en la superficie o para que puedan sonreír (como un bebé) y dejar claro que eso ni les va ni les viene. Por muy listo que quiera parecer el que lo dice. No se debe confundir un buen uso del lenguaje con la construcción de frases imposibles. Ni la cultura con la lectura. Ni hacer lo que uno quiere con lo que es necesario hacer para hacerlo bien.Mañana viajo de nuevo. Pronto, de madrugada. Y no me detendré para tomar café en un bar de carretera. Ni al ir ni al volver. Conducir pensando al mismo tiempo agota y cuanto antes llegue a casa mejor. Aquí hay mucho que hacer.