sep 15 2006

Mejor copa y puro

Sé que mi buen amigo esta pasando un mal rato porque las decepciones son duras. Pensaba hoy en él mientras miraba a los niños jugando. Qué diferente es todo cuando llevas pantalón corto y un cubo de plástico en la mano.
Los niños reciben la decepción como algo pasajero. La importancia es poca, tan insignificante que pasa desapercibida. Ellos no suman recuerdos como para tener que arrepentirse de una cosa u otra, no están obligados a revisar lo que ha ido pasando hasta que han dejado de jugar con su fugaz amigo. Ya no le ajunto. Poco más. Juegan como niños, sienten como niños y salen adelante como deberíamos hacer los adultos.
Mi buen amigo lo está acusando. Que lo sé yo. Soy incapaz de imaginar si lo siente más como amigo que como compañero de trabajo o, incluso, como padre. Él sabrá. Pero lo está acusando. No suele dejar que el primero que pasa por su lado conozca más de lo necesario, pero, como yo hago lo mismo, tengo aprendida la cosa. Y este, por ser como es, sí que amontona recuerdos que tendrá que esconder. Por ejemplo, aquel día que nos reímos tanto los tres tomando cervezas mientras celebrábamos no sé qué, eso, ya no le hace ni pizca de gracia. Seguro. Yo tuve que borrar buena parte de los últimos años no hace mucho tiempo. Porque los adultos vivimos de esa forma. Es decir, sobrevivimos eliminando para ser todo lo niño que podemos.
Ir por la vida espalda con espalda está reservado para muy pocos. Girar el cuello y ver que estás más solo que la una da susto y eso nos pasa a todos. Pero la buena noticia es que aún no tiene porqué pegar la suya a la pared. Siempre se ha rodeado de gente extraña, con un punto de locura que les terminará llevando a esa excentricidad de la que él tanto presume, gente que conoce el valor de aguantar carros y carretas. Sí, querido amigo, sí.
Llevamos resolviendo problemas muchos años, saliendo como podemos de todos los líos. Todavía está por ver que enfrentemos uno con miedo. No, eso si que no. Mejor fumarse un puro y beberse una botella de orujo mientras pasa lo peor. Ahora lo que no vale es decir «ya te lo avisé». Eso es ir de listo. Tampoco sirve preguntar ¿ahora qué hacemos? a punto de llorar. Eso es ir de panoli. Toca sacar adelante las cosas. Ni más ni menos.
Le conozco y sé que estará pensando que no es para tanto, que siempre estoy con la misma cantinela de buen cristianito, de buen “ateólogo” que es como me llama, pero a mí no me la da. Las está pasando canutas.
Espero que sepa vivir lo mejor que pueda este ratito. Y que pegue la espalda con fuerza a la mía o a la de cualquier otro que se deje porque las cosas pueden ser todavía mucho peores.
Y supongo que creerá que me ha dado un ataque de amistad incontrolable. Pues no es eso. Es que no quiero borrar más experiencias de la cuenta ni que las tenga que eliminar él. Y me apetecía mucho ponerme cursi. Velo por mis propios intereses, querido amigo. Aunque te aprecio. Eso es verdad.


ago 31 2006

Tolstói y las croquetas de jamón

Ha tenido que esperar en la estantería durante mucho tiempo. Me daba pereza. Casi dos mil páginas suponen algunas horas de lectura de las que no dispongo. Entre unas cosas y otras, los ratos libres que puedo dedicar a leer o escribir se achican o desaparecen. Tengo la mala costumbre de no abandonar una novela antes de acabar con ella, lo que significa malgastar muchos minutos si no me convence. Pero no. He disfrutado cada página de “Guerra y paz”, cada personaje, con un narrador espléndido que nadie se atrevería a utilizar hoy (cosa normal por otra parte), con una técnica añeja de la que bebemos todos los escritores nos guste o no, con una trama folletinesca construida desde la ironía más elegante que puedo recordar, una trama llena de injerencias que he tenido que perdonar sin excepción por el descaro con el que Tolstói las dejaba caer. Por ese descaro y porque he llegado a tener la sensación de oír al autor contándome al oído alguna impresión sobre lo que estaba escribiendo en ese momento. Eso o alguna inseguridad al pensar que su lectores podrían desvirtuar lo que quería decir. “Si no meto esto aquí cualquiera sabe lo que pueden entender los escritores del siglo XXI”. Algo así creí escuchar que me decía. Cosas impensables en la literatura actual que perdono a un escritor de esa categoría porque de sus aciertos hemos aprendido todos, pero de sus errores también. Un novelón.
Entre amores desdichados, bodas arregladas por las buenas dotes de las novias, batallas encarnizadas, cobardías odiosas, deudas delirantes, duelos estúpidos y días de cacería (impresionante la caza de un lobo viejo), he pasado estos últimos días de vacaciones. Más de una noche, ya de madrugada, he cerrado el libro sin tener sueño obligándome a dormir. Guzmán toca diana hacia las ocho de la mañana y no entiende de tramas ni de personajes bien perfilados. He inventado ratos para poder leer un par de páginas que se convertían en un capítulo entero entre las protestas de los chavales que querían bajar a la playa. Una lectura intensa, apasionada y apasionante.
Hoy, mientras preparaba la masa de las croquetas (además del jamón, con un poquito de cebolla, huevo duro y una pizca de nuez moscada para que no sepan igual que las congeladas) pensaba en las diferencias entre una buena novela y un tostón. Las he ido anotando en un papel que está pegado a la nevera con un imán. No son muchas. Una pizca de esto, una cucharadita de lo otro. Poca cosa. Pero sólo los buenos escritores conocen las recetas. Tolstoi se las sabía tan, tan bien, que escribió una novela de casi dos mil paginas y ni te indigestas, ni nada. Incluso no te importa repetir. Son las cosas que tienen los genios.