ene 10 2012

Maquillaje

– Tranquila. Ya verás como todo sale bien. No pienses más en ello.
– Si es que le quiero. No puedo evitarlo. Si fuera capaz me lo quitaría de la cabeza ahora mismo.
– Venga, deja de llorar. Quizás no tengas razón. No sé, es posible que sean imaginaciones tuyas y nada más.
– Sé que está con otra. Son muchos años con él como para no darme cuenta. ¿Qué clase de mujer puede destrozar un matrimonio de esta forma? ¿Quieres saberlo? Una zorra, una mujer sin escrúpulos que quiere ver cómo a todo el mundo le puede pasar lo mismo, que intenta justificar su mierda de vida jodiendo la de los demás.
– Bueno, no creo que tenga que ser así. Eso es generalizar demasiado.
– No lo es. Sólo una papanatas luciendo lazos y calcetines o una puta puede hacer tanto daño. Cuando hables con mi marido cuéntale todo esto.
– ¿No será mejor que se lo digas tú? Y deja de llorar, no te lleva a ningún sitio que sea bueno para ti.
– También le puedes decir que me ha fallado, que es mi gran decepción. Qué fácil es cambiar un mal polvo por toda una vida. Pero claro, yo friego el suelo, lavo sus camisas y llego reventada a casa. Así nadie puede gustar al otro. Por cierto, no te molestes conmigo, pero tanto maquillaje te sienta fatal. Y a nuestra edad ya no podemos esperar milagros. En cualquier momento te cambian por una cara más mona y unas tetas en su sitio.
– Me tengo que ir. Ya te llamaré para saber cómo te encuentras. Dame un beso. Hasta pronto.
Suena la puerta al cerrarse. Agarra una servilleta de papel y se limpia el carrillo izquierdo con fuerza. No le parece suficiente y corre al baño para lavarse la cara.



nov 20 2011

Radiografía apresurada e imperfecta

Me gusta pensar que, a pesar de todo, quedan cosas intactas.
Mi padre sigue siendo el mismo tipo duro y responsable que era antes de morir.
Todavía soy capaz de luchar contra lo que me parece injusto. Pase lo que pase.
Me importa poco el dinero.
Niego la existencia de Dios aunque piense en él cada día.
Soy capaz de amar hasta extremos delirantes.
Nunca reniego de nada que es cosa mía.
Me gusta pensar que, a pesar de todo, puedo echar la vista atrás sin miedo.
Hice lo que debía cuando tocó dar la cara.
Tiré parte de mi juventud por la borda con tranquilidad. Como debe ser.
Logré salir adelante cuando me tenían contra las cuerdas. Y sigo en píe.
Me puse a buscar sabiendo que me encontraría, sabiendo que aquello sería doloroso. Sin miedo.
Y, cuando llegó el momento, estiré el cuello, bajé la guardia y esperé el golpe sin pestañear.
Me gusta pensar que, a pesar de todo, soy el que siempre quise ser.
Lo que pienso. Lo que escribo. Eso que nadie llegará a saber.



jul 29 2010

Pensar y callar

Hay asuntos sobre los que procuro no hablar. Me parece que la prudencia debe estar por encima de opiniones, casi siempre viscerales, acerca de, por ejemplo, el aborto o las creencias religiosas de los otros.
Decir “estoy a favor del aborto” o “el aborto es un crimen” es lo mismo que no decir nada. Decir “Dios existe, lo sé porque tengo fe” o “Dios es una patraña inventada por el hombre para no sentir terror ante la muerte” es hablar por hablar y, seguramente, sin saber bien lo que uno dice. Abortar es una tragedia humana; de Dios no se puede hablar sin saber que hay que hacerlo desde lo más profundo del hombre (de lo humano que tenemos todos). Cada cual que diga lo que quiera, se engañe como quiera, tranquilice su pensar como quiera o acierte si es que eso es posible.
El caso es que me hago preguntas que me llevan a otras mucho más difíciles de contestar.
Una muchacha de dieciséis años, ¿es capaz de decidir (a solas) sobre un asunto tan importante? ¿No será necesario que los padres intervengan? ¿No va siendo hora de tratar este asunto como una tragedia personal y no como un pecado mortal que te arrastra lejos de la ética y la moral? ¿Dónde se encuentra el límite (si es que lo hay) entre lo que es una personita y lo que llamamos feto para evitar referirnos a un ser vivo de forma clara? ¿Es este el camino correcto para evitar que una mujer joven tenga que pasar un calvario de esa magnitud? ¿Nos estamos haciendo los muertos y nos dedicamos (sólo) a opinar después de cenar con los amigos o estamos realmente involucrados en el asunto?
Todas estas preguntas llevan a otras mucho más difíciles. Yo no sabría contestar ni una sola de ellas sin que, al mismo tiempo, me asaltaran dudas sobre lo dicho. Los políticos me temo que tampoco. Ni los curas que agarran la teología para convertirla en derecho canónico (eso es matar una religión).
Por esa misma razón, me irrita la contestación que se ha puesto de moda. Cada uno que haga lo que quiera. Eso es una idiotez. Es como si discutiéramos sobre los timos, la piratería informática, la pena de muerte o un crimen y dijéramos “nada, nada, cada cual que haga lo que crea que debe hacer”. Las cosas nunca funcionaron así.
Cuando me preguntan si puedo explicar lo que es Dios suelo contestar que eso es imposible, y que si alguien lo intenta es que no lo sabe ni lo que dice, y que si te crees a Dios porque alguien te lo ha explicado mal asunto. Es decir, no contesto. Creo que es lo mejor. Y les garantizo que tengo bastante claro el tema. No hace falta decir que imponer a Dios me parece lo más lamentable que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Tanto como negarle la posibilidad de acercarse a la religión.
Quizás ha llegado el momento de pensar y escuchar a los que saben, a los de un lado y a los del otro, aunque sea poco lo que digan o se limiten a no contestar salvo con una pregunta (que, por otra parte, es una muy buena forma de hacerlo). Pensar y escuchar. Dejar de buscar votos con asuntos tan serios o de negar la posibilidad de salvaciones eternas con la vida resuelta a base de potenciar el miedo de los demás.