abr 15 2010

Conversación de cafetería

Cualquiera que esté sacando dinero del cajero automático ve a los demás, sean quienes sean, como potenciales chorizos. Si se acerca un tipo trajeado o una mujer con carrito y niño, puede ser que la tranquilidad sea mayor (aunque nunca se sabe porque los cacos son personas que se disfrazan con suma facilidad). Si el que se acerca es un tipo mal vestido, con cara de malas pulgas y sin afeitar, es posible que un ataque incontrolable de pánico se apodere del buen ciudadano que saca dinero contante y sonante de su cuenta de ahorro. Casi siempre, el tipo mal afeitado no te hace ni caso, se saca un moco con tranquilidad y ni te mira, va tranquilamente al bar de la esquina y se mete un sol y sombra ajeno a tus miedos.
Todo esto es algo que sucede y que un porcentaje altísimo de gente ha vivido más de dos veces. Y todo esto sucede en el vagón de un metro, en los grandes almacenes mientras compras una camisa o en la cola del pan. Presten atención, por ejemplo, a cómo, de forma mecánica las mujeres agarran sus bolsos si alguien se acerca. Es curioso.
Vivimos en un permanente estado de alerta. Nos hemos convertido en sociedades miedosas, temerosas de sí mismas. Y bastante absurdas. Por ejemplo, nunca entenderé eso que dicen los padres a sus hijos cuando les intentan instruir para que reaccionen en caso de perderse. No hables con nadie. ¿Cómo que no hable con nadie? Es al contrario, justo al contrario. Si pasa un adulto por allí, lo que el niño debería decirle es que está perdido y pedirle ayuda. Lo normal es que la gente no robe, no asesine y no secuestre niños.
Digo esto porque las pocas veces que me acerco al televisor para escuchar las noticias, se me ponen los pelos de punta comprobando que el enfoque que se da a cada noticia es (suele ser) apocalíptica, un enfoque muy peligroso. Los medios de comunicación tienen una potencia descomunal y si allí se dice que el mundo se acaba la sociedad comienza a gritar y correr y morir y matar.
Hace unos días, alguien me decía que estaba aterrado, que no entendía qué ocurría en este mundo en el que los jóvenes se matan unos a otros sin compasión. Comentábamos el asesinato de una niña en Seseña. Escuché cómo dibujaba un escenario espantoso, un futuro incierto. Escuché un delirio que mezclaba las noticias apocalípticas, el temor con el que vivimos y la falta de reflexión. ¿De verdad piensas que uno de mis hijos o cualquiera de los millones de jóvenes españoles que dedican su tiempo a estudiar, a practicar deporte, a divertirse como hicimos nosotros con su edad (incluyendo el beber y el fumar sin plantearse la vida más allá de los veinte minutos siguientes), de verdad piensas que son asesinos en potencia, que te robarán el dinero que saques del cajero? Le fui hablando con tranquilidad, tomando mi café a poquitos. Habrá que atajar los problemas, pero dentro de la dimensión que toque, nunca criminalizando a un colectivo tan amplio. Como vi que tenía muchas ganas de contestar, me detuve, le miré y esperé hasta que respondió. Con gente como tú así nos luce el pelo. Cuando nos explote el problema en la puta cara te acordarás de estas cosas que dices. Después de mi último sorbo de café, le dije que si alguna vez los jóvenes se matan entre ellos sin compasión, los adultos habremos montado ese circo que llamamos guerra.
En fin, conversación de cafetería. Sin importancia. Pero, es verdad, que cuando llegué a casa miré con detenimiento a mis hijos (quería con ello ver a todos los chicos de su edad) y no vi asesinos, ni ladrones, ni un problema a punto de explotarme en la puta cara. Eso lo vi más tarde, cuando miraba la televisión, en un telediario que enseñaba un trocito de mundo muy pequeño y muy, muy, negro.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano