ene 14 2011

La Puerta de los Infiernos


Laurent Gaudé logra con su novela La Puerta de los Infiernos (Ed. Salamandra, 2009) retratar con precisión el sufrimiento de unos padres que pierden a su hijo, la destrucción de una relación, la venganza, la amistad y el infierno. Sí, el mismísimo infierno. No el que tenemos en la cabeza los occidentales sino el clásico, el que veían cerca Eurípides o Platón. Es una de las descripciones más conmovedoras, más terroríficas, que jamás se han escrito. Pero el gran mérito de Gaudé es que agarra una historia rebosando amargura y violencia para tratarla desde la ternura de lo cotidiano. Se acerca Gaudé a la tragedia griega en las formas y en el fondo. Incluso lo hace cuando se asoma a la teología. Perfila los personajes como lo harían los clásicos (no como un todo sino como si fueran trocitos pegados unos a otros y de los que pudiera desprenderse el individuo sin causar más que un daño “local”). Y lo hace con una solvencia extraña en los tiempos que corren. Creo que pasarán años hasta que pierda la nitidez en mi consciencia la descripción que me encontré del infierno en esas páginas. Pero, del mismo modo, será difícil olvidar la relación del matrimonio protagonista, las escenas violentas y crueles que definen el mundo que nos presenta este autor francés.

Calificación: Muy buena

Tipo de Lector: Dispuesto a tocar el mismísimo infierno con la punta de los dedos al pasar cada página.

Tipo de lectura: Ligera.

Engancha desde el principio.

No sobra ni una sola página.

Argumento: Original, atractivo, muy emotivo. Cruel, a veces.

Personajes: Muy bien perfilados.

¿Dónde puede leerse?: Mejor en casa. Tomando un café.


milt jacksonlost april


ene 10 2007

Viaje al centro de Medea

Medea, la protagonista de la tragedia de Eurípides, después de cargarse a la nueva esposa del que fue su marido, al padre de la nueva esposa; a Jasón, que fue su marido; y a sus hijos (de su marido y de ella, de Medea), después de cargárselos, decía, sale pitando hacia la corte del rey de Atenas. Y lo hace subida en un carro tirado por dragones. No sé si esta obra la ha leído un tipo que se dedica a contar en sus libros la Biblia como si fuera un libro de marcianos y de naves espaciales. J.J. Benítez, se llama. Si alguien conoce a este hombre que le avise. Puede ser un filón para él porque los carros de fuego bíblicos y los tirados por dragones en la Grecia clásica pueden ser convertidos en aparatos interestelares con facilidad. Son más creíbles los motores enormes y, sobre todo, mucho más comerciales.
Ayer terminé de leer la Medea de Eurípides. Dentro de un autobús. Fascinante. Una historia que se ancla en una trama repleta de venganza, pero que trata de la maldad. Todos podemos desear daño a otro después de sentirnos traicionados por él, todos nos dejamos dominar por la ira aunque sólo alguien como el personaje de Eurípides puede llegar a esos extremos. La maldad convierte la venganza en la peor de las armas, en la más letal. Supongo que todo el mundo sabe que, cuando Medea huyó con Jasón y fue perseguida por su padre, ella mató a su hermano y esparció los restos para obligar al padre a dar sepultura, poco a poco, a su hijo y así retrasar esa persecución. Una alhaja de mujer. Mala, malísima.
Estoy pensando que quizás no sea buena idea advertir a Benítez. Lo del carro y los dragones le puede dar juego. Sin embargo, la tripulante es de lo más humana. Es verdad que posee actitudes tendentes a la exageración (matar al marido podría haber sido suficiente, o al suegro, como mucho a un par de personajes), pero humana al fin y al cabo. Y eso, convertirlo en un historia ridícula, tiene su complicación. Y no creo que venda mucho.Mejor, si alguien le conoce, que le avisen de otra cosa. Por ejemplo, que alguien le diga que en Madrid miles de personas viajan en metro y autobús cada mañana. Eso si que es una aventura. Y convertirla en una trama intersideral está chupado. Describes una nave pequeña, con capacidad para, pongamos, veinte personas. A continuación, metes en la nave a quinientas personas. Quince o veinte de ellos no se duchan y huelen a ñu africano. Otros treinta tripulantes quieren sentarse en los asientos que ocupan otros. Media docena embarcan en la nave con muchas bolsas de plástico llenas con sus cositas y se mueven de forma absurda por la nave, doscientos llevan mochilas en la espalda y el resto se juntan mucho intentando evitar olores, golpes y cosas así. Está chupado. Corran, corran a decírselo.


ene 9 2007

Filemón sin Mortadelo

Filemón (el autor teatral, no el de los comics de Ibáñez) afirmó que se dejaría ahorcar para poder charlar con Eurípides (otro clásico griego que había nacido un siglo antes). Yo no, no me gusta hablar con los escritores vivos ni con los muertos. Leer sus tragedias es suficiente. Y eso es lo que estoy haciendo estos días. Ha pasado mucho tiempo desde que las leí por primera vez. Cada uno o dos años, cuando no me apetece leer más de lo mismo, cuando creo que mi criterio literario sufre un gravísimo peligro, suelo echar un vistazo a mi viejo volumen encuadernado en piel. Hoy he leído “Alcestes” mientras iba a trabajar. Media hora de autobús para ir, tres cuartos para regresar. Me he pasado una parada para ir y dos al volver. Eurípides cuenta lo siguiente. Apolo pide a Júpiter poder librar de la muerte a Admeto (marido de Alcestes) puesto que se siente en deuda y agradecido con él. El dios lo concede a cambio de encontrar un voluntario que palme en su lugar. Nadie quiere saber nada del asunto, incluidos los padres de Admeto. Es Alcestes la que acepta morir. Y muere, claro, porque los dioses griegos eran muy serios para estas cosas. Aparece Hércules en escena. Admeto le presta su palacio para descansar en pleno duelo sin que el invitado conozca la tragedia que se vive allí. Finalmente, Hércules, que ha estado montando una juerga muy importante, se entera de todo y decide devolver al mundo de los vivos a Alcestes. Tiene sus más y sus menos con Plutón en el palacio del infierno y lo logra. La cosa termina con el matrimonio feliz y contento. Eso es lo que cuenta. Más o menos. Más menos que más porque dicho así puede parecer poca cosa. Y es que una lectura superficial puede provocar este tipo de análisis ramplón y ridículo.La tragedia de Eurípides habla del destino, de un destino que no puede ser controlado, ni siquiera, por unos dioses que diseñan el mundo sin contar con que los sentimientos humanos son ingobernables. Habla sobre eso utilizando como vehículo el valor del amor. El amor de Alcestes por su marido, sin condiciones. El de sus padres que se mezcla debilitado con el miedo a la muerte convirtiéndolo en un odio recíproco y demoledor. Amor y destino. Y una muerte que se puede evitar con la fuerza de ese amor convertido en pena por la ausencia.
Llevo años preguntándome si es Alcestes una mujer diez o, simplemente, se trata de alguien cegado por el amor, alguien que no sabe ni lo que hace. ¿Es una heroína de pies a cabeza o una irresponsable? ¿O una imbécil? El enamoramiento arrasando la razón. Llevo años preguntándome si no es el padre de Admeto el verdadero protagonista de la tragedia porque nos muestra la cara menos amable de la relación entre padre e hijo. Cuando el joven indignado le reprocha a su padre no haber querido morir por él, el anciano le dice que ningún padre vive para morir por un hijo, que ningún hijo debe elegir ese camino por absurdo e injusto, que la vida de cada uno es la que toca y la muerte se ha de asumir como propia. Muere cada sujeto y con él su mundo mientras que el resto sigue intacto. La sabiduría de la vejez, una vejez que deja de ser incómoda si la muerte acecha. ¿Es Hércules un buen tipo o es la vergüenza que siente por ser tan torpe lo que le lleva a realizar un acto heroico? La mala conciencia siempre nos ronda. ¿Es el marido un listillo que, en realidad, va a lo suyo y dice amar a su esposa cuando es incapaz de morir dejando que sea ella la que viaje al infierno? ¿Fue estúpido al pensar que el amor del padre es más poderoso que cualquier otro y que sería el suyo (su padre) el que evitaría su muerte? ¿O quiso salvar el pellejo a cualquier precio incluido quedarse sin esposa? El egoísmo disfrazado de virtud. Como de costumbre.Llevo años intentando formular preguntas que muestren lo esencial de un texto literario, no me interesa una superficie que me haga pensar en una historieta más o menos divertida. Eso es como confundir a Filemón el autor clásico con el agente de la T.I.A. Así que habrá que volver a leerla aunque al terminar tenga que regresar andando a casa desde una parada de autobús equivocada. Formulando preguntas, las mismas que hoy.