sep 20 2011

Reflexión sobre las nenazas y sus amiguitos

Tengo un serio problema. Eso dicen los demás. Me tachan de arrogante, de prepotente y de ser un tipo complejo que no tiene piedad con algunas cosas. Y dicen eso (no crean que se tapan, me lo sueltan en público, en privado, por escrito y con forma de oda) porque me gusto. Me gusto mucho. Qué le vamos a hacer.
Me gusta cómo escribo, cómo pienso (es casi lo mismo) y me gusta cómo me muevo por el mundo. ¿Es esto un problema? Pues lo tengo bien hermoso.
Pero tengo un defecto mucho mayor. Me gusta mucho la gente. No voy a negar que algunos me parecen unos papanatas que juegan a ser héroes cuando son unos mierdas. Esos no me entusiasman. Pero la gente que encaja un golpe, alza la cabeza y te mira con insolencia, me encanta. Saber recibir sin inmutarse, sin rechistar, me parece una cualidad maravillosa. Debe ser que, como me gusto mucho, creo verme a mí mismo. Los que reciben y lloriquean o se quejan entre grandes aspavientos porque les han hecho pupa me causan cierto rechazo. Siento debilidad por los que no se dejan arropar por desgraciaditos que se meten en el corral para defenderse de los malos formando piña. La gracia está en recibir y seguir. Con la ayuda mínima. Y si es por méritos propios mejor que mejor. Recibir y seguir, digo.
Me gusta la gente auténtica. No las malas copias. A tener un par de cojones no se aprende de la noche a la mañana. Los tienes o no los tienes. A tener gracia diciendo barbaridades no se aprende nunca. Con ese salero se nace y el que lo intenta sin estar preparado se convierte en un ridículo. Lo que se aprende es a ser un cursi gilipollas que dice frases redonditas sacadas de un libro de citas, a rodearse de amiguitos que te dicen sí a todo. Eso es muy fácil. Y aburrido. Mucho.
Me gusto mucho. Y tú me encantas. Lo siento, pero tú, sí, sí, tú, no me gustas ni un poquito. Porque vas de esquina a esquina pidiendo que te libren príncipes azules que son una caricatura. Nenazas rodeados de nenazas (consideren estas expresiones como unisex). Me gusto y me encanta la gente. No puedo negar que se me van los ojos detrás de los que se dejan perdonar y de los que hacen la vista gorda para olvidar. Porque, curiosamente, todos los que desde el corral braman diciendo que eres un prepotente, un arrogante y gritan que no tienes ni pizca de piedad, lo que hacen es un ridículo espantoso al ser ellos los que cargan con el defecto. Sobre todo con una falta de buen humor más que preocupante. Queridos, todo eso de la arrogancia y bla, bla, bla, es un defecto si eres medio gilipollas. Llevarlo con cierta gracia te hace ser un tipo, por lo menos, curioso; un individuo que levanta pasiones y odios.
Me gusta la gente que quiere que se hable de ellos. Aunque sean barbaridades. Ellos sí que saben lo que significa destacar. Porque que hable bien de ti tu mamá no tiene gran mérito. Y que no hablen es una tragedia.
Y dicho esto, les deseo feliz año nuevo.


jul 16 2010

Los perros del pecado

Nadie es responsable de la vida de otro. Nadie tiene culpa de lo que un individuo elige hacer de forma voluntaria.

El pecado, el maldito concepto de pecado, tan cristiano y tan torturador es lo que nos hace perseguir una culpa que no nos corresponde cuando se trata de los otros. Intentamos ayudar para sentirnos bien, para no cargar con esa culpa pecaminosa tan pesada. Maquillamos el asunto con bondad prestada sobre todo para que los remordimientos descansen sobre un «ya le dije que se estaba equivocando». Nos queremos hacer cargo de problemas buscados por hermanos, por amigos o por los hijos para que (llegado el momento de su naufragio definitivo) no sintamos la responsabilidad de haber hecho o haber estado al margen. Eso no hay quien lo aguante. El pecado, la culpa inventada, no se puede soportar.

Cada uno es responsable de lo que hace o deja de hacer. Y nadie debería, ni siquiera, intentar impedirlo. No se es mejor persona al intentar que la vida de un individuo cambie tras un consejo. El destino recorre meandros que nadie puede descubrir. Podría ser la causa de un desastre mayor.

La idea de pecado nos convierte en mercenarios de una falsa bondad. Y lo gracioso es que nos inventamos una trama estúpida en la que deseamos parecer los buenos cuando no deberíamos ni aparecer en los créditos.

Nunca aprenderemos.