dic 25 2010

Con G de Grinch: Feliz Navidad

Dios (si es que existe) no entiende de ideologías, ni de filología, ni de religiones. Tampoco de fronteras, de papeles ni de visados. Somos los hombres los que presumimos de conocer esas cosas cuando, en realidad, no sabemos dónde tenemos la mano izquierda. O el pie derecho.
Durante estos días de navidad, muchos proclaman lo que no ejercen. Es, casi obsceno, escuchar decir a esas gentes cosas sobre el amor, la felicidad y el amor.
Y Dios (si es que existe) sigue en silencio, sin echar un cable a nadie. Como yo. Como miles de personas que, sabiendo de sus limitaciones, de sus miserias y de su condición como seres humanos, prefieren (preferimos) dejar las cosas estar sin hacer el ridículo más de la cuenta.
Hemos logrado un mundo repugnante. Lo poco bueno que tiene nos lo apuntamos en el haber. Lo asqueroso lo anotamos en el de Dios (para estas cosas sí que existe porque es muy cómodo cargar el mochuelo a alguien o algo que no dice ni pío). O en cualquier otro lugar que no sea nuestra contabilidad. Y no. Dios no entiende de esas cosas.
Me encantaría poder escribir maravillas sobre la navidad, sobre las personas o sobre el universo entero. Pero no pienso caer en esa trampa que me convertiría en un ser mucho más mezquino de lo que soy. En cualquier caso, si tienen estómago para ello, pasen la navidad lo mejor que puedan. Ya tendrán tiempo de sentir vergüenza.


may 12 2010

El ruido de la compañía

La puerta de la calle sólo se abre si él entra o sale. Nadie llama al timbre, nadie golpea con los nudillos con cuidado por si alguno de los niños duerme, nadie cierra con cuidado o con descuido. Nadie nada. Porque ya no queda ni rastro de lo que hubo.Se sienta cada mañana junto a la ventana. Le gusta escuchar los ruidos de la calle. Muy pronto, justo después de amanecer, se puede escuchar a los pájaros. Parece que los pocos que quedan en la ciudad se concentran allí, junto a su casa. Más tarde los motores, un poco más allá los niños que juegan de camino al colegio. Alguno llora alguna vez. Justo después, el silencio de los jubilados que caminan hasta el colmado para comprar lo preciso. Un solo día, como si fuera el último. Parecen tener miedo de dejar algo que se pueda estropear en este mundo, parece que saben que no les encontrarán de inmediato. Y, llegada la tarde, todo regresa en orden. Los niños, los motores y las golondrinas que, girando rápido, parecen arañar el cielo.
Cuando ella vivía, cuando los niños lo eran, la puerta se abría, sonaba el timbre, la vida iba y venía. Ahora, ya nadie quiere entrar. Toca escuchar el ruido de las sábanas rozando la piel quebrada. Hasta el día siguiente.
Llueve. Ya está en su silla. Escucha. Y suena el timbre. Justo a la misma hora que ella regresaba de la iglesia. Intenta acudir con rapidez aunque tarda más de la cuenta. Grita que ya va. Es la primera vez que escucha su propia voz en los últimos días. Ella entraba contando lo que había visto, llenaba la casa de palabras. Y él escuchaba sin interrumpir. Corre el cerrojo y gira el pomo. Treinta y nueve años abriendo y encontrándola allí. Nunca supo explicar que sentía. Quizás porque nadie le hubiera creído. Es una mujer. La carta en la mano. Es certificada, dice. Tiene que firmar aquí. Garabatea cualquier cosa. La mujer sonríe y tira del pomo de la puerta. Un ruido triste. Rasga el papel del sobre. Le acompaña el sonido. Y va haciendo trozos del resto. La carta dice que en quince días tendrá que dejar el piso. Que de no ser así un equipo de personas enviadas por ese juzgado le obligarán a hacerlo. Más trozos, más ruido.
Piensa en la primera vez que escuchó su voz, en el primer gemido, un llanto de bebé, otro, así hasta cuatro, los cacharros de la cocina sonando, música en el cuarto de los chicos, leyendo en voz alta. Decide escuchar una vez más el ruido de las golondrinas. Y solucionar el asunto sin tener que soportar el estruendo de una palanca tirando la puerta abajo. Pronto el silencio será uno sólo. De ambos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ago 1 2006

La matanza de Texas

Durante esta semana cuidaré de Gonzalo, Guillermo y Guzmán. Las vacaciones de Silvia se han retrasado una semana.
Los mayores han logrado quitarse en estos días la roña que trajeron del campamento. No había visto nada igual en mi vida. En la mochila de Guillermo apareció mucho pan hecho migas revuelto con lo que creemos era chorizo. Quizás fue un bocadillo. El sólo recuerda que un monitor se lo metió en el equipaje ¡el día que comenzaba el campamento! Pero no sintió hambre y allí se quedó. No quiero recordar lo de los calcetines de Gonzalo y otras cosas mucho peores.
Los mayores parecen personas y el pequeño anda feliz por la casa. Aquí no están sus cuidadoras y no ve necesidad de obedecer.
Procuro no acercarme mucho a ellos. O piden, o se quejan unos de otros, o Guzmán llora de mentira gritando como un loco para conseguir cualquier cosa imposible.
He estado escuchando ópera toda la mañana. “La Bohème” de Puccini primero. “Wozzeck” de Alban Berg después. Por último, mientras guisaba, me he pasado al jazz. Un excelente disco de Art Tatum. Mientras se cocían los macarrones y terminaba de asarse el pollo ( y yo también), he intentado reconstruir lo que quedaba de la cantimplora de Guillermo, metido en bolsas de plástico las camisetas irrecuperables por rotas o manchadas y colocado cordones nuevos a un montón de deportivas viejas.
Hora de comer. Guzmán ha tirado medio plato de puré sobre la bonita ropa de su padre. Los otros dos, lejos de echar un cable, se han dedicado a reír la gracia del pequeño. Claro, he terminado diciendo disparates a gritos. Encarna, la vecina, me ha debido escuchar (supongo que lo han hecho todos los que estuvieran a menos de un kilómetro de distancia) y asomándose a la ventana me ha dicho que con tanto grito no escuchaba bien la música esa tan rara que le pongo y que, si podía ser, mañana le encantaría oír algo de Mozart. Otra graciosa. Se partía de risa con su chiste sin saber que se estaba jugando la vida.
Ahora todo está en calma. Espero la vuelta de Silvia. Ni escucho música, ni leo, ni nada. Lo único que me apetece es buscar la copia de “La matanza de Texas” para aprender como se hace eso de correr con una sierra mecánica por la casa. Aunque sea de plástico. Es por desahogarme y eso.


ene 9 2006

Gorritos, bufandas y guantes

Caminar por las calles de Madrid es siempre agradable. En esta época del año es, sobre todo, divertido.
Ayer estuve paseando la Plaza de Oriente y sus alrededores. Mientras estaba sentado en el suelo para jugar con el joven Guzmán (somos los dos un par de exhibicionistas consumados y nos gusta sentarnos en medio de los paseos para que nos miren) me fijé en la gente que iba pasando por delante. El que no llevaba un gorro de lana impecable, llevaba un gorro y unos guantes haciendo juego (impecables también). Incluso pude ver como algunos lucían guantes, gorro y bufanda estrenadas ese mismo día (impecable todo e impresionante el despliegue). Todos estrenaban algo. Guzmán y yo nada. No tuvimos la precaución de ponernos nuestros regalos navideños para presumir. Una pena.
Parecía que los únicos que habían sobrevivido a la noche de reyes éramos nosotros. Pero me divertí mucho pensando en cómo el ser humano se disfraza siempre que puede para dejar atrás lo que es. Estrenamos ropa, reloj, gafas o lo que sea, con la urgencia del tiempo que sigue adelante. Antes de salir de casa, nos miramos en el espejo y pensamos lo diferentes que se nos ve con tal o cual cosa (nueva, quizás prestada). Y nos sentimos otro bien distinto al que dejamos en la habitación unos segundos antes. Eso está muy bien. Lo que pasa es que después de navidad todos somos diferentes (excepto Guzmán y yo que olvidamos llevar nuestras bufandas nuevas a pasear), diferentes de mentira, pero diferentes. Y eso crea una confusión enorme. Entramos en la oficina y nos encontramos con fulanito que estrena corbata y se cree otro, menganita se ha maquillado con perlas que realzan un brillo muy especial en el cutis (eso dice la caja, se lo juro, que lo he visto con mis propios ojos) y se cree otra, los zapatos de medio mundo brillan por nuevos, de pronto todo el mundo usa gorrito de lana, bufanda y guantes que hacen juego creyéndose otra cosa… Lo que quiero decir es que da miedo. Si, en realidad, cambiásemos tanto sería muy difícil sobrevivir. Menos mal que es todo una enorme fiesta de disfraces. De las que se acaba con el amanecer o, lo que es peor, a medianoche. Porque una semana después la corbata se ha manchado de café, el cutis ni brilla ni nada porque no tiene remedio, los zapatos necesitan suelas nuevas y hemos perdido la bufanda o los guantes o el gorrito tan mono de lana que tenía un pompón graciosísimo.
Aquí no cambia nadie salvo que la vida le sacuda un trallazo que le deje tambaleándose. Un buen trallazo o un mal trallazo. Eso es igual. Pero aquí no cambia nadie por ponerse un abrigo nuevo. Que no. Nos lo tienen dicho en la televisión (que podemos llegar a ser tal o cual cosa estupenda consumiendo a diestro y siniestro), pero es una mentira enorme. La gran mentira de esta sociedad. Somos lo que somos desnudos o vestidos con un traje de novecientos euros. Incluso seguimos siendo los mismos después de leer ese libro regalado el día de reyes y que no nos interesa en absoluto. Lo leemos por gratitud aunque sabemos que no nos aportará nada de nada.
El caso es que el joven Guzmán limpió media Plaza de Oriente con sus pantalones. Yo la otra mitad. El mundo estrenaba una bufanda o, tal vez, un gorrito. Ni lo sé, ni me importa. Llegamos a casa pesando un kilo más. Qué limpia dejamos la plaza. Éramos los mismos. Incluso después de pasar por la bañera. Confieso que como ya lo sabíamos (no es la primera vez que veo tanto regalo moviéndose por Madrid) reservamos nuestros obsequios para mejor ocasión. Seguramente para cuando los demás no puedan recordar lo que no cambiaron.
Espero que no estrenemos las bufandas en el mes de junio. Menudo calor. Pero sea cuando sea seremos de los pocos que podremos sentirnos especiales. Eso sí, de mentira.


may 8 2005

Parece que todo sigue igual

Benedicto XVI es el nuevo Papa y la Iglesia sigue siendo la misma cosa que era antes de morir el Papa polaco. El problema del SIDA en los paises del tercer mundo avanza sin remedio y Benedicto XVI sigue negando la posibilidad (a los católicos de esas zonas y, de paso, al mundo entero) del uso del preservativo; las parejas homosexuales existen y Benedicto XVI condenando su unión y rebajando su condición de personas a algo menos que no se atreve a decir; millones de personas mueren de hambre a diario y Benedicto XVI sigue haciendo gala de grandes lujos desde su nombramiento….
Tienen razones suficientes los que le critican para hacerlo. Seguro que no pueden contener sus ganas de escribir un artículo o de mandar una carta al director del periódico que leen cada mañana, después de ver esas imágenes, a las que nos tienen acostumbrados en las cadenas de televisión, llenas de niños muertos, de hombres y mujeres consumidos por cualquier enfermedad. Tienen razón. A mí me pasa lo mismo. Miro la televisión y me revuelvo en la butaca pensando lo injusto que es todo esto. Pero hoy no escribiré. Hoy celebra su primera comunión el hijo de un amigo y no me queda tiempo.Todo está preparado. El traje del chaval es precioso (el niño quería lucir zapatos de charol, pero su padre ya le dijo que “mariconadas”, en un día así, las justas), podremos comer en el jardín del restaurante porque el día parece agradable y no lloverá. El menú es apetitoso: un aperitivo, crema de cangrejo, salmón en salsa de no sé qué cosa carísima, solomillo con salsa al gusto, postre, copa… Lo mejor de todo es que en el jardín no hay televisores. Durante la comida nadie quiere ver como los africanos mueren pesando 30 kilos de menos, como Benedicto XVI no hace nada por salvar a esas pobres criaturas. Y es que en días tan especiales lo mejor es no pensar en que Benedicto XVI hace que todo siga igual. Es mejor disfrutar de la fiesta y luego volver a la carga.


feb 28 2005

¿Más de lo mismo?

Tengo la costumbre de visitar todos los días alguna librería. Cada uno gasta el poco tiempo libre del que dispone como puede. Me relaja leer páginas sueltas de libros aún sin descubrir con la esperanza de encontrar algo que me interese desde un primer momento. Sin embargo, son muchos los días que salgo con las manos vacías. Regreso a casa con una extraña sensación y una pregunta que no varía: ¿Cómo es posible que entre tanta “novedad” no sea capaz de interesarme por nada? No hace mucho tiempo charlaba sobre este asunto con Luis Mateo Díez (hombre simpático y amable; magnífico novelista). Coincidíamos en algo que puede ser preocupante. Parece que todos los novelistas escriben igual, que las tramas cambian, pero no un “mar de fondo” (así lo llamó Luis) casi exacto por mucho que las “historietas” sean originales. Es muy difícil encontrar voces que rompan con una monotonía que crece al mismo ritmo que el número escandaloso de novelas publicadas. Parece que todos los novelistas están cortados con el mismo patrón y eso es muy aburrido. Escritores de raza que trabajan sin pensar en la publicación de la obra quedan pocos.
Pues bien, hace unos días llegó a mis manos un ejemplar de la novela titulada “El juego del ahorcado”. Lo firma Imma Turbau, una joven catalana. No voy a decir que sea la novela del año, no voy a negar que se pueden encontrar algunas incorrecciones técnicas que si no estuvieran harían mejorar el texto notablemente. No, no lo haré. Pero si digo que escribir con esa frescura, construir una voz sin complejos, en definitiva, narrar construyendo una mirada diferente, hace que el lector se reencuentre con una lectura agradable y, por qué no decirlo, divertida.
Me estaba empezando a preocupar. A ver si puedo comprar todos los días un librito