jun 12 2005

El mismo nombre, la misma mujer

Durante el fin de semana, mi mujer obligó a todos los varones de la casa (esto significa que fuimos condenados el resto de la familia) a ordenar las mesas de estudio y de trabajo, los cajones, las estanterías e incluso las mochilas y carteras. Aparecieron objetos de todos los tamaños, colores y procedencias. Muchos habían sido olvidados o dados por perdidos definitivamente. Llenamos una bolsa de basura en menos de media hora. Sospecho que mucho de lo que tiramos, fue a parar a esa bolsa para ahorrar el esfuerzo de colocarlo en su sitio. Incluso el joven Guzmán hizo un trabajo impecable. Cosa que veía, cosa que metía en el plástico. Desconozco si cometió algún atropello del que tengamos que lamentarnos en el futuro. Ni yo, ni nadie, se entretuvo en revisar el trabajo del pequeño. El último inventario es razonablemente normal (bajas: dos chupetes, un estuche de pinturas (el preferido de Guillermo), una caja pequeña llena de pegatinas y la fotografía de un jedi que debería estar colgada en el cuadro de corcho. Poca cosa).
El caso es que encontré una vieja carpeta de color azul, de esas de cartón y gomas, de las de toda la vida. En color negro, en letra mayúscula, una palabra. Cuentos. La aparté para evitar que Guzmán hiciera una de las suyas y seguí con el trabajo. Cuando acabamos la casa parecía otra bien distinta. Los niños buscaban un libro y lo encontraban; el cinturón naranja de judo que Gonzalo dejó de utilizar hace dos años salió, como por arte de magia, de debajo de un millón setecientos mil muñequitos; Guillermo encontró el dibujo que quería presentar a no sé qué premio del colegio (el plazo de entrega terminaba el veinte de junio, pero del año dos mil cuatro), Guzmán ya no podía comerse los cuadernos de matemáticas de los otros dos. Sensacional.
Después de comer, abrí la carpeta de cartón azul. Escritos a mano, con tinta verde, tal y como hago desde hace muchos años, pude leer textos que había olvidado por completo. Malos, muy malos. Fueron escritos durante el año mil novecientos setenta y nueve. La letra mucho más redonda que la actual, las tramas de los cuentos cursis y, absolutamente, increíbles, llenas de personajes desdibujados y escenarios que no llego a entender como pude imaginar. Unos textos impresentables. Estaba a punto de tirar la carpeta y deshacerme de semejante lacra personal, cuando en una de las cuartillas me llamó la atención un nombre de mujer. No podía creerlo. Es el mismo que el narrador de “La edad de los protagonistas” no llega a desvelar, el nombre real de Sor Corazón de María. El texto es muy breve y describe a esa mujer. Lo más curioso es que me levanté y fui a por un ejemplar de la novela. Busqué la descripción que hace el personaje principal de la monja y me encontré con algo muy parecido, casí igual. Se trata en ambos casos de la misma mujer, del mismo personaje. Asombroso si se tiene en cuenta que pasaron más de veinte años entre la escritura de un texto y otro.
No creo en los fantasmas que asustan a los niños, ni en los que el escritor trata de exterminar al escribir. Prefiero pensar que escribo para explicarme el mundo, lo que me sucede, sin necesidades vitales que tengan que ver con obsesiones imborrables. Pero, desde luego, si esos fantasmas existen, ya tengo uno menos. Al menos eso espero.