dic 11 2009

Sagrado

Son muchas las personas que alguna vez han leído una carta que no iba dirigida a ellos, el diario de su hijo adolescente o un correo electrónico que encontró en la pantalla de su hija (en estos casos leen este y todo lo que encuentran en la bandeja de entrada aprovechando la ocasión). Otros dicen que no harían algo así de ninguna de las maneras porque les parece una falta de respeto a la intimidad del otro, una falta de respeto absoluta. Los más cínicos leen “por equivocación”. Esa razón podría servir al abrir un sobre. Vale, pero no para leer la carta completa. En esos casos se hace a conciencia, sabiendo. En cualquier caso, los que leen como los que no lo hacen perciben que están ante algo sagrado para el verdadero y único receptor. Sagrado. Y ante lo sagrado hasta el más pintado es vulnerable. Quizás por eso algunos dicen que no lo harían jamás. No se lo permiten porque intuyen que, en cuanto tuvieran un momento de flojedad, lo harían.
Ante lo sagrado todos somos peleles.
Para el que no lo sepa aún, eso que llamamos sagrado no es, ni más ni menos, que lo que conmociona al ser humano. Su interior, la zona que todos tenemos cercana a la trascendencia o la trascendencia misma. Lo sagrado nos arranca del suelo. Una carta de otro lo es. Nos han enseñado que era lo que tenía que ver con Dios (y es verdad), pero es eso y mucho más.
Tengo sobre la mesa una agenda que no es mía. Tan sólo la he ojeado y hojeado. Con rapidez. El tiempo justo para saber que perteneció a alguien que no soy yo, que ese otro escribió cosas que nada tienen que ver conmigo, seguramente cosas que sólo tuvieran que ver con él mismo. No sé si son secretos, anotaciones para escribir una novela, reflexiones durante una borrachera o lo que quería dejar por escrito antes de morir para que los vivos lo supieran. No lo sé. Y nunca lo descubriré. Porque eso pudo ser sagrado para el autor.
Es una agenda de piel marrón. Pequeña. Las tapas gastadas, roídas en sus esquinas.
He dudado mucho si leer por equivocación todo lo que está escrito. He dudado si tengo que dejarme de bobadas y abrir por la primera página para saber. Pero no, no lo haré. Lo escrito es sagrado. Y el que lo escribió lo es del mismo modo.
He preparado un cenicero grande en el que poder quemar cada página. Conservaré las tapas. En letras doradas se puede leer “¿Por qué nunca te dije que te quería?” Y su nombre. El de mi padre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


dic 9 2005

Mi padre

Discutí mucho con mi padre. Sólo cuando supe que me quedaban unos meses para poder disfrutarle dejé de hacerlo. Trece meses diciendo sí a todo. Cuatro últimas semanas cerca de él viendo como se me moría sin poder hacer nada. Ni siquiera pude llorar todo lo que hubiera querido. Una sola noche me encerré en el cuarto de baño de aquella habitación que olía a tierra húmeda para desahogarme. Él pasaba las noches inquieto, apenas dormía, y aprovechaba para hablar con mi madre. Le recordó lo mucho que había significado para él. Que se moría sabiendo que dejaba intacto todo lo que construyeron durante cincuenta años. La noche siguiente ya no pudo hablar. Morfina, las piernas frías, una respiración sonora que me causaba terror. Sé que cuando murió debió pensar que lo había hecho todo muy bien, que se sintió satisfecho por ello, y que el miedo que decía tener a la muerte se convirtió en tranquilidad.
No tuve tiempo para decirle una última vez que yo también le quería. Murió cuando yo no estaba. Andaba metido en una iglesia leyendo un libro de poemas. Esa vez sí hubiera discutido con él. Unos minutos, sólo unos minutos, coño.
Tengo a mi padre presente si río, si paseo, si juego con los niños. Siempre. Y siento que soy así por él, que me encanta disfrutar sabiendo que así pensaba eso o aquello, que todo lo bueno que tengo se lo debo. Y lo malo.
Hoy he contado esto a alguien. Aún no sé muy bien la razón. Ahora lo escribo porque son las cosas que no caben en una novela si no han pasado los años y la distancia empobrece el recuerdo. Es verdad que a mis personajes se les ha muerto su padre y he buscado explicaciones allí, pero es que a mí se me murió el mío, y por mucho que intente descargar desde la ficción necesito hacerlo desde lo que soy. Nada literario. Lo sé.
Dijo en público un millón de veces que adoraba a sus hijos. Pues eso, papá, yo también a ti.