sep 12 2012

Reposo

Me hablas de tus cosas. Pero la fatiga se acuesta entre ambos. Cierro los ojos sin saberlo.
Tengo el tiempo justo para soñar el tiempo con extrañeza. Y abro los ojos.
Allí sigues con tu libro en las manos. Duerme, dices.
Es, ahora, cuando entorno los ojos con tranquilidad, sabiendo que sólo es un transito. Porque lo sagrado arrastra lo eterno. Porque allí sigues con tu libro.


abr 11 2006

Cosa de pocos

Ayer estuve en la Fnac con mis tres hijos. El botín consistió en un libro sobre pollitos que incluye un botón para poder escuchar los pío pío (Guzmán. La cosa pudo ser mucho peor porque llegó a tener en la mano seis o siete ejemplares de un mismo libro y quería llevárselos todos), una guía para ser un buen agente de la TIA (Mortadelo y Filemón para Guillermo), un juego para consola que simula fútbol callejero(Gonzalo y Guillermo a medias) y un par de discos para papá. “Il trovatore” de Verdi y “The best of Bill Evans” de Evans, naturalmente. Al salir nos encontramos con un sexteto de cuerda que interpretaba algunas partes de piezas muy populares (Mozart, Vivaldi…) Lo sé porque Guzmán quiso quedarse a escuchar mientras bailaba y me pedía monedas para echarlas en la funda de violín que había en el suelo. Me miraba, sonreía, bailaba moviendo todo el cuerpecito y luego reclamaba la moneda para premiar a los artistas. En realidad, fue muy agradable y pasamos quince o veinte minutos haciendo lo que nos apetecía. Baile, lectura, fumar escuchando música. Cada uno lo suyo.
Ahora escucho el disco de Evans. Y me pregunto sobre la razón por la que el jazz no es popular. Creo que la respuesta es fácil. No es una música que se baile fácilmente. El swing sí lo era. Escuchar un tema de Count Basie invitaba a bailar y dejarse llevar. Sin esfuerzo. Pero cuando aparecen las nuevas tendencias dentro del jazz la cosa se complica. Ya no se trata sólo de bailar. Toca sentarse a escuchar y a intentar descubrir lo que quieren decirnos. Los ritmos extraños que mezclan cosas nos dejan clavados a la silla. Siempre ha sido así. Y el jazz se convierte, en ese momento, en música para pocos. Una pena. No para el jazz sino para los que se quedan fuera, claro.
Con la literatura pudo pasar algo similar. Antes las historias eran contadas y cantadas. Unos a otros se pasaban la información para que se repitiera. Casi nadie sabía leer, pero escuchaban y miraban al hombre que contaba o cantaba la historia que era un primor. De hecho, ahora seguimos escuchando y viendo de maravilla la televisión. Cuando nos colocan esas narraciones en un papel aparece el problema. Unos cuantos se quedan en paro porque la gente comienza a leer, pocos son los que terminan haciendo el esfuerzo de leer y comprender. Y actualmente casi todos prefieren que les cuenten historias con imágenes en el cine, en el teatro o en la televisión. Lo mismo pasa con otras manifestaciones artísticas. Contemplar un cuadro de El Greco no es lo mismo que estar delante de un Miró. Uno parece que se comprende bien (eso parece, pero no es tan fácil) y el otro hay que interpretarlo, requiere un esfuerzo, acercarse a él.
Trabajar nunca fue popular. El esfuerzo nos sobra casi siempre. Por eso hace siglos casi nadie sabía leer. Igual que ahora. Y por eso antes un tipo contaba historias en los pueblos y actualmente un montón de ellos nos las cuentan en la tele. Leer, lo que se dice leer, poco. El jazz no es muy popular ni lo será. Salvo que a los papanatas que andan en esa televisión tan popular les de por decir que ellos escuchan a Bill Evans o leen a Faulkner. Voy a rezar todo lo que sé para que no sea así. No quiero ni imaginar los comentarios que haría mi vecino del cuarto intentando sacar una conclusión después de escuchar a Evans o tras leer a Faulkner. No lo quiero ni pensar.


abr 4 2006

Veneno para vivir

Los que hemos practicado algún deporte con regularidad sabemos que un ciclista no puede hacer el Tour de Francia comiendo macarrones y durmiendo la siesta. Necesita algo más para terminar una carrera que se hace a velocidad de locos. Pero tampoco un hombre puede correr cien metros en menos de diez segundos bebiendo colacao, ni un levantador de pesas puede alzar tres veces su peso cuidando su dieta. Que no, que no. Para batir las marcas que hoy se alcanzan es necesario arrimarse a la química. Una pena, pero es lo que hay.
Me da la sensación que lo mismo pasa en el día a día de una persona cualquiera. En las oficinas ocurre que si alguien ve a otro tristón se acerca para ofrecerle una pastilla de nombre extraño y que te deja nuevo. Lexatín o tranqui no sé qué. Es evidente que un ser humano normalito no puede soportar su trabajo sin comerse una pastilla de vez en cuando. Trabajar es incómodo. Hacerlo rodeado de imbéciles que se creen los inventores del futuro es insoportable. Las amas de casa beben vino y cerveza en casa a base de bien. Normal. Hacer camas, lavar ropa, limpiar baños, guisar o coser los bajos de un pantalón es, simplemente, espantoso. Eso acaba con cualquiera. Me parece razonable que una mujer en esas condiciones se meta tres o cuatro cervecitas o medio litro de vino antes de comer. Otro medio litro después de la cena. Los niños comen bollos a dos carillos. Claro, después de pasar por el calvario de zampar en el comedor del colegio, no me extraña. Deben soñar durante todo el día con un sabor agradable. Cien por cien colesterol aunque lo mejor del día.
Lo que quiero decir es que, tal y como están las cosas, tendemos a envenenarnos para conseguir sobrevivir a una rutina que nos anula casi siempre. Creo yo que un tipo que se sube a un andamio y antes de hacerlo se bebe dos copas de ginebra, no lo hace para tener menos frío (en verano se las toma con hielo). Me temo que eso se hace para soportar una vida muy perra.
A mi me dio por algo mucho más nocivo que todo eso. Si hay una cosa que te permite seguir adelante es la escritura. Lo malo es que terminas medio tarumba o tarumba del todo. Escribes y entras en un mundo ficticio que te permite corregir lo que no te gusta de la realidad, encuentras explicaciones a esas cosas que suceden y te destrozan la vida, conviertes el mundo en algo manejable en el que se puede vivir con cierta comodidad. Es verdad que cuando un escritor se levanta de la mesa de trabajo se encuentra con el mismo entorno que los demás, tan hostil y tan desagradable como el mundo que se ve desde un andamio, aunque la ventaja es poderlo llevar (ese trabajo ya hecho) dentro de la cabeza (los andamios o los bollos no). Es como si el escritor fuera fabricando un lexatín enorme durante unos cuantos meses y lo tomase, poco a poco, en cada frase corregida. El efecto es parecido. Envenena y te permite vivir.
Se me ocurre una cosa. Hoy escribiré subido en un andamio, con dos o tres lexatines en el cuerpo, una botellita de ginebra a la derecha y un par de bollos a la izquierda. Igual todo esto suma y termino viendo un mundo extraordinario. O quizás me caiga y me despachurre contra el suelo. No lo sé. Y, la verdad, me da lo mismo.