nov 15 2010

Cuatro reyes

Recuerdo una partida de mus que jugué hace ya muchos años. Intuí, desde el principio, que uno de los contrarios tendría en las manos cuatro reyes. Pero, llegado un momento del juego, hubo que tomar una decisión. Mi compañero me dijo que tenía dos reyes y dos caballos. Sólo cuatro reyes eran superiores. Dudé. ¿Qué hacemos? me preguntó Jesús. Habrá que arriesgar, pero creo que lleva cuatro reyes. Perdimos ese juego. Lo intuí, pero me dejé llevar por alguna razón que ahora no recuerdo y perdimos. Nunca he olvidado ese momento. Aunque terminamos ganando la partida (tres a cuatro, también lo recuerdo) aquello me gustó poco.
Creo que me prometí no volver a menospreciar mi intuición. No cumplí con la promesa, claro. Unas veces me ha ido bien, otras no tanto. En un par de ocasiones, intuyendo la catástrofe más absoluta, me he metido de lleno en ella y el desastre ha sido monumental. Lo que todo el mundo hace. Nada nuevo.
Intuición. Valoramos muy poco eso que nos remueve sin saber porqué, eso que nos hace levantar una ceja ante lo que todo el mundo ve normal, pero a nosotros nos perturba. Es como si hubiéramos decidido, desde el principio, que se está muy bien acomodado en lo racional. Es como si hubiéramos olvidado que la condición humana es el producto de todo lo que nos pasa y de todo lo que ha sucedido al ser humano desde que lo es. Es como si quisiéramos estar seguros de algo que, sencillamente, se nos escapa de las manos y sólo podemos recibir en ese territorio que llamamos intuición. No nos gusta depender de algo que no controlamos, pero que forma parte de nosotros. Intuición.
El cosmos tiene una buena jugada. Nosotros también. Dudamos, intuimos que las cosas son de una forma. Nos la jugamos sabiendo que el universo puede tener cuatro reyes en la mano. Pero nuestra arrogancia nos obliga a decir que no a todo. Porque negar eso que sólo intuimos, eso que podría ser o no, lo trascendente, lo que somos incapaces de tocar; nos convierte en seres vacíos, en objetos que se mueven por un mundo que se sostiene en lo material. El mundo tiene una muy buena jugada y la sabe gestionar. Nosotros también tenemos buenas cartas aunque no sabemos qué es lo que debemos hacer con ellas. Por eso damos valor a unos naipes que no sirven de nada si negamos nuestra parte más humana, la que no se ve, la que no adelgaza, la que no se puede maquillar. Intuición.
Recuerdo aquella partida. Hubo suerte y terminamos ganado. Debe ser que los contrarios tenían mucho más miedo que nosotros a perder y se agarraban a los naipes con más fuerza. Después de tantos años, después de haber metido la pata tantas veces, creo que ha llegado el momento de dejarme llevar, de explorar las zonas más íntimas que he negado con insistencia. De sumar las partes para que el resultado sea exacto y asumir que vivo en un universo cargado de reyes. Cueste lo que cueste. ¿Quién me acompaña?


jul 20 2010

Bajo el cielo de Madrid

El azul del cielo de Madrid se torna gris a medida que la vista se alarga buscando su final. Calor asfixiante.

Las ciudades en verano modifican su aspecto. Los colores en movimiento son otros. Quizás más alegres. Mucho más extraños. Los fijos, los de siempre, se apagan con tanta luz. Pierden el brillo de la sombra, de la humedad. La extrañeza de la quietud.

Un anciano busca la sombra para sentarse. La gorra de trapo gris calada. Las arrugas en su sitio, en el que las puso el sol hace años. Ya muchos. Lía un cigarro. Despacio, con cuidado. Parece no querer desperdiciar una sola hebra. Me siento a su lado. Saco el paquete de tabaco. Le ofrezco.

– Deje ese para más tarde.

Me mira. Sin decir nada agarra el pitillo y se lo lleva a la boca.

– ¿Nos conocemos, joven? pregunta mirando al frente.

– En absoluto. Pero compartimos cuarenta grados. Eso nos hace iguales.

– Bah. Jovencito, lo que hace iguales a las personas es la pobreza.

Le confieso que escucho historias siempre que puedo porque alguna me puede servir para escribir. Me mira sonriendo.

– Cuenta la tuya, muchacho. Yo he vivido tanto que perdí los recuerdos hace mucho tiempo. La quise perder. Eso fue lo que pasó.

Comienza a contar. Su casa de siempre a la espalda de donde estamos, en lugar de automóviles carros, los niños jugando en la calle. La guerra, el hambre, la boda, la muerte de ella. Pero todo eso se perdió, lo extravió cuando agarró un puñado de tierra y lo arrojó sobre el ataúd. Ahora, la pensión que no llega, el tabaco de liar porque no hay para más.

– No perdió nada. Lo quiso olvidar y no ha sido capaz ¿verdad?

– Nada sirvió. Es como no tenerlo.

Me levanto. Antes de irme le doy mi tabaco. No duda en guardarlo en el bolsillo de la camisa. Despedida.

– Se llamaba Eloisa, dice apretándome la mano.

Sabe que la escritura es el departamento de objetos perdidos.

© De la imagen: Paco Segovia


feb 2 2010

Saga

Su bisabuelo se arruinó durante la crisis económica de mediados de siglo. Se suicidó. El abuelo logró salir a flote con el negocio de las mandarinas. Fracasó por su afición a los bares de alterne. Apareció muerto en la cama de una puta con fama de tener muy mala leche. Su padre gastaba lo que ganaba al mismo tiempo. Un día no ingreso lo que esperaba, no pudo pagar sus deudas y apareció muerto en la cuneta de una carretera. Ella, la única mujer descendiente directa de aquel suicida, orgullosa e insensata, contraerá matrimonio mañana a las doce en punto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

feb 1 2010

Nombres (14)


Elisa

– Te ofrecí lo mejor de mí. Te he amado como nunca nadie más lo podrá hacer. No me queda nada por dar. Y, ahora, cuando ya no sé ni quién soy me vienes con estas.
– Lo siento, de verdad que lo siento mucho.
– Si sintieras algo nunca me hubieras dicho algo así. Te lo hubieras guardado para ti, para siempre. Espacio, tiempo propio, libertad. Todo eso lo has tenido de sobra. Qué poca vergüenza te queda. Ahora, sé decente y dime cómo se llama.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


nov 8 2006

Todo me parece, pero no

He sentido miedo muy pocas veces a lo largo de mi vida.Ante la muerte de otros, nunca pensando en la mía.Al convencerme de que Dios existe, nunca creyendo en él.Ante un plato de ensaladilla rusa que me sirvieron en un bar de carretera; nunca manejé la posibilidad de comer aquello aunque tenerlo delante me produjo una sensación inolvidable.No es que sea más o menos valiente. No es eso. Se trata de una insensatez absurda heredada de mis antepasados. He creído ser feliz muy pocas veces en la vida. Pensando en mi muerte, nunca en la de otros. Adiós a la hipoteca, a estar rodeado de cretinos. Hasta nunca señor Gallardón. Creyendo en Dios, sin pensar en lo que eso significa. Intuyendo el chollo que representa eso de un lugar llamado cielo. Nada de limbos. Ante un plato de ensaladilla que nunca comí. Idealismo insensato. He creído hacer las cosas bien muy pocas veces. Al dejar que la intuición filtrara las decisiones importantes. Jamás acerté y, finalmente, no pasó nada que no tuviera solución. Me ahorré horas de sofocos planificando lo que no iba a suceder tal y como había pensado. Qué más da. Todos terminamos muertos. Todos. Encontrando un territorio absurdo lleno de angelitos y santas mártires en el que poder descansar cuando equivoco todas las decisiones importantes. Allí perdonan cualquier cosa. Barra libre de perdón y amor todos los días del año. No comer aquel plato de ensaladilla es lo mejor que he hecho en mi vida. Olvidaba decir que, a veces, pocas, no me filtra bien el hígado y las toxinas se me acumulan en una parte minúscula del cerebro. Dicen los médicos que puedo parecer un insensato satisfecho de sí mismo. Nada grave.Y sí. He creído hacer las cosas mal en contadas ocasiones. Cuatro cositas de nada. Tienen que ver con la muerte, con Dios y con un plato de ensaladilla. Pero sería largo de contar y no merece la pena. Sin embargo, no estoy seguro de nada. Todo me parece o quiero creerlo. Son cosas tan efímeras, tan insignificantes, que no sirven ni siquiera para engañarme durante diez minutos seguidos. La única certeza que me queda es que me libré de la muerte, de saber si Dios es o no, gracias al color de aquella ensaladilla. Las cosas grandes siempre quedan detrás de las más diminutas. Por ser inalcanzables y absurdas. Es mucho más sencillo retirar un poco el plato y pedir otra cosa. Lo demás supone girar alrededor de uno mismo. Y eso si que es una insensatez que no me puedo permitir.