sep 10 2010

De Verdad

Eduardo el limpiabotas. Qué tipo tan genial.
He entrado en el bar y, al verme, se ha levantado de su banqueta de trabajo. Dando palmas. A ver, todo el mundo a sonreír que igual aparecéis en su blog y este hombre no tiene compasión. Eduardo, joder, voy a terminar por no venir nunca más. Pero bueno, don Gabriel, si ya me estaban preguntando por usted. Están deseando que les mencione en uno de sus textos.
Hemos tomado un café. Repaso a todos los presentes. Ese que ve allí, el de la cara de sapo, tiene tela para parar un carro. Pero se dedica a gastar buena parte en putas. Está hecho un asco. Yo no le he visto reír en mi vida. Aquel, el de los pantalones cortos es el dueño del edificio. Va de casa a este bar y de este bar a casa. Muy feliz, la criatura. Los del peto amarillo chillón son los de la limpieza del ayuntamiento. Como estamos de obras dicen que por ellos puede empezar a limpiar su puta madre. El del sombrero de copa es el portero del hotel que hay aquí abajo. No se lo quita nunca porque dice que le da un toque de elegancia con el que siempre soñó. Lo que es tener un trauma desde niño ¿verdad, don Gabriel?
Ya tiene carnaza para escribir sobre las miserias de las gente, me ha dicho tomando un último sorbo de su café. Sí, vidas muy interesantes. Pero me falta saber algo sobre usted, Eduardo.
Soy una mierda enorme disfrazada de felicidad. Más claro no puedo ser.
No diga eso, Eduardo. Sabe que no es cierto.
Pues soy la felicidad plena rellena de mierda. ¿Mejor?
Veo que hoy no tenemos un buen día, Eduardo.
Venga, vamos a lustrar esos zapatos. Yo no sé que coño hace para traerlos siempre hechos una pena.
Ni una palabra más hasta despedirnos. Mascullaba alguna cosa que no he alcanzado a escuchar con claridad y he fingido leer el periódico. Para cambiar de píe un pequeño toque en la pierna.
Tenga sus cinco euros, Eduardo. ¿Quiere comer en casa? No lo haría nunca, ya lo sabe. ¿Quiere que tomemos otro café? Eso esta hecho, pero paga usted porque estoy canino.
Don Gabriel, ¿Por qué habla de mí en su blog? Pues porque me parece un tío entrañable, con una gracia fuera de lo normal y representa muy bien lo que es una vida difícil convertida en algo llevadero. Le resultará difícil de creer, pero me parece un hombre admirable. De verdad. No lo soy. Yo creo que sí.
Nos hemos despedido. Un apretón de manos. Estaba a tres o cuatro metros de él cuando ha gritado. Si no fuera porque tiene usted que escribir y no tiene más personajes me iría donde nadie me encontrase. Ya es tarde, Eduardo, un personaje nunca muere, ni puede esconderse. Le he contestado sin darme la vuelta. Pues me lo podía haber dicho antes, joder. No, no, no, le he dicho moviendo la mano derecha y el dedo índice levantado. Y he pensado que los personajes se convierten en buenos amigos, íntimos. Incluso puedes hacer que sean adorables, que te quieran y estén a tu lado siempre que sea necesario. Da igual si son de carne y hueso, inventados o copiados de una revista barata.



ago 4 2010

Pecados capitales (III)

Algunos días comía sin parar. Otros despreciaba lo que le ponían enfrente y ordenaba tirarlo a la porquera. Convirtió el masticar en el proceso previo al vómito. Hacía mirar a los sirvientes. Pisoteaba las sobras gritando que la gentuza no debería tener dientes sino un hambre perpetua para que trabajasen con más dedicación. Sólo la sangre azul ha de tener privilegios, decía mientras golpeaba con brutalidad a quien estuviera cerca.
A todos los cerdos les llega su San Martín, gritaban el día que fue traicionado por su hijo. El populacho arrastró primero al traidor por las calles empedradas. Ni siquiera acabar con su padre le concedía la posibilidad de vivir. Fue colgado cabeza abajo y golpeado con estacas de madera de pino hasta morir. Cuando acabaron con el muchacho, el juez ordenó que todos los presentes guardaran silencio. Puerca majestad, todos sabemos lo que disfruta con las viandas y el vino. No quisiéramos sus lacayos que tuviera un final infeliz. Va a comer todo lo que usted quiera, mi rey, en agradecimiento al trato que nos ha dispensado.
Le rebanaron parte de la espalda, los muslos, tripa y gemelos. Le apuntaron un dedo sí y otro no. Lo justo para que no muriera desangrado. No le permitieron desmayarse. Y, poco a poco, le hicieron tragarse a sí mismo. Tres días de sufrimiento. Los restos fueron repartidos entre los más hambrientos que celebraron el festín entre risas.
Es ahora, pasados los años, cuando se ha olvidado en el reino entero lo que pasó. Tan sólo el redactor de edictos ha recuperado uno antiguo (del tiempo en que ese territorio era un reino) para copiarlo. “Queda prohibido comer sin mesura. Todo aquel ciudadano que lo haga será castigado con la muerte. Estarán exentos los gobernantes y sus familias, sacerdotes y militares de graduación”, dice el documento. El populacho acecha en la sombra porque quiere comer todo lo que sea posible para sentirse poderoso.