mar 27 2011

Maquillaje para la mala conciencia

Una decisión acompañada de la mala conciencia se convierte en una tortura. Y como todas las torturas es dolorosa.
Los mecanismos para deshacerse de algo así son extraños, pero el que más me llama la atención es el que consiste en pasar el sufrimiento, la responsabilidad o el problema a otro (o todo el paquete si es necesario). Es decir, yo hago lo que quiero y si la cosa es injusta o, al menos, dudosa, le digo al otro que cómo es así, que vaya tipejo que está hecho, que me ha obligado a hacer esto o aquello, que si no fuera como es otro gallo cantaría. Cinismo del bueno. Y lo que más me admira es la capacidad que muestran algunos sujetos para llegar a creer en lo que dicen aun siendo patente que la cosa es bien distinta. No crean que el problema llega sólo de la propia convicción del individuo. Suele estar acompañada de apoyos externos. Para entendernos, si uno cuenta la batallita de un modo u otro consigue o no la bendición de alguien próximo. Por supuesto es muy importante que el afectado (ese al que la decisión le pudo afectar) mantenga silencio absoluto. Podría ser que con un par de frases hiciera derrumbarse el castillo de naipes que ha levantado el de la mala conciencia. Aunque lo más asombroso es el grado de maledicencia que se acumula en un proceso de este tipo. Asombroso. Echen un vistazo alrededor y lo comprobarán. El que más y el que menos tiene una historia para que el de la mala conciencia descargue su cubo de mierda y lo derrame sobre el pobre silencioso que está a por uvas. Y así, sin saberlo, se convierte en el enemigo público número uno. En fin, ya sé que no les descubro nada nuevo, que más de una vez han pasado por esta situación y (lo siento) que ya han estado en una parte o en la contraria.
Sin embargo, es curioso que todo esto ocurre en la orilla de la mala conciencia. En la otra no pasa nada. La vida sigue. El que es mediocre lo sigue siendo, el que tiene una vida de mierda la sigue teniendo, el que va de superguay a base de sonreír se sigue acostando mientras piensa que lleva haciendo el paripé toda la puta vida y el que tiene las cosas claras y sabe que el objetivo está allí (en ese punto exactamente y no en otro) llegará y podrá saludar al respetable se ponga como se ponga. Es lo que tiene vivir de cotilleos o de contar milongas a los demás. Es lo que tiene descubrir (teniendo una edad) que en la vida estamos más solos que la una y tratar de amarrarte a las amistades de chichinabo porque todo se te ha ido al garete.
Y ahora, cada cual a su sitio. Los de la mala conciencia al fondo. Los que dedican su tiempo a cosas que no son gilipolleces de esta categoría, quietos. Están ustedes muy bien donde están.


mar 24 2011

Desde el diván

¿Por qué acaba una amistad? ¿Cuándo se quiebra un vínculo tan importante como es el matrimonio o el noviazgo o la convivencia con otra persona? ¿Qué es eso que hace insoportable lo que creímos eterno una vez? Parece imposible saberlo aunque hay algo evidente que no queremos ver, que no queremos escuchar pase lo que pase. Tal vez no seamos lo que enseñamos, tal vez miramos mal lo que estamos condenados a entender desde el principio. Podría estar pasando que nuestra imaginación va más allá de lo que debería. Lo que es seguro es que no era un amigo, ni la mujer definitiva, ni el hombre soñado. El ser humano carece de una gran capacidad para asumir errores. Y ese poder de reflexión se anula por completo cuando el error es uno mismo. Los pocos que son capaces de cargar con ello terminan tumbados en un diván contando sus miserias o en el depósito de cadáveres con un agujero en el cráneo.


ene 22 2010

Inestabilidad de lo perfecto

Ha pensando en ese momento durante meses. Todo está perfectamente planificado. Un minuto para que la maquinaria tantas veces imaginada se ponga en movimiento.
Cenan. Pasean hasta su casa. ¿Una copa? Buena música. El tacto de las sábanas. Todo parece haber sido ensayado durante años. La excelencia de lo nuevo.
Me tengo que ir, escucha alerta. No puede ser, eso es tratarme como a una cualquiera, replica bajando la guardia. El temblor en la punta de los dedos. Vayamos poco a poco, escucha alarmada. He dicho que eso es tratarme como a una cualquiera, grita. Él mira inmóvil hasta que comienza a meter el botón por el ojal.
El ruido de la puerta es seco. Llega a la habitación para rebotar contra las paredes, una y otra vez, tejiendo una tela de araña. Podría estar escuchándolo el resto de sus días. Se agarra a la almohada. Cierra los ojos y comienza a dibujar la nueva maquinaria. Ya puede ver sus manos cruzadas sobre el pecho, oír el llanto de una viuda a la que se acercará para que pueda saber la verdad. Ella no es una cualquiera.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano