may 14 2007

Salvavidas

Ayer estuve con Silvia en el Teatro Real. Estreno mundial de la ópera “El viaje de Simorgh”. Un tostón colosal. Apenas entendí lo que me querían contar. Es posible que mi ignorancia sea grande, pero el hilo argumental no existía (de eso algo entiendo), el libreto era un disparate (propio de alguien que quiere demostrar a toda costa que su vida interior es envidiable), la música (salvo algunas zonas que despertaron nuestro interés) monótona. Sobraba el último tercio de la partitura. Contar lo mismo más de una vez es tedioso para el que escucha. Además, me lo podría haber repetido un millón de veces y hubiera seguido sin saber qué decía. En fin, hora y media de aburrimiento. Al final, pataleo y gritos por parte de los más puristas, tímidas palmas de muchos y entusiasmo de muy pocos. Si a todo esto le añado un ataque violento del polen que me ha provocado fatiga, una cantidad de mocos desconocida hasta ahora y un dolor de cabeza considerable, cualquiera puede figurarse que no es de esos días que quedan en el recuerdo por lo bien que se pasó.
Al llegar a casa conecté el reproductor de música con prisa, casi con preocupación. Escuchar el Intermezzo de Cavallería Rusticana o el aria Recitar!… Mentre preso dal delirio del Il Pagliacci sirvió de calmante.
Muchas veces es necesario recurrir a lo más familiar, a lo que conocemos y sabemos interpretar. Lo nuevo nos provoca cierto rechazo, nos inquieta porque no sabemos lo que significa. Y no sólo pasa con las manifestaciones artísticas, no; sucede con el cariño materno, con las directrices que el padre marca y terminan siendo acertadas, con los valores más tradicionales que escondimos siendo jóvenes y necesitamos recuperar antes o después. Lo conocido es uno mismo. Ya dije lo mismo de la soledad. Se convierten en un salvavidas para los momentos difíciles. Si faltan quedamos a merced de la corriente, nos asustamos por no saber hacia donde vamos, pataleamos y corremos el peligro de hundirnos sin remedio.
Por eso queremos hacer familiar hasta lo más grande. Y por eso no lamentamos sabernos solos.
Ayer leía un artículo en la prensa en el que se decía (entre otras cosas) que la ciencia busca a Dios en los genes humanos, que la coincidencia entre los humanos a la hora de creer en algo superior (muchas veces llamado Dios) les hace sospechar estar ante algo más propio del hombre de lo que se ha pensado antes. Yo me ahorraría el trabajo de investigación. En los genes lo que van a encontrar es miedo a la muerte, a no saber que hay más allá. La vida es lo más familiar que tiene el hombre, lo que hace que se perciba a sí mismo como lo que es; la muerte lo más alejado, el final de una existencia enclenque, solitaria. El miedo es lo que marca el tránsito entre una cosa y otra. Para muchos Dios es el vehículo que puede facilitar el viaje. Para pocos es una convicción verdadera. No está en los genes. Que no, que no. Buscando lo que llamamos fe sólo encontrarán la capacidad de aguante ante las dudas que plantea la vida (eso es la fe). Si buscan encontrarán miedos y supersticiones, preguntas sin solución salvo la estrictamente divina, lo irracional. Eso y un afán muy importante por agarrar lo conocido para sentirse vivo aunque en soledad. Sujetarse en eso o en el cariño de una madre o en un aria de la ópera preferida. Eso ya es igual. En cada momento lo que toque.


mar 3 2007

De blancos y negros

Lloré de emoción viendo una faena de Rafael de Paula en Sevilla, a un toro pequeño y manejable, pero encastado. Hace muchos años, tantos que no sabría decir cuántos, me quedé tan perplejo viendo una fotografía en el Museo de Arte Contemporáneo que un desconocido me acercó una silla para que me sentase. Así estuve un par de horas. Mirando la imagen sin poder levantarme. Hay poemas que siguen provocándome una colosal conmoción.
Ayer, a las ocho de la tarde, me senté en la butaca del Teatro Real sabiendo que algo especial iba a suceder. Iba a ver las óperas más representativas de la corriente verista del siglo XIX. Cavallería rusticana, primero. I pagliacci, después. Dos historias tremendas, llenas de celos y muerte. Denostadas por grupos puristas. Incomprensible para mí.
Cuando la orquesta atacaba los primeros acordes del preludio de la obra de Mascagni (la dirección de López Cobos magnífica) supe que durante los setenta minutos siguientes el universo quedaría reducido a un escenario lleno de blancos y negros, tal y como es la vida. Sentía que Silvia me miraba de vez en cuando. Me conoce lo suficiente como para saber que no puedo fingir ante algo de esas dimensiones. La soprano espléndida. Los coros, sencillamente, fantásticos y la música de Mascagni que no dejaba de golpear, una y otra vez, con la violencia de lo exquisito. La puesta en escena (aparentemente simplona y sosa, maltratada por la crítica de forma injusta) llena de una simbología que dictaba lo más humano. La vida. La muerte. Setenta minutos fuera del mundo.
Después, lo demás.
También muy emotivo, pero otra cosa. El tenor que interpretaba el papel de Canio estuvo muy bien. Eso es verdad.
Aunque yo seguía a lo mío. Viendo blancos y negros. Sobre el resplandor de una obra de arte que, después de escuchar tantas veces, me dibuja sobre un lienzo inacabado con un trazo algo más fino. Desde ayer. Después de esos setenta minutos.
En contadas ocasiones ocurren cosas así. Lo normal es que la vida te zurre, que ensanche las sombras. Por eso conviene contarlas. Sobre todo a uno mismo.