mar 5 2012

Recuerdo

Recuerdo, perfectamente, el sonido de la puerta al cerrarse. Nunca supe si llegaba o se había ido. Seguí pensando en mis cosas.
Recuerdo, con exactitud, como escalé aquella pequeña montaña. Desde la cima pude ver a alguien (seguramente yo mismo) que intentaba subir encaramándose a la roca. Sin suerte.
Recuerdo, como si estuviera viviendo esa experiencia de nuevo, escribir un mensaje en la puerta del baño. Nunca lo leyó porque era una chica muy recatada.
Recuerdo, sólo recuerdo, que, tal vez, todo es cierto y el que se difumina con rapidez soy yo.


ene 2 2012

Saltos

He vuelto a tener el mismo sueño. Un niño cae desde la ventana. Parece no estar preocupado por lo que le sucede, ajeno a todo. Quizás observa con desprecio la causa de su morir. Puede ser. Miro y dudo. Una, dos, tres veces. Saltar significa que ninguno sobrevivirá. No hacerlo significa lo mismo. Hay que elegir entre morir con cierta dignidad o vivir llorando una cobardía que atenazará las sienes, de esas que te matan guardando un silencio eterno. Y salto. Y muero. Y el muchacho me observa, ahora con desprecio (seguro que lo hace así) por mis dudas. Y despierto sofocado, mirando a derecha e izquierda para comprobar que Silvia descansa porque respira con la cadencia del agotamiento, que Guzmán se mueve inquieto en la cuna porque arrastra un catarro que sortea cualquier medicamento, que los muebles son contornos negros sobre el negro de la noche. Y pienso en la cantidad de saltos que he dado en la vida. Y en los que no di. Y recuerdo a mi hermano diciéndome que la suerte es como una nube que pasa por encima de cada uno. Y que hay que saltar en el momento justo para agarrarla fuerte. Y que es mejor no dejar de saltar. Sin dudar. Toda la vida brincando. Y me pregunto cuál fue la razón por la que él dejó de hacerlo. Y reviso con angustia mi sueño tantas veces repetido porque quizás el niño que desprecia sea él, porque quizás no salté cuando debía, ofreciéndome, porque dudé más de la cuenta. No lo sé. Y me tumbo intentando descansar, sabiendo que la muerte del otro envuelve una vida que se agrieta. Y cierro los ojos para soñar que las cosas no sucedieron. Y así sobrevivo. Con él.

Imagen tomada de Iñaki Arrola