abr 15 2011

La edad adulta

Te levantas siendo inmortal. Miras. Todo en orden. La vida sigue donde estaba. Intacta. La conoces de memoria. Ya sabes lo que pasó. Incluso lo que está por llegar. Algunas cosas no pueden rozarte. Otras tendrán que llegar antes o después. Están anotadas en la hoja de ruta. Nada puede fallar.
Te levantas manteniendo la posición sin problemas. Eres una figura de granito que se ancla al centro de la tierra, al destino que dibujaste hace años.
Pero te levantas y comienzas a caer. El piso no está. Nada queda. Alguien o algo ha destruido tu alrededor. Caes sin remedio. Apenas hay tiempo para asimilar, apenas hay tiempo para pensar sobre lo que sucede, sobre lo que hay que reparar. Es cuando miras (esta vez sí te fijas) para comprobar que millones de personas caen contigo. Todos intentando agarrarse a las paredes que no existen. Nada se puede hacer.
Con el paso del tiempo, relajas los músculos. Uno a uno, poco a poco. Las ideas dejan de revolotear para arropar tranquilas el pensamiento. Eliges una o dos. Absurdas, insignificantes. Pero suficientes. Bajo los pies aparecen pequeños fragmentos que tienden a unirse. La velocidad se reduce. Las preguntas llegan con la solución pegada. Descubres que eres adulto. Cada paso hace que el nuevo piso se resquebraje. Frágil. Todo lo es. El resto es irreconocible. Bajas la vista para no tropezar, para no poder imaginar nada estéril. Que sea lo que tenga que ser. Eres adulto. Un adulto que aprende a caminar con prudencia.


jun 4 2010

La verdad y el escribir

Las verdades incuestionables existieron alguna vez. No recuerdo cómo aparecieron aunque sí cómo se fueron deshaciendo. Construí un monumento a la duda, a la decepción y a la edad en el que fueron colocándose casi todas las cosas. Todo aquello que estaba arraigado en el pensamiento se convirtió en papeles llenos de notas que se fueron acumulando en una vieja carpeta azul. Por inservibles. Ni siquiera Dios se libró de los golpes. Ni yo, claro.
Los años te enseñan que son pocos los que te quieren, pocos los que te odian y muchos para los que no existes. Así de simple. El mundo se hace muy pequeño porque se reduce a cuatro cositas. Y a medida que vas cometiendo errores la cosa se pone más dura. El refugio es difícil de encontrar. Mientras, poco a poco, me iba haciendo escritor.
No hace mucho, alguien me preguntaba sobre esas verdades incuestionables. No contesté. Es otra de las cosas que te enseña el tiempo. Todo lo que dices se puede volver contra ti. Con lo que callas pasa lo mismo. Y todo lo que escuchas puede pasar de ser una cosa a otra. Hoy es blanco y mañana no. Recordé, a la vez que intentaba hablar de cualquier otro asunto, parte de un poema de Pepe Hierro tantas veces escuchado y leído.

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?
Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

Siendo joven quería tener razón. Incluso llegué a pensar que la verdad me acompañaba siempre. Defendía lo pensado pasara lo que pasara. Ahora no. Ni tengo que revisar verdades absolutas, de esas que te mueven durante toda la vida, ni quiero tenerlas, ni quiero explicar porqué las tuve o las abandoné. Me conformo con vivir así. Con lo poco que tengo, intentando disfrutar de mi mujer y mis hijos, de la escritura y de poder seguir sentándome para pensar en lo que me apetezca, sin dar explicaciones a nadie, sin tener que excusarme por esto o aquello, mirando a otro sitio cuando alguien decide hacerme su enemigo. O su amigo. Ya no me quedan ganas para disputas, ni para amistades efímeras. Porque a los cuarenta y dos años las tengo bajo sospecha. Sólo las que vienen de lejos me sirven.
El problema es que ya soy escritor. Y me leen. Unos por diversión, otros con curiosidad, algunos intentando encontrar lo que no está aunque lo encuentran a base de dar vueltas a las cosas; incluso los hay que leen lo que escribo creyendo que me quedan verdades absolutas con las que nutrir mi escritura. Y muchos más ni me leen, ni me leerán jamás.
No trato de instruir a nadie, ni de convencer, ni de dictar una verdad tras otra. Trato de vivir tal y como sé. Pensando. Escribiendo. Amando lo que tengo y lo que hago. Sin verdades que me anclen al pasado o al futuro.
Por eso me extraño cuando alguien busca verdades maravillosas en un texto literario. Está cometiendo un error. Desde luego, si las encuentra se está matando. Y el escritor que trata de contarlas en un relato es un idiota.
La literatura es lo más alejado a la verdad que el ser humano puede llegar a estar. O lo más próximo. Cada lector elige. Pero nunca será verdad o mentira. Es ficción. Quizás como la vida misma. La vida que no deja de ser una gran estupidez si nos la tomamos más en serio de lo debido.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano