dic 12 2011

Un segundo fracturado

El tiempo es un continuo que sólo puede fracturarse con el recuerdo, con el deseo de eternidad para un instante que hizo saltar por los aires la vida entera.
Antes de nacer alguien te deseó haciendo de ti una realidad. Un primer beso a esa persona de la que apenas recuerdas su nombre, pero que te hizo sentir viejo. La noticia, esa terrible noticia, que te arrastró entre las pocas ideas que quedaban, hacia el futuro que no pensabas que podría existir. Después de muerto, esa imagen imborrable en otro, buena o nefasta, insignificante.
El tiempo cristaliza en un recuerdo. Propio o ajeno. En la experiencia vital o en la vicaria. Pero cristaliza para que el universo se rompa en su terquedad.


ene 18 2010

Regreso

1
Se sabía duro como una roca. Los brazos fuertes, las piernas robustas. Ni un paso atrás cuando el peligro acechaba.
Pero escuchó su risa.
Todo parecía ser la misma cosa. Aunque, por primera vez, levantó el pie para mirar su huella en la arena. La puntera apoyada en el suelo, inmóvil, unos centímetros por detrás.
2
Bebe cerveza mientras mira la pared que tiene enfrente. Blanca, sin adornos. Estira las piernas y apoya con fuerza la espalda en la silla.
Una ternura brutal aparece. No entiende lo que sucede. Él no es así. Pero no deja de escuchar.
3
Ella se tumba recogiéndose las rodillas con los brazos. Sonríe. Y espera. Al rato, aprieta el otro lado de la almohada dejando una marca. Como si estuviera allí tumbado. Nunca antes ha compartido su eterno secreto, su fragilidad.
4
Se escondía tras una frivolidad inventada para poder sobrevivir. Cuando se sintió incapaz de sentir el tacto de la realidad, encerrada con lo que había podido salvar de ella misma, se dejó oír.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


ene 11 2010

Mejor dentro del cajón

Dice S. que soy como Aquiles. Igual de rabioso. Es verdad que lo que hizo con el pobre Héctor después de la muerte de Patroclo fue algo desmesurado y que ni el propio Homero comentó nada sobre el asunto porque no hacía falta. Esa violencia extraordinaria habla por sí misma. La describió y fue suficiente.Además, poco antes de ocurrir esto, sintiéndose traicionado, no cedía ante las peticiones de sus camaradas. Le decían que con su presencia en el campo de batalla, sólo con eso, lograría amedrentar al enemigo, vencer a un rival terrible e imposible, pero insistía en negarse una y otra vez. La desaparición de su amado fue lo único que le hizo cambiar de actitud. Es decir, la rabia, querer vengar a Patroclo. Puede que S. tenga razón. Mi soberbia es similar a la de Aquiles, pero, desgraciadamente, la diferencia es que yo no soy un héroe. Cuando Aquiles atacaba o defendía sabía que un ejército entero dependía en gran medida de eso que hacía. Yo, por el contrario, cuando ataco o me defiendo, no lo hago por tener un batallón de caballería detrás, ni por defender un ideal, ni por salvar a mi familia, ni parte de mi literatura. Nada de eso. Cuando la ira me puede sólo me defiendo a mí mismo. Sólo.
Acabo de guardar dentro del cajón en el que se acumulan textos que nadie lee lo que he escrito esta tarde. Es una de esas cosas que no se pueden ni se deben publicar. Al igual que Aquiles se movía en gran parte por voluntad de los dioses, yo lo hago guiado por el mío. Ese dios universal llamado miedo. Miedo a mí mismo. Sé que hacer público algo así sería una estupidez, que el efecto buscado se volvería contra mí a los quince segundos, que se malinterpretaría y se me tacharía de ser como un mal Aquiles. Entre otras cosas porque él desató toda su ira contra otro héroe y yo lo quisiera hacer teniendo como rival a alguien que quiere ser algo que no puede alcanzar. De niño aprendí que ser ventajista es lo mismo que ser mezquino y, sobre todo, mala persona. Más miedo a mí mismo, a mi capacidad de hacer daño cuando no es necesario ni razonable.Así que he decidido echarme sobre la espalda un poco más de peso. Lo hago sabiendo que cualquier ser humano es capaz de soportar mucho más allá de lo que puede imaginar y que la carga comienza a fatigar.Los jovencitos escriben cartas de amor a las chicas a las que desean conquistar, a las que ven como el amor de su vida, como su único y gran amor. Los escritores narramos, muchas veces, para aplacar nuestra ira, la soberbia o las pasiones desproporcionadas. Eso se aprende con el tiempo. No todo lo que se escribe ha de ser leído por otros aunque cada línea se convierta en un puñado de gramos descansando en el lomo. Como le pasará a mi texto de hoy. Ese en el que me tocaba representar el papel de héroe convertido en simple mortal, héroe movido por el temor de no parecerse al mejor Aquiles, el Aquiles capaz de luchar por un pueblo entero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


jun 17 2006

Mejor tontitos

Suena “Too close for comfort” de Jamie Cullum. Justito de voz. Mucho pollo para tan poco arroz. Como casi todo. Si queremos encontrar algo realmente bueno nos tenemos que hacer “raros” y buscar entre los clásicos o entre lo que no conoce el noventa y nueve por ciento de la gente. Y esto ocurre al escuchar música, al leer, viendo películas o mirando cuadros. Lo mismo da. La potencia de los medios de comunicación, de las campañas de marketing, son extraordinarias. Hoy se puede fabricar un artista con tan poca cosa que da miedo pensarlo. Nos estamos convirtiendo en un atajo de borregos, si es que no lo somos ya.
Nos dicen los políticos que leamos y nosotros, obedientes, lo hacemos. Compramos un millón de ejemplares de “El código Da Vinci”. Lo leemos, nos creemos lo que se dice en ese libro y nos sentimos de maravilla. Nos piden que vayamos a ver cine español. Pues nada, nada. A ver cine español. De cada diez películas nueve son el horror, pero no pasa nada porque siempre tenemos una entrega de Torrente que nos hace reír. Ver a un tipo gordo y muy guarro diciendo idioteces nos relaja. Claro que sí. La vida se debe disfrutar. Hoy he visto en la televisión unos minutos del concierto que organizaba una emisora de radio. En Madrid. Mucha gente. He soportado escuchar a “Jarabe de palo”. No había oído nada parecido en mi vida. Ni una nota, ni una, afinada. Cuando han subido al escenario “Hombres G” no he sido capaz de continuar y me he ido a la cocina. Pero eso sí, los medios de comunicación allí, haciendo un directo grandioso. Y Jamie Cullum vendiendo discos como un poseso.
A nadie se le ocurre pedirnos que leamos para pensar un poquito, que escuchemos buena música para educar el oído y formarnos un criterio que nos permita escapar de las estridencias y los gritos que nos dedican desde los escenarios, nadie tiene valor para llenar una cadena de televisión de programas culturales. Nos prefieren tontitos. Así damos menos guerra. Nos dicen que lo que demanda el público es una televisión llena de cotilleos y una literatura que invite a la evasión. Mentira. Si llenasen las parrillas de programas interesantes tendrían la misma audiencia. Nos prefieren tontitos y nosotros preferimos serlo (es menos costoso leer cualquier cosa y comentarla sabiendo que no metes la pata). O eso o ser raro. El abanico de posibilidades es reducido.
Yo no sé si soy raro o no. La verdad es que me interesa más bien poco. Lo que tengo muy claro es que prefiero escuchar a Bobby Hutcherson que a Cullum, que sigo disfrutado de la literatura de Faulkner, de Benet o de Proust y me aburren los libros que aparecen en las listas de ventas millonarias (sin excepción). Eso y que me gustan las películas en blanco y negro. De las de ahora, pocas. Debe ser que me mola ser raro. O que soy escritor que es peor todavía.