mar 22 2010

Tea for two

1
Te esperaré, siempre. Eso fue lo que dijo exactamente. Mientras, sentía sus manos acariciando la espalda. Te esperaré, siempre. Eso, eso y no otra cosa, fue lo que dijo.
Pero la habitación está vacía. Ni él ni los muebles; nada ha esperado su regreso. Tan sólo un cerco en la pared (allí estuvo colgado un cuadro desde el principio) es señal de vida. Anterior aunque vida al fin y al cabo.
Deja la maleta apoyada contra la puerta. Comienza a mirar cada baldosa. De forma obsesiva. Intenta intuir quién pisó allí, sobre cual de ellas besó a otras, si el café que se derramó al hacer aquella broma dejó manchas. Quiere saber. Necesita saber porqué no esperó.
Es incapaz de llorar. Sobra cualquier pena. No recuerda para amar. No. Lo hace para odiar algo más.
Pregunta al portero, al vecino que la recibe con una sonrisa, en la tienda de comestibles. Se fue hace unos meses. De mujeres nadie sabe nada. No avisó. Marchó sin dar explicaciones.
Compra muebles. De momento una cama turca. Un par de sillas. Dos o tres platos. Dos o tres vasos. Dos o tres cubiertos. Es una forma de sentirme acompañada, piensa.
Se prepara una taza de té. Se sienta a esperar. Y, mientras, piensa en cómo hacerle pagar todo el daño que ella siente ahora.
2
Pisa la arena de la playa intentando dejar una huella profunda. Desde que llegó, cada mañana, baja hasta allí. Camina. Deshace el camino intentando pisar sobre sus propias huellas. Hacer el camino. Regresar. Hacerlo y regresar. ¿De qué sirve?, piensa. ¿De qué sirve? ¿Dónde llegaré esta vez?
No puede dejar de odiar. Cada paso atrás significa mayor amargura. Él tenía que esperar. Sólo eso. Así no tendría que regresar a ninguna parte. Olvidar. El peor de los castigos. Si no eres capaz te conviertes en puro odio, murmura quitándose la arena de los pies.
3
Dos semanas. La casa luce bonita. Ya no falta detalle. Sólo el cuadro de la habitación. Allí sigue el cerco.
Llaman a la puerta. Es el cartero. Le entrega el sobre. Le hace firmar. Nombre y número del carnet de identidad. Reconoce su letra. Lo deja sobre la mesa de la cocina. Prepara el té. Sirve dos tazas. Coloca una frente a ella. La otra frente a la silla vacía. Con dos terrones de azúcar morena. Como siempre. Abre la carta. Lee. Piensa. Vuelve a leer. Y comienza a conversar.
4
– ¿Por qué no me avisaste? Sabes que hubiera escapado con tal de regresar. Lo hubiera hecho sin pestañear.
– No quería que me vieras así. Siempre fui muy coqueto.
El sonríe moviendo la cuchara con tranquilidad.
– Pero he llegado a pensar que eras un hombre sin palabras, uno más, del montón.
– El que se está muriendo es eso, uno más.
– ¿Por qué te llevaste los muebles?
– Las casas son museos del recuerdo. Así no hubieras podido comenzar de nuevo.
Agarra la taza con las dos manos. Un gesto repetido millones de veces mientras le miraba.
– ¿Dónde estás?
– Eso no importa. Espero. Sólo espero.
5
Baja a la playa. Camina. Mira hacia atrás para comprobar que las huellas se marcan con exactitud. Ahora entiende todo. Los bolsillos llenos de piedras. Igual que la mochila. Bebe de la botella. Las pastillas ya están en la boca. Llega a la orilla. Nadie puede deshacer el camino. El pasado es intocable, piensa. Y continua caminando. El agua está fría. Nada que deshacer. Recuerda. Sin querer odiar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 21 2010

Eterna encrucijada

– Nunca has sabido quererme.
– De eso nadie tiene la culpa. Los caminos son distintos. Desde el principio.
– Pero cuando se cruzaron continuaste. Sin pensar en nada que no fueras tú mismo.
– Fue eso, exactamente eso, lo que hice. Pensar en mí. Hubiera ido siempre por detrás, dando trompicones, sin saber cómo podría regresar. Al menos he conseguido sobrevivir. Echarte de menos es un equipaje con el que puedo cargar.
– Así que ni has sabido ni has querido. Me das asco.
– Jamás te pedí que pensaras en mí al tomar una decisión, jamás te pedí que me quisieras, jamás te prometí nada.
– No quiero volver a verte nunca más. Fuera de mi vista.
– ¿Así que nunca he sabido quererte?
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


mar 17 2010

Peligro: se escribe

Llega la primavera. Y, con ella, mi alergia. Ya están aquí.
Cojo un vaso. Me fatigo. Voy a la nevera. Me fatigo. Un asco. Nunca en mi vida había tomado medicinas para sobrellevar algo tan incómodo. Esta vez, sí. En dos días me ha dejado (la alergia) completamente destruido. Hay cosas que no perdonan, que no saben hacerlo.
Entre estornudo y estornudo, entre picor de nariz y carraspeo de garganta, entre lágrima (sin emoción alguna, llena de polen) y un movimiento cansado, leo un ensayo de Baricco. Los bárbaros. No es nada del otro mundo, pero me entretiene lo suficiente. Ligero, muy adecuado para el trasporte urbano o para un jovencito que quiere descubrir el mundo o para alguien con una alergia asesina sobre él.
Baricco es un autor engañoso. Muy maltratado a veces. Parece que lo que escribe (me refiero a la narrativa) es facilón, carente de una calidad definitiva que algunos enseñan dictando la primera frase aunque creo –de verdad lo creo- que no es así. Ni mucho menos. Detrás esa literatura tan aparentemente ligera quedan cosas sin decir aunque están; sus libros son, técnicamente, exquisitos (alguien con ganas de aprender el oficio debe echar un vistazo a novelas de ese estilo). Podría parecer que la literatura de Baricco es la oficial de peluquerías y talleres literarios baratuchos, podría parecer un autor menor dedicado a los best sellers apañados. Sí podría parecerlo. Y ver así lo que escribe sería una injusticia colosal.
Trabaja con un vocabulario muy reducido y, al mismo tiempo, muy contenido; evita las imágenes salvo que sean estrictamente necesarias, huye de los recursos estilísticos que en otras novelas aparecen tras el escaparate de la horterada (un recurso utilizado sin ton ni son es lo más penoso que se me ocurre si hablamos de literatura). Y esto no es otra cosa que narrar lo complejo de forma fácil. Muy distinto a escribir de forma facilota y ventajista. Es más, conseguirlo es muy costoso.
Me agrada leer a Baricco por muchas razones. Sobre todo por su honestidad al escribir. Ni quiere parecer lo que no es ni lo pretende. Sabe cuál es su sitio y se encuentra muy a gusto en él. Creo yo que le encanta.
Estornudo, toso, me agoto. Escribo sin ganas, dejo de hacerlo del mismo modo. La primavera llega. La alergia. No perdonan. Como tampoco lo hacen con Baricco (algunos). Ya se sabe que el gran mal del escritor actual es la envidia insana. Si ve algo que funciona arremete con intención de derribarlo, aludiendo a que él sería capaz de hacerlo mucho mejor, que todo es una injusticia, un gran error. Arremete en nombre de los grandes de todos los tiempos aunque no escriba ni postales (este se suele dedicar a la crítica literaria siendo joven y luego escribe cualquier cosita y pasa al grupo anterior). Ni un minuto para escribir. Todo el tiempo del mundo para envidiar destruyendo. Es esto de escribir una profesión que alguien sensato debería declarar de alto riesgo. Entre los destructores y los advenedizos y los escritores que no escriben y los que dicen que son escritores sin serlo, esto se ha convertido en un lugar insoportable.
Voy a seguir estornudando. Un rato nada más. Hoy toca descansar pronto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano